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Edición Nº 1703 |
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El Arte Prohibido
Mientras continúa la "caza" de Osama bin Laden y existen ya versiones sobre la presunta detención del Mulá Omar, el pueblo afgano es mirado desde Occidente como una de las sociedades más primitivas del mundo. Afganistán sin embargo, posee un enorme tesoro cultural, parte del cual se expone desde hace algunas semanas en Barcelona. La exposición "Afganistán, Una Historia Milenaria" reunió 233 piezas de arte afgano de todos los tiempos, como una prueba de que el arte sobrevivea las explosiones de cualquier calibre. La exposición ahora va a París para seguir asombrando al mundo.
Escribe Cuando Alá hizo el mundo, vio que había quedado un montón de desechos, fragmentos, trozos y restos que no encajaban en ninguna parte. Tras reunirlos, los arrojó a la Tierra y eso fue Afganistán". Fragmento de un mito recogido por Ahmed Rashid, autor del libro "Los Talibán", puesto en la entrada de la exposición. DESDE la entrada, viniendo desde el fondo de una sala, un sonido extraño, como de gritos en medio de una explosión. Se repite cada ciertos minutos, de modo que es imposible no pensar, por algún resquicio, en el 11 de setiembre. La primera sala, no obstante, está dedicada a mostrar una vetusta
película de los años '20, filmada por un viajero, en la
que aparecen, en blanco y negro y en cámara rápida, ciudades
hoy devastadas: Kabul, Herat, Kandahar. Al lado, tres hermosos vestidos
uzbekos de seda, algodón y piel de cordero, pintados de unos colores
que recuerdan a ciertas artesanías amazónicas, muestran
el aspecto esplendoroso de la modesta vida cotidiana que se ve en la cinta.
En la sala contigua, una galería de fotos de las guerras actuales o recientes, logradas por Agence Wu y por famosos reporteros, da la pauta precisa en esta historia de luchas y contradicciones. Por fin, unos pasos más y se llega a un recinto que revela el secreto del extraño sonido. Proyectadas sobre una pared blanca, se ven las imágenes del infame momento en que los jefes talibanes hacen estallar, sin misericordia alguna, los dos Budas más grandes del mundo, ubicados en Bamiyán, una región a la que también llegaron los bombardeos. Antes fueron pasados por algunas cadenas televisivas, pero que puestas aquí adquieren un significado supremo. El decreto de destrucción fue dado el 26 de febrero de este año, y se consumó al mes siguiente. En el ínterin, Luis Monreal, director general de la Fundación La Caixa, concibió la idea de rescatar para el público español lo mejor de ese arte que venía siendo destruido en nombre de la intolerancia. No había entonces en la península ni una sola pieza de arte afgano. Las piezas fueron traídas de varios museos del mundo: del Musée National des Arts Asiatiques-Guimet de París, del Musée de l´Homme y del Musée de Arts Asiatiques de Niza (también franceses), del Museum fur Indische Kunst de Berlín y de algunas colecciones privadas. Algunas de ellas habían llegado después del 11 de setiembre. Del momento crítico de la explosión de los Budas se pasa a recoger los pasos artísticos de los afganos de todos los tiempos. En una sala que mira a la de los vídeos, un hermoso lapislázuli muy antiguo, puesto en una especie de urna de cristal, abre la sala en la que se ven piezas antiquísimas, algunas de casi 5,000 años de antigüedad. Son recipientes, figurillas de animales, puntas de flecha y utensilios diversos encontrados en la excavación hecha a 55 kilómetros al norte de Kandahar. Pertenecen a un período que fue de los 3,000 a 2,500 años antes de Cristo, en plena Edad de Bronce, y a una civilización denominada de la Bactriana, cuya capital fue la ciudad de Mundigak. Luego se ingresa a ver el rastro de los reinos indogriegos, llamados
así porque guardan la presencia de emperadores persas como Ciro
El Grande (560-539 a.C.) y de Alejandro Magno (330-327 a.C.). Aparece
aquí un rasgo que acompañará varios momentos de la
exposición: la mezcla artística que se ha denominado "grecoafgana"
y posteriormente "grecobúdico".
Una de sus expresiones es un espectacular busto de mármol semidestruido del Príncipe Siddharta (Buda),que data del siglo I de nuestra era. No es el Buda que todos conocemos, gordo y feliz, sino un espigado joven, de inconfundible porte griego. Tiene el pelo rizado, un ojo destruido y la cara rajada debido a las inclemencias del tiempo. Esta imagen es el preludio para apreciar el arte del imperio de los kushanos, una tribu nómada que dominó Afganistán desde el siglo II a.C: hasta el siglo I de nuestra era. Su arte junta las tradiciones griega, nómada e hindú, pues ocuparon parte de lo que hoy es la India. Pero fue también en esta época que el budismo entró con fuerza en la región, denominada Gandhara, que hoy abarca los territorios de Afganistán y Pakistán. Parte de lo mejor del arte búdico, sin embargo, se aprecia en la sala que guarda los tesoros de la escuela de Hadda (entre el siglo III y V d.C.), hoy conocida como Jalalabad (ciudad también seriamente bombardeada). Además de budas de diversas formas, se encuentra allí El Genio de Las Flores, una magnífica escultura rescatada por el escritor francés André Malraux en 1931. La sala dedicada a Bamiyán, la zona donde estaban los Budas destruidos por los talibanes, muestra otros budas de diversas formas (uno sentado con aureola, por ejemplo) y algunas pinturas chinas, ya que entonces (siglos VII al XI aproximadamente) diversas dinastías dominaron la zona. Hay datos reveladores sobre esta época. Uno de ellos: más o menos en el siglo VII, se produjo una islamización
de esta región, pero no de manera brutal sino negociada. Los príncipes
de Bamiyán adquirieron cargos en la corte musulmana de Bagdad.
Otro: según el peregrino chino Hiaun-tsang (Bamiyán era
un lugar de paso para los viajeros) había un Buda, sentado, cuyo
tamaño era de más de 300 metros.
En las últimas salas de la exposición recién aparece la presencia del Islam, primero en las vasijas con motivos musulmanes (que datan del siglo XI). También en el espacio dedicado a los timuríes, una dinastía principesca que estuvo en Afganistán (y en toda la zona centro asiática) entre los siglos XIV y XVI. A pesar de ser famosos por su apoyo a las ciencias y las artes -se les consideraba los Médici de la región-, fueron también conocidos por un emperador brutal, que acaso hubiera simpatizado con los talibanes: el famoso Tamerlán (1336-1405), yerno de Gengis Kan, quien impuso un régimen coránico brutal. Los rastros de su presencia en este mundo, así como la de otros gobernantes musulmanes, se ve en ilustraciones de colores, hechas con tinta y en algunos casos con fibras doradas. La mayoría de ellas son delicadas miniaturas, que datan de los siglos XIV y XV. En la última sala, como si la historia volviera a empezar, se aprecia unas extrañas figuras de madera, parecidas a las estatuas encontradas en la isla de Pascua. Provienen del Nuristán, una región montañosa ubicada al este de Afganistán, que permaneció aislada durante siglos, hasta que en 1896 el emir Abdul Rahman convirtió a sus habitantes por la fuerza al Islam. Les llamaban Kafiris (paganos) y aunque finalmente fueron sometidos, se dieron, durante siglos, un, digamos, gusto, aún hoy extraño para los afganos. Representaron a sus antepasados hombres con el sexo y los testículos en relieve, y a las mujeres con el torso desnudo, como si supieran que, hasta el fin de los tiempos, el cuerpo seguiría siendo algo infinitamente sagrado. __________
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