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Edición Nº 1706 |
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Vargas Llosa El Viaje
por Utopia
Por HUGO NEIRA HIVA Oa es una pequeña isla, lejos, lejísimos. Hay que llegar a Tahití, lo que no es poco. Volver a subirse a un avión, en el aeropuerto de Faaa, y 1300 kilómetros después, tras un mar de añil, el enigmático archipiélago de las Marquesas. Hiva Oa, la última morada de Paul Gauguin. Tras la traza de los últimos días del pintor ( nieto de Flora Tristán ) fue Mario Vargas Llosa, antes de retornar con toda su comitiva, a Papeete, para una semana de agasajos, conferencias, ritos académicos y de los otros, donde entre muchas cosas, Mario hizo algo en él, poco frecuente: bailar en público. Doble seducción, la del escritor consagrado y la de las islas afortunadas, bajo el sonido vibrante del " Toere", el tambor de las islas del viento. De maneras suaves, las llaman las andaluzas de los mares del sur, hablo
de las "vahines", las muchachas color mango de las islas tahitianas, de
un encanto sensual sin grosería que han celebrado generaciones
de viajeros, artistas y aventureros, acaso la razón, hace cien
años, para que Paul Gauguin, desencantado de la civilización
industrial, decidiera quedarse en estos parajes, los más bellos
y aislados del mundo. Corría el pintor tras un sueño de
utopía de " la belleza para todos " explica Mario Vargas Llosa,
en su primera conferencia, apenas llegado, en los jardines espaciosos
de la residencia del Alto Comisario, la mayor autoridad francesa de este
lugar. Lo escucha el " tout Papeete ". Ese sueño, dice, del derecho
al placer, no era distinto que el de su formidable abuela, la peruano-francesa
Flora Tristán. Ella, iba tras una utopía de justicia social
y de liberación de la mujer. El, Paul, nieto que apenas conoció
a la abuela, pero animado del mismo fuego sagrado, tampoco aceptaba la
realidad espantosa del mundo. Dos sueños, le escucho decir a Vargas
Llosa ante un auditorio de lo más granado que lo sigue sin un respiro;
dos utopías, dos caracteres, y el anuncio de un libro, un poco,
se me ocurre a mí, nuevo y clásico, de " vidas paralelas
". Lo inconcebible que reúne el tumulto de las luchas sociales
del XIX y la rebelión del arte, vía Gauguin, hacia la sensibilidad
artística contemporánea. Dos existencias apasionadas en
cuyo ardor, no sólo está Francia, sino, en ambos, raíces
peruanas. Algo en efecto vincula " Peregrinaciones de una Paria " y "
las muchachas de senos como flores rojas " (1899) de Paul. Dos rebeliones.
Mario Vargas Llosa cortó en dos su estadía en los mares
del Pacífico Sur. Una semana tras las huellas del pintor, y otra,
leal a los rituales académicos de un honoris causa, de vuelta a
Tahití.
Ya Tahití está alejado, a 8,000 kilometros de toda gran
cosmópolis, sea Tokio o los Angeles, y aun el mayor confort no
evita la fatiga. De Santiago son 5 horas hasta la isla de Pascua, tres
cuartos de hora de reposo y luego, otras seis horas. El viaje no deja
de ser una paliza, me lo sé. Pero con un intervalo de 24 horas,
Mario, familia y periodistas (un equipo lo ha seguido para un reportaje
de la televisión inglesa) arrancaron hacia otra exploración.
Las Marquesas son 14 islas montañosas, cuya posesión a beneficio
del imperio francés fue obra del marino Du Petit-Thouars (sí,
el mismo que conocemos en plan más magnánimo). El inmenso
oceáno las ha preservado, y se caracterizan por guardar una cultura
original y por ser habitada por muy pocos blancos o "popaa", tal vez la
razón por la que Paul Gauguin, en búsqueda de un evasivo
paraíso, las tomara, hace un siglo, como última morada.
En Hiva Oa, está su tumba, y acaso el secreto de su existencia.
Con los servicios de mi universidad y del ministerio de la cultura de
aquí, nos dimos maña para que Mario tuviera unos días
no sólo agradables sino útiles. En efecto, lo esperaba al
pie de la escalera, el alcalde, el consejero (o diputado) y "los amigos
de Paul Gauguin", una sociedad civil. Durante seis días, llevaron
a Mario y sus amigos de arriba para abajo, a la tumba del pintor que está
a un paso, en Atuona, y también en piragua a una isla vecina, a
Vaitahu, a hablar con los viejos del lugar que recordaban anécdotas,
y por último, donde las descendientes, bisnietas del pintor, Susanne
e Irénée Takao, dos corpulentas marquesinas. Gauguin había
hallado en el valle de Hanaupe, el último escandaloso amor de su
vida, y en esos ardores, unos 50 marquesinos hallan linaje. Ellos acogieron
a ese visitante, un escritor, alguien que por una vez, no venía
a gozar del clima y del mar sino a verlos. Mario contará a su hora
las largas conversaciones de esos días, como en un ambiente de
sencillez y extremamente cordial, gustaban él y acompañantes,
del "pescado crudo", o el cerdo y el pollo sacados del horno cubierto
por tierra o "ahima'a", tan parecido a la pachamanca andina, y del camote
local llamado umara (otro misterio, en aymara: kumara) y del trabajo de
untarse con miel de coco piernas y brazos para evitar los mosquitos de
la tarde. Fue magnífico, me dijeron todos al volver, y Mario lo
dijo y redijo en la prensa tahitiana. Que, dicho sea de paso, le dedicó
planas enteras, día a día.
