Edición Nº 1703


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    ARTICULO

    10 de enero de 2002

    Mesa Redonda
    Lo que el Fuego se Llevo
    Doscientas ochenta y nueve vidas, 10 millones de dólares en daños materiales y una herida difícil de cicatrizar. Esta es la crónica de un incendio anunciado.

    Hay ocasiones en que publicar fotos desgarradoras -aquí electrónicamente aminorada en su dramatismo-, es la manera más contundente de advertir sobre la impostergable necesidad de la prevención.

    EL 29 de diciembre del 2001, a las 7:00 p.m., los diez bomberos de la Compañía Francia Nº 3, acababan de regresar a su estación, ubicada en la plaza San Martín, luego de haber atendido un amago de incendio en el jirón Paruro. Unos cohetecillos habían caído en el techo de un viejo solar, donde se depositaban colchones viejos y artefactos en desuso, pero felizmente los propios vecinos se habían encargado de aplacar el conato de fuego con baldes de agua. Días antes, en un mercado vecino, una comerciante había apagado otro amargo de incendio, producido por productos pirotécnicos, nada menos que con un balde de chicha morada.

    Entre risas y bromas los bomberos se disponían a quitarse los cascos y los uniformes rojos para colgarlos en sus respectivos percheros, cuando escucharon entrar por las ventanas una nueva llamada de alerta. "¡Incendio en Mesa Redonda!, ¡Incendio en Mesa Redonda!". Era un policía, a través del altoparlante de un carro patrullero, clamaba a los transeúntes que iban en dirección a dicho mercado. "¡Regresen!, ¡No se acerquen!", "¡Se quema Lima!"

    Los primeros tres camiones, haciendo sonar sus sirenas, se encaminaron, en sentido contrario al tránsito, por las avenidas Camaná y Emancipación. "El chofer aceleraba y nosotros vimos una tormenta sobre Mesa Redonda. Parecía que el cielo también se estaba incendiando: bombardas de todos los colores estallaban sobre los edificios" -describe un bombero. Finalmente, los camiones llegaron a un punto, a la entrada del mercado, en que ya no pudieron avanzar más. "Nos impidieron el paso las cajas de artefactos pirotécnicos que habían en la pista" -dice el bombero Martín Rivas, de 31 años.

    "Luego, cuando bajamos de los camiones, fuimos prácticamente asaltados por algunos propietarios que nos arranchaban las mangueras para intentar apagar las llamas en sus locales".

    La intensidad del fuego y la cantidad de calcinados, dejó a muchos bomberos afectados por el llamado trauma de posguerra. Derecha: los familiares de las víctimas se resisten a la pérdida.

    ASI ES EL INFIERNO

    Cuando el bombero Jorge Molina, especialista en búsqueda y rescate en estructuras colapsadas, llegó de la Compañía Miraflores Nº 28, se encontró con un escenario macabro. Los edificios formaban un pasadizo hondo y en tinieblas, en donde se escuchaban las explosiones de los petardos y los lamentos de cientos de heridos. "Si el infierno existe -pensó-, así debe ser el ingreso". Olía a pólvora y a carne quemada. Algunas personas salían del humo gritando, llorando, tosiendo y tropezándose con los cadáveres calcinados en el suelo. Se calcula que esa noche reventaron gran parte de las 900 toneladas de juegos pirotécnicos importados de la China (CARETAS 1700) durante los meses previos a la Navidad, y cuyo almacenaje y comercialización en Mesa Redonda estaban prohibidos por la Municipalidad de Lima.

    En un informe remitido al Congreso de la República, la Dirección de Prevención e Investigación de Incendios del CGBVP ha calculado que sólo los ambulantes de las cuadras 7 del jirón Cusco y 8 del jirón Andahuaylas, estaban vendiendo 900 m3 de material pirotécnico. Estos, al estallar, habrían generado temperaturas de hasta 1,200 grados centígrados, similares a las de un horno de fundición. Razón por la cual muchas víctimas fueron reducidas a cenizas.

