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Edición Nº 1706 |
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Argentina en el Divan
Escribe CESAR LEVANO EN la casa de Max Hernández, a doscientos metros del mar de Miraflores, hemos conversado con él y con Francisco Sagasti, sobre la Argentina de estos días. El psicoanalista ve en las marchas de las cacerolas no sólo el simbolismo de las ollas vacías, sino también el reflejo de la crisis de un modelo y de una ilusión. Con el peso a la par del dólar, los argentinos creían estar al nivel del primer mundo. Sagasti, el economista ve no sólo la señal del empobrecimiento y la frustración de no sentirse representados, oídos, por la clase política. "Las protestas de los argentinos son en parte protestas contra sí mismos", dice. "Por haber cerrado los ojos a todo lo que sucedió en los años '90. El que se eliminara la plaga de la inflación, hizo que la mayoría no cuestionara los principios básicos de la economía. Además, se hizo de la vista gorda respecto a lo que pasaba en otros ámbitos del gobierno de Carlos Menem. Se sentían cómodos. Como ocurrió en el Perú en la época de Fujimori". Planteo entonces a los ilustres interlocutores el dato de Olga Wornat, en su biografía del ex Presidente argentino, respecto a la riqueza acumulada por el otrora humilde muchacho de una aldea pobre: caballos de carrera, autos de colección y de lujo, edificios, un palacio construido en la montaña de Kalamur, en Siria, tierra de sus padres. ¿Qué explicación tiene ese afán desmedido de riqueza? Max Hernández sitúa las cosas en un mundo y una conciencia:
"Es la época en que se hundieron las viejas utopías y surgió
la idea de que el individualismo bien empleado podía sacar a todo
un país adelante. Creo que el gobernante se convirtió en
una metáfora de esa posibilidad, sólo que en una forma absolutamente
corrupta y perversa. Eso pasó con Menem y con Fujimori".
CONVERTIBILIDAD, UN FETICHE Max Hernández llega a la economía por la vía del análisis: "Los períodos inflacionarios habían sido tan graves que el contar, a partir de 1991, con una moneda estable se veía como un valor en sí mismo, independientemente de que la moneda es un medio de intercambio. La estabilidad de la moneda se volvió tan importante que pasó a ser un fetiche y un icono, sabiendo todos que..." "Que no podía sostenerse", interrumpe Sagasti. "Un periodista que había estado varias semanas en Argentina me dijo: `he conversado allí con muchos economistas argentinos y no he encontrado ninguno que cuestione la convertibilidad. En cambio, entre todos los economistas de fuera de Argentina que analizan la situación de ese país no he encontrado ninguno que piense que eso es sostenible'". El economista recordó luego una fórmula de Eduardo Amadeo, vocero del entonces Presidente Eduardo Duhalde: "Lo que fue una pócima mágica durante los primeros años -la convertibilidad- se convirtió en un veneno". Extrae entonces Sagasti lecciones de la historia: "Cuando se planteó la convertibilidad, mi reacción inicial fue: me parece una excelente solución para tres o cuatro años. Lo que pasó a la Argentina es lo que pasó a América Latina con la sustitución de importaciones, lo que le pasó al Sureste de Asia con el sistema bancario: mantuvimos algo que funcionó bien por un cierto tiempo, mucho más allá de su vida útil. Si en Argentina, con todo ese flujo de capitales, con toda esa potencialidad, se hubiera eliminado la convertibilidad y se hubiera vuelto al peso, dando un mínimo de flotación, no se tendría la crisis de ahora". Surge el problema de los estamentos sociales y la desigualdad. Reflexiona Hernández: "la población, del centro de Buenos Aires tenía el ingreso de un país europeo, 25 mil dólares; pero cuatro cuadras más allá empezaba la gran pobreza".
