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Edición Nº 1702 |
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En el Perú
A lo largo del año, el país deploró la partida de numerosos personajes que se hicieron familiares en las más diversas esferas del quehacer humano. En el campo político, la desaparición, acaso más dolorosa, fue la de Pedro Planas, un hombre de sólo 40 años, que a pesar de su juventud nos dejó una copiosa bibliografía y una lección de vida. Estaba destinado a aportar dignidad, decencia y una visión de país, a la política peruana. Otro político de destacada figuración que emprendió el viaje final, fue don Ernesto Alayza Grundy, patriarcal figura del socialcristianismo en el Perú. Fue ministro de Justicia y varias veces parlamentario. Murió a los 89 años de edad. El Partido Popular Cristiano, asimismo lamentaría la ausencia de Enrique Elías Laroza, también ministro de Justicia. Aunque no fue un político en el sentido estricto de la palabra, Miguel Mujica Gallo asumió el cargo de primer ministro, en circunstancias dramáticas, el año 1968. Don Miguel se distinguió más como coleccionista de armas y piezas de oro precolombinas. Murió a los 91 años. Y en esa desgraciada racha se produjo el deceso de Violeta Correa, una mujer que, desde muy temprano, tuvo la honda vocación de ayudar a los más necesitados. Fue, desde 1974, la esposa y compañera inseparable del ex Presidente Belaunde. En el ámbito de las letras fallecía Emilio Adolfo Westphalen,
el poeta, luego de una penosa enfermedad.
Pero fue en la música y el canto, donde los decesos fueron numerosos. Nos dejaron figuras legendarias, como María Alvarado Trujillo, la famosa Pastorita Huaracina, que con su canto andino llegó profundamente al alma del pueblo durante seis décadas; de Javier González, primera voz del legendario trío Los Trovadores del Perú, que fue el primero en difundir la música peruana en Chile y Argentina; y en otro ritmo, el de la música negra, el viaje sin retorno de Abelardo Vásquez -cantor, cajoneador e insigne bailarín-, y de Ronaldo Campos, fundador de Perú Negro. A los que se sumó la ausencia, repentina, del pianista Manolo Avalos. Es de recordar especialmente, en este sucinto resumen, a Piero Solari, que llegó a Lima aún muchachón, trayendo la experiencia de una guerra, el recuerdo de un encierro en un campo de concentracióna, la nostalgia por su padre, que falleció sin que el hijo se enterara, y una voz admirable. Aquí se casó, formó un hogar y tuvo hijos y, finalmente, dio rienda suelta a su honda vocación: el canto. Gracias a él, los limeños pudieron deleitarse con las últimas canciones napolitanas y espectáculos tan cálidos como Cien Años de Canciones Italianas. Otro artista extranjero, que se identificó plenamente con lo nuestro, fue Domingo Rullo, que con su inseparable bandoneón, nos brindó el tango en su más fiel expresión durante más de 50 años. Y en el teatro, la partida de Orlando Sacha, actor argentino que también enraizó en el país, y de Gregor Díaz, director de inolvidables obras dramáticas. En el deporte, hubo de lamentarse la sentida desaparición del
mundialista Alberto Gallardo, a quien llamaban el Jet, y de Adolfo Suárez,
campeón mundial de billar, en 1962.
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