    Los cohetes y los silbadores volaban y estallaban por todos lados. Algunas personas, que pedían auxilio desde viejos balcones coloniales a punto de caerse, fueron rescatadas por los bomberos. Otras, más imprudentes, prefirieron encerrarse en las tiendas por temor al saqueo. El problema aquí fue que las puertas de fierro, cerradas, si bien impedían el ingreso del fuego, se calentaron por el exterior y actuaron hacia el interior como si fueran hornos, irradiando tal calor que adentro las personas murieron por `ignición espontánea'. Es decir que se encendieron automáticamente sin haber estado en contacto con el fuego.

    Un sobreviviente, que huyó del fuego por una puerta trasera, contó que al interior de una tienda cuando se acabó el agua, "los hombres, en su desesperación, orinaban sobre el fuego que amenazaba con ingresar por debajo de las puertas metálicas".

    Médicos israelíes Josef Haik y Eyal Winkler y peruanos Zarela Solís y Guillermo Wigerinr en el hospital Loayza.

    En medio del caos generalizado, los bomberos podían distinguir cuatro tipos de reacciones ante el siniestro. La primera era de gente que, por natural instinto de supervivencia, se alejaba del incendio. Un segundo grupo corría temerariamente en dirección al siniestro: se trataba de propietarios que querían salvar sus mercaderías. Un tercer grupo se dedicaba a `apagar' el incendio con cartones: lo único que hacían era alimentar con oxígeno las llamas, pues la pólvora sólo se apaga con agua. El último grupo eran los saqueadores.

    En el vecino barrio Chino, los propietarios y empleados de los restaurantes temblaban. Vieron correr a través del jirón Paruro a muchachos con paquetes, fruto del saqueo, entre los brazos. Al mismo tiempo, los cohetes caían apagados, humeantes, sobre los techos de los locales, donde están ubicadas las cámaras de gas.

    Aunque el fuego no llegaba a los chifas China Town y el Kon Wa, los más cercanos al siniestro, las paredes de estos lugares se recalentaron a tal punto que muchos productos empezaron a derretirse. Algunos administradores como Liliana Com, del restaurante Wa Lok, dejaron retirarse a los comensales, que entraron en pánico, sin exigirles el pago de la cuenta.

    BOMBEROS SIN AGUA

    La escasez de agua y las precarias condiciones técnicas con que enfrentan los incendios los bomberos, hicieron que el desastre se prolongara. Nuestros bomberos, con gran arrojo pero equipados con tecnología de los años sesenta, utilizaron mangueras de 1 1/2 y 2 1/2 pulgadas, cuando el estándar mundial es de 6 pulgadas. En consecuencia, por las mangueras peruanas salen 250 galones por minuto cuando deberían salir 2,000 galones por minuto. En estas condiciones el incendio propiamente dicho, que duro cinco horas, se hubiera sofocado a las dos horas y media.

    Doctora Garaycochea, 7 niños quemados a su cargo.

    Al día siguiente, por la mañana, y durante los días siguientes, las escenas de dolor continuaban. Los familiares de los desaparecidos eran víctimas del síndrome de `negación de la realidad': con las fotografías de sus parientes desaparecidos en las manos, deambulaban buscándolos por las inmediaciones de Mesa Redonda y por los hospitales limeños. Sin embargo, la esperanza de encontrar sobrevivientes bajo los escombros quedó descartada: el humo debió haber asfixiado a quienes quedaron en algún lugar más o menos seguro bajo los escombros. El saldo oficial fue atroz: 289 muertos, 600 heridos, 352 desaparecidos, 10 millones de dólares en pérdidas materiales. Este ha pasado a ser el segundo incendio más grande y con más víctimas del año 2002, después del atentado al World Trade Center.