UN PERUANO PEDIA AL FMI SER MAS DURO -¿No hay, pregunté a Sagasti, una influencia excesiva del Fondo Monetario y otros organismos internacionales en nuestros países? Sin titubear, responde: "Creo que también eso es un fetiche. En países tan grandes como Argentina, Brasil o México existen muchos más espacios de libertad de lo que la gente cree. Por ejemplo, no creo que la posición del Banco Mundial en Argentina fuera apoyar totalmente la política económica. Desde mucho tiempo atrás, el Banco Mundial, y en menor medida el FMI, criticaban algunos de los problemas que veían en Argentina: desequilibrio fiscal, el problema de las transferencias, la sobrevaloración del peso. Los organismos internacionales y los mercados de capital pueden ayudar, pero no reemplazan nuestra capacidad de formular políticas, ni podemos convertirlos en culpables de todos los errores, que en su gran mayoría son producto de nuestros propios gobiernos". Y suelta Sagasti esta revelación: "Aquí mismo, en el Perú, había un ministro que, según cuenta él mismo, tenía que ir al FMI para pedir que pusieran más condiciones, a fin de convencer a Fujimori de lo que él quería hacer. ¿Quién es el culpable allí? ¿El ministro? ¿Fujimori? ¿El Fondo? -Bueno, replico, pero el FMI está pidiendo ahora a Argentina cosas que ésta no puede cumplir. -"El FMI no tiene mucho que jugar ahí. Pero ahora están exigiendo a Argentina un régimen de austeridad que hace prácticamente imposible salir de la recesión. Pero no creo que se le pueda echar toda la culpa." "Podemos decir que América Latina tiene el 70 por ciento de la culpa de sus problemas, y que el 30 por ciento corresponde a los asesores extranjeros, a los organismos internacionales, a los inversionistas. Ejemplo claro es Argentina: con la convertibilidad, empezó por eliminar política monetaria y política cambiaria. y aquí viene la pregunta: ¿Qué economía del mundo puede resistir el embate de la desaceleración de la economía mundial sin los instrumentos de política fiscal, monetaria, crediticia y cambiaria? El psicoanalista vuelve a la carga, al decir que la paridad entre el peso y el dólar no eliminaba el hecho de que representaban dos realidades distintas. "Ahora bien, creo que muchas políticas del FMI son poco sensibles a las realidades de nuestros países; pero creo que el punto es no utilizar al FMI o al Banco Mundial como los malos de la película que nos permiten eximirnos de nuestras propias responsabilidades". Y aquí el economista Sagasti incursiona, a su vez, en la psiquis. ¿No fue Lord Keynes el que dijo que la economía es una rama de la psicología, realidad que George Soros ha redescubierto? Dice Sagasti: -"En el momento en que el peso se empieza a apreciar, a subir, Argentina pierde competitividad, puesto que sus productos resultan más caros para el extranjero. Por lo tanto, no puede exportar y produce menos. Pero los argentinos tenían que seguir pagando en dólares, mientras veían bajar sus ingresos en pesos. Hay un error fundamental en el proceso de privatización, es un error del gobierno argentino, en primera instancia compartido por los inversionistas extranjeros y quizá por los asesores internacionales que plantearon esto". Y termina: "¿En qué cabeza cabe que un argentino de clase media va a ver impasible erosionar en veinte o treinta por ciento sus ingresos reales durante los dos o tres últimos años, al mismo tiempo que su pago a empresas extranjeras por servicios básicos sigue aumentando y las mencionadas empresas informan, a nivel internacional, tremendas utilidades? En algún momento, esto iba a estallar. Y estalló." La palabra final, opina Max Hernández, la tiene un diálogo verdaderamente democrático, para el cual han existido pocas posibilidades hasta ahora en la Argentina. El odio faccional, la corrupción de políticos y sindicalistas, la codicia de los financistas, el egoísmo de los oligarcas y la cólera del pobre, coservan la voz cantante. Y las cacerolas suenan por las calles.
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