Edición Nº 1703


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    MAL MENOR
    10 de enero de 2002

    Por JAIME BEDOYA
    Responsabilidad y Culpa


    LEJANA playa al sur de Lima. Lunes, 31 de enero de 2002. Dos hombres de mediana edad y distendido abdomen observan el levantamiento de un espléndido toldo blanco a la orilla del mar, tarea azotada por el sol y cumplida egipciamente por hombrecitos en mameluco. El paternalista calificativo mental de hombrecitos y lo níveo del uniforme seudoindustrial exime a los observadores de imaginarlos sufriendo bajo el calor por una fiesta de Año Nuevo a la que por supuesto no asistirán. Una mujer joven, rubia asistida, piel cubierta de pecas que camuflan naturalmente los indicios igualmente circulares de por lo menos tres entradas de cánulas propias de la liposucción, lee una versión pirata de Paula por Isabel Allende. En la arena, un diario local registra en su primera plana los sucesos de Mesa Redonda. Uno de los hombres baja la mirada cubierta por una visera de una AFP y se detiene en una foto del incendio. El diario transpira dentro de una bolsa, fenómeno que merecería -en otra oportunidad por cierto- una explicación científica adecuada. Un segundo queda el hombre así, intervalo que termina cuando una gota de su cerveza cae golpeando el plástico que cubre el papel. Inseguro, opina.

    -¿Suspenderán la fiesta?

    -¿Por 200 cholos? Esto ya está pagado, responde el otro.

    -Todos los años es lo mismo, acota la mujer detenida hace doce minutos en la misma página.

    El silencio consagra la espontánea declaración de principios veraniegos, la honesta expresión de su determinación vitalista. El golpe de una comba contra un tubo de acero semeja una falsa campana.

    •••

    Si el incendio de Mesa Redonda hubiera sido en el boulevard de Cayma ya habría tres autoridades policiales presas, dos containers de equipamiento nuevo para los bomberos debidamente desaduanados, un ministro renunciado y el respectivo monumento y página web. Pero no. Los muertos eran ya sobrevivientes de su propia pobreza, cultores forzosos de un desprecio por la vida aprovechado por un carrusel macabro de policías, jueces e importadores corruptos. La tragedia fue la culminación de una serie de negligencias acumuladas que pudieron haberse evitado. Si no ocurría el incendio el comandante general Tulio Nicolini -como lo estuvo haciendo desde más de un mes previo al siniestro- seguiría aprovechando cada oportunidad pública para reclamar ayuda para el cuerpo bomberil. Ya serían 2000 las toneladas de pirotécnicos importados legalmente según la Discamec y acumuladas en las galerías del centro. Y dentro de unos meses Mesa Redonda estaría intransitable por la venta ambulatoria de útiles de una temporada escolar marcada por su altísima deserción. Por esto resulta penosamente primitivo enorgullecerse de la eficacia con la que se atendió una tragedia autoinducida: Aberrante eficiencia. A la gente no se le condecora por cumplir con su deber, sino por su heroísmo. Y los únicos que han demostrado eso en esta crisis han sido, como siempre, los bomberos y voluntarios de emergencia.

    La naturaleza evitable del desastre no impide reconocer la correcta reacción del ministro de Salud, quien demostró con hechos concretos la diferencia entre liderazgo y figuración al momento de atender una crisis. El presidente Toledo tuvo el tino de interrumpir sus vacaciones en Punta Sal1, pero se subió a la cuerda floja al llevar a nuevos límites2 su personal interpretación de la Escuela Rudolph Giuliani de Aprovechamiento Trágico. La nerviosa3 donación de sangre ante cámaras -gran foto, pobre asepsia- más parecía una transfusión que él se hacía a sí mismo pensando en el hemograma de las próximas encuestas post Mesa Redonda. Mención aparte merece la hasta entonces ubicua Primera Dama, usualmente demandante de una participación no pasiva en el gobierno, quien haciendo gala de una elegantísima discreción prefirió acompañar en el dolor a madres y huérfanos desde una impecable y silenciosa invisibilidad novoandina.

    •••

    Ser responsable es distinto a ser culpable. La honorabilidad distingue al primero. Si bien en este caso la responsabilidad es compartida, no sucede lo mismo con la autoridad. Ni generales ni ministros comparten el cargo, sueldo y asesores con los ambulantes. Menos aún sus obligaciones. Es por dicha investidura por la que tienen que responder si es que se quiere hacer pedagogía cívica en este gobierno, y no incidir en el master de apañamiento inmoral que supuso el fujimorato. Debe demostrarse que las responsabilidades se asumen de acuerdo a los cargos y que la decencia política es posible aún en la desgracia.

    La perversidad estructural de este país hará que dentro de unas semanas estos muertos sean olvidados, o mejor dicho, sean reemplazados por aquellos producto de otra tragedia, seguramente previsible. Huaicos, accidentes de transporte interprovincial, envenenamientos masivos. Se harán las mismas preguntas. Se recurrirá a la misma higiene oficial. Se prometerán terrenos y entierro gratis. El oportuno sofisma de todos tenemos la culpa, coartada y consuelo estandar, reforzará la sensación compartida de sálvese quien pueda que -ademas del fracaso futbolístico y nunca orinar a solas- nos une como nación de desconcertados.

    La crueldad imperante indica que todo peruano pobre no debería dejar de tomarse una foto sonriendo. Es lo primero que requiere la ciencia forense a la hora de intentar identificar un cadáver desfigurado: Los dientes. La sonrisa que nunca se perdió le dará un nombre a sus tumbas. Bienvenido, pueblo peruano, al siglo XXI.

    __________
    1 ¿De qué estaba cansado?

    2 Es justo reconocer que le pisó los talones La Gaceta, semanario oficial del Congreso de la República. Esta publicación presentó en su primera plana del 6 de enero una fotaza de Carlos Ferrero, acompañado de Luis Iberico y Xavier Barrón, recorriendo solidaria y valientemente los escombros de Mesa Redonda, demostrando públicamente su inmensa sensibilidad social entre los trágicos sucesos. Vale la pena recordar que esta publicación es editada por el Congreso de la República, poder del Estado del que Ferrero, Iberico y Barrón son presidente y vicepresidentes, respectivamente.

    3 Una sola gota de esa sangre serviría para una prueba de ADN de 99.9 % de certeza.


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