|
Edición Nº 1703 |
|
||||||||||||||||||||||||||
|
|
|||||||||||||||||||||||||||
|
|
Mesa Redonda
EL 29 de diciembre del 2001, a las 7:00 p.m., los diez bomberos
de la Compañía Francia Nº 3, acababan de regresar a
su estación, ubicada en la plaza San Martín, luego de haber
atendido un amago de incendio en el jirón Paruro. Unos cohetecillos
habían caído en el techo de un viejo solar, donde se depositaban
colchones viejos y artefactos en desuso, pero felizmente los propios vecinos
se habían encargado de aplacar el conato de fuego con baldes de
agua. Días antes, en un mercado vecino, una comerciante había
apagado otro amargo de incendio, producido por productos pirotécnicos,
nada menos que con un balde de chicha morada. "Luego, cuando bajamos de los camiones, fuimos prácticamente
asaltados por algunos propietarios que nos arranchaban las mangueras para
intentar apagar las llamas en sus locales".
ASI ES EL INFIERNO Cuando el bombero Jorge Molina, especialista en búsqueda y rescate en estructuras colapsadas, llegó de la Compañía Miraflores Nº 28, se encontró con un escenario macabro. Los edificios formaban un pasadizo hondo y en tinieblas, en donde se escuchaban las explosiones de los petardos y los lamentos de cientos de heridos. "Si el infierno existe -pensó-, así debe ser el ingreso". Olía a pólvora y a carne quemada. Algunas personas salían del humo gritando, llorando, tosiendo y tropezándose con los cadáveres calcinados en el suelo. Se calcula que esa noche reventaron gran parte de las 900 toneladas de juegos pirotécnicos importados de la China (CARETAS 1700) durante los meses previos a la Navidad, y cuyo almacenaje y comercialización en Mesa Redonda estaban prohibidos por la Municipalidad de Lima. En un informe remitido al Congreso de la República, la Dirección de Prevención e Investigación de Incendios del CGBVP ha calculado que sólo los ambulantes de las cuadras 7 del jirón Cusco y 8 del jirón Andahuaylas, estaban vendiendo 900 m3 de material pirotécnico. Estos, al estallar, habrían generado temperaturas de hasta 1,200 grados centígrados, similares a las de un horno de fundición. Razón por la cual muchas víctimas fueron reducidas a cenizas. Los cohetes y los silbadores volaban y estallaban por todos lados. Algunas personas, que pedían auxilio desde viejos balcones coloniales a punto de caerse, fueron rescatadas por los bomberos. Otras, más imprudentes, prefirieron encerrarse en las tiendas por temor al saqueo. El problema aquí fue que las puertas de fierro, cerradas, si bien impedían el ingreso del fuego, se calentaron por el exterior y actuaron hacia el interior como si fueran hornos, irradiando tal calor que adentro las personas murieron por `ignición espontánea'. Es decir que se encendieron automáticamente sin haber estado en contacto con el fuego. Un sobreviviente, que huyó del fuego por una puerta trasera, contó
que al interior de una tienda cuando se acabó el agua, "los hombres,
en su desesperación, orinaban sobre el fuego que amenazaba con
ingresar por debajo de las puertas metálicas".
En medio del caos generalizado, los bomberos podían distinguir cuatro tipos de reacciones ante el siniestro. La primera era de gente que, por natural instinto de supervivencia, se alejaba del incendio. Un segundo grupo corría temerariamente en dirección al siniestro: se trataba de propietarios que querían salvar sus mercaderías. Un tercer grupo se dedicaba a `apagar' el incendio con cartones: lo único que hacían era alimentar con oxígeno las llamas, pues la pólvora sólo se apaga con agua. El último grupo eran los saqueadores. En el vecino barrio Chino, los propietarios y empleados de los restaurantes temblaban. Vieron correr a través del jirón Paruro a muchachos con paquetes, fruto del saqueo, entre los brazos. Al mismo tiempo, los cohetes caían apagados, humeantes, sobre los techos de los locales, donde están ubicadas las cámaras de gas. Aunque el fuego no llegaba a los chifas China Town y el Kon Wa, los más cercanos al siniestro, las paredes de estos lugares se recalentaron a tal punto que muchos productos empezaron a derretirse. Algunos administradores como Liliana Com, del restaurante Wa Lok, dejaron retirarse a los comensales, que entraron en pánico, sin exigirles el pago de la cuenta. BOMBEROS SIN AGUA La escasez de agua y las precarias condiciones técnicas con que
enfrentan los incendios los bomberos, hicieron que el desastre se prolongara.
Nuestros bomberos, con gran arrojo pero equipados con tecnología
de los años sesenta, utilizaron mangueras de 1 1/2 y 2 1/2 pulgadas,
cuando el estándar mundial es de 6 pulgadas. En consecuencia, por
las mangueras peruanas salen 250 galones por minuto cuando deberían
salir 2,000 galones por minuto. En estas condiciones el incendio propiamente
dicho, que duro cinco horas, se hubiera sofocado a las dos horas y media.
Al día siguiente, por la mañana, y durante los días siguientes, las escenas de dolor continuaban. Los familiares de los desaparecidos eran víctimas del síndrome de `negación de la realidad': con las fotografías de sus parientes desaparecidos en las manos, deambulaban buscándolos por las inmediaciones de Mesa Redonda y por los hospitales limeños. Sin embargo, la esperanza de encontrar sobrevivientes bajo los escombros quedó descartada: el humo debió haber asfixiado a quienes quedaron en algún lugar más o menos seguro bajo los escombros. El saldo oficial fue atroz: 289 muertos, 600 heridos, 352 desaparecidos, 10 millones de dólares en pérdidas materiales. Este ha pasado a ser el segundo incendio más grande y con más víctimas del año 2002, después del atentado al World Trade Center. EL PELIGRO CONTINUA En otros países, como en los EE.UU., donde anualmente son tratadas 7000 personas por daños producidos por fuegos pirotécnicos, las leyes preventivas discriminan entre el uso doméstico y el uso profesional. En el Perú, un país con alto grado de inseguridad, se producen 300 muertes por accidentes de tránsito al mes, la mitad ocasionada por el transporte público. La inseguridad también se refleja en las construcciones. De hecho, según el CGBVP, el 95 % de las edificaciones en el Perú, a pesar de tener licencias de construcción y funcionamiento de sus respectivos municipios, incumplen el Reglamento Nacional de Construcciones en su título quinto (normas de seguridad). Por ejemplo, éste obliga a todo edificio mayor de cinco pisos a contar con dos escaleras, de las cuales una debe ser hermética y a prueba de fuego y humo para por ella la las personas evacuen y los bomberos accedan, con igual seguridad, a controlar el incendio". Tan sólo cumplir el reglamento hubiera evitado la tragedia de Mesa Redonda y evitaría futuras tragedias que esperan agazapadas una oportunidad macabra para estallar. (Gastón Agurto/ con reportes de Martín Mucha).
|
||||||||||||||||||||||||||
|
|
|||||||||||||||||||||||||||