    EL PELIGRO CONTINUA

    En otros países, como en los EE.UU., donde anualmente son tratadas 7000 personas por daños producidos por fuegos pirotécnicos, las leyes preventivas discriminan entre el uso doméstico y el uso profesional. En el Perú, un país con alto grado de inseguridad, se producen 300 muertes por accidentes de tránsito al mes, la mitad ocasionada por el transporte público. La inseguridad también se refleja en las construcciones. De hecho, según el CGBVP, el 95 % de las edificaciones en el Perú, a pesar de tener licencias de construcción y funcionamiento de sus respectivos municipios, incumplen el Reglamento Nacional de Construcciones en su título quinto (normas de seguridad). Por ejemplo, éste obliga a todo edificio mayor de cinco pisos a contar con dos escaleras, de las cuales una debe ser hermética y a prueba de fuego y humo para por ella la las personas evacuen y los bomberos accedan, con igual seguridad, a controlar el incendio". Tan sólo cumplir el reglamento hubiera evitado la tragedia de Mesa Redonda y evitaría futuras tragedias que esperan agazapadas una oportunidad macabra para estallar. (Gastón Agurto/ con reportes de Martín Mucha).


    Hipótesis del Horror
    Versión de los bomberos ante la Comisión Investigadora del Congreso.

     

    EL INICIO.- A las 7:10 p.m. del 29 de diciembre del 2002, el comerciante Augusto Vega (abajo) se asomó por la ventana del segundo piso de su tienda (1), ubicada en el jirón Andahuaylas 877. Una explosión llamó su atención. Otros testigos dicen que comerciantes y clientes estaban probando cohetes, teoría que se refuerza porque días antes y aún el mismo día de la tragedia de Mesa Redonda, se habían reportado hechos similares. La primera explosión provocó un corto circuito en un medidor de corriente y la explosión en cadena de todos los artefactos vecinos.

     

    PROPAGACIÓN.- Del interior de las cajas de productos pirotécnicos (2), empezaban a salir disparados hacia el frente, donde estaba el local de Vega, decenas, cientos de proyectiles. Antes de que los comerciantes cerraran las puertas de sus locales, y se guarecieran en ellos por miedo al fuego y a los saqueos, algunos cohetes ya habían ingresado. "Me sentía en medio de una guerra", dice Vega. "Es un tipo de incendio que no está tipificado" -dicen los bomberos. "No sólo se propagó por `conducción' o contagio, sino que las bombardas viajaron por el aire y prendieron techos y otros lugares alejados".

     

    BOLA DE FUEGO.- Testigos dicen haber visto a la gente escapando de "una gran bola de fuego", de 800 grados centígrados, que rodaba desde el jirón Andahuaylas y que dobló a la izquierda por el jirón Cusco, haciendo estallar a una hilera de 14 carros (3). Otro grupo de gente se agazapó debajo de un transformador de alta tensión (4). En un principio se pensó que el fuego habría consumido los cables, produciendo una explosión eléctrica. Investigados los restos de los cables, se concluye que éstos son más resistentes al fuego que la piel humana. Por lo tanto, el corto circuito se habría producido cuando las personas ya estaban muertas. Las llamas y el calor se introdujeron en galerías comerciales ocasionando muerte y destrucción. Sólo en la galería El Portal de Andahuaylas (5) se encontraron 40 cuerpos calcinados agazapados en los stands.

     

    Arsenal Mortal
    Estos y otros productos están a punto de prohibirse. Véalos por última vez.

    (1) Marcianito.-
    Colorido y atractivo a la vista de los niños. Sale disparado dando vueltas y sin control.

    Star Ball y Chapana.-
    (2) El Star Ball es de origen chino, entró al Perú con autorización de Discamec. La chapana (3) es de manufactura chola.

    Tres tristes cohetes.-
    (4) El cohetón tiene un gran poder explosivo. (5) La caja misilera, consta de 25 proyectiles detonantes. (6) Y los arrancadores, recorren grandes distancias y explotan. Estos prendieron los techos.

     


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