La Polinesia no es sino un enjambre de islas, y todas miran a Papeete, la petulante capital de Tahití, vitrina de feroz occidentalización, que con apenas 100 mil habitantes, tiene una actividad comercial e industrial que lleva, por exceso de automóviles, a embotellamientos mayores, estilo París. Papeete, que se puso de vuelta y media con el paso del escritor, es un curioso lugar. "La iglesia católica es pequeña, el templo protestante grande, la Alcaldía está en manos de un nativo, los comercios son chinos, pero estamos en Francia" escribió con sorna, Simenon. Pero de l930, las cosas han cambiado. Papeete reúne signos de tradición y modernidad. Al borde de la ruta, hay cabinas telefónicas desde las cuales se puede llamar a cualquier punto del planeta, casas modernas y "farés "tradicionales en una cintura de autopista en cuyo borde, al filo del mar, se suceden supermercados, escuelas y campos deportivos. Pero igual de noche ladran perros y por la mañana se oyen gallos como en cualquier aldea. En el programa de visita de Mario hubo de todo, prensa y televisión, visitas y cenas, y todo apuntaba a la ceremonia formal de investidura del grado de doctor honoris causa, cuando de la noche a la mañana, ese ordenado reloj, se detuvo. Una huelga de "truck" el equivalente de las combis limeñas, bloqueó la ciudad. Es fácil poner de rodillas a las autoridades, francesas y tahitianas, basta con cerrar el tránsito. El nivel de vida es acaso más alto que en la lejana metrópoli francesa, y poco importa para esta crónica añadir que es una economía artificial, bajo la inyección de capitales de desarrollo que Francia vierte, bajo la sombra culpable de haber usado la isla de Mururoa por veinte años para experimentos atómicos. Sea como fuera, Papeete estaba intransitable, no pasaban ni los scooters, y el visitante estaba aquí, y nosotros, en la Universidad, desarmados.
Lo del "honoris causa" de Vargas Llosa, lo venimos trabajando desde hace un año. Francia no los da fácilmente, y Mario ya tenía dos de ese país. (l8 en total) ¿Para qué traerlo? Huelgan comentarios, en esta operación cultural sale ganando la cultura, la literatura, el español, segunda lengua obligatoria, y todo el mundo. Cuando me puse en contacto con Vargas Llosa, su aceptación fue instantánea. Tahití no queda a la vuelta de la esquina, pero resulta que él venía pensando que el libro sobre Flora Tristán, podía completarse con la del nieto, con la de Gauguin. En fin, la mañana misma de la ceremonia, gobierno y huelgistas llegaron a una solución. Menos mal, pero la que entonces colapsó fue la Universidad. Vino no sólo la clase política e intelectual, sino gente que habla español y la que no lo habla, que conocen a Mario por sus traducciones en Gallimard, o porque lo habían visto en "bouillon de culture" de Bernard Pivot. La ceremonia, en francés, nosotros con toga, fue solemne y a la vez tahitiana, quiero decir, plena de flores y de canciones. Los severos discursos del ritual académico (uno de los cuales, fue el mío) fueron sincopados por cantos clásicos y alegres " himene " o himnos que músicos locales prepararon en homenaje al escritor. La Polinesia sabe vestirse de fiesta cuando le conviene, y fue el caso. Acostumbrados a recibir a los grandes de este mundo, de las finanzas y del deporte, casi se olvidaban que existe quienes crean cultura. Los viejos tiempos de los paquebotes de los que descendía un Somerset Maugham, un Loti o un Segalen, han quedado atrás. También los días en que Melville, escapándose de un barco ballenero, llegó a nado. Vargas Llosa llegó y se fue como un gran señor. En la ceremonia, lo aplaudieron de pie. Tengo que decirlo, se plegó con gran paciencia al agotador plan de actividades, que incluía firma y dedicatoria de libros suyos (que el gobierno local hizo llegar a toda prisa de París) bajo un sol implacable, sin enarcar una ceja. Nos dejó bien a todos, a mis colegas profesores que me apoyaron en la iniciativa, y a ustedes, peruanos ingratos, que rajan del escritor por quítame estas pajas. Tahití, 28 de enero del 2002.
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