Edición Nº 1706


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    31 de enero de 2002
    Por AUGUSTO ELMORE

    EL señor Wilfredo Castillo Sabalaga, dirigente de SITRAMUN (es decir el grupo de vándalos que se ocupó de hacerle la vida imposible a Andrade, y a Lima dicho sea de paso), dirigió una carta a esta revista negando que hayan recibido dinero de Montesinos o del SIN para dicho objetivo, como yo, y mucha gente más, lo sospechaba. Dice que no existen pruebas. Hasta ahora, digo, porque, sino, ¿tendremos que creer que el SITRAMUN lo hacía gratis? Cuando los directivos de los canales 2, 4 y 5 y el director del diario Expreso recibían en efectivo su mesada por la parte que les tocaba en la guerra sucia contra Andrade y contra la oposición de entonces ¿los directivos del sindicato más ferozmente agresivo lo hacían de balde? ¿Era entonces un simple y declarado amor a la camiseta el que los movía?

    Y digo camiseta porque cuando agredían a Andrade -con la misma ferocidad y saña que hoy lo hace el congresista Barba- los del SITRAMUN lucían uniformes, camisetas y polos que los identificaban (probablemente ante la policía, para no ser repelidos), incluyendo flamantes casacas naranja, que sin duda no fueron adquiridos por ellos, que estaban supuestamente desocupados. Al igual que Schütz, que negaba haber recibido nada de Montesinos hasta que se demostró lo contrario, habrá que sentarse a esperar que aparezcan las pruebas.

    La semana pasada Palacio de Gobierno inauguró su galería de arte que, la verdad, y lamento decirlo, parece ser una prolongación de la que se exhibe todos los domingos en el parque Central de Miraflores. Espero nomás que esa no sea una concepción definitiva del arte oficial.

    Según escuché en la televisión, creo que al ministro de Agricultura, Cayaltí, una empresa que fue líder en su época, está ahora absolutamente quebrada, "perdida" creo que fue la palabra. Cuando se escucha eso a uno le entra una desazón infinita. ¿Cómo puede estar perdida, terminada para siempre, irrecuperable, una empresa agrícola que posee, o poseía, ricas y generosas tierras y también una industria azucarera importante que alguna vez fue próspera. ¿No era que el patrón no comería más de tu pobreza? Ahora esa pobreza, miseria en verdad, ¿quién se la traga?

    La carretera Panamericana norte, luego de Pasamayo, es una mina de oro, vamos a ver por qué. Allí, y durante un largo trayecto, cada 5 ó 10 kilómetros los letreros sobre límite de velocidad cambian caprichosamente. A veces es de 80 kilómetros por hora, y poco después, sin razón alguna, de 50 e incluso de 40 un poco más allá, para volver a 80. Gracias a ese peculiar y arbitrario sistema, único en el mundo, los autos y camionetas 4 x 4 particulares, caen en la trampa del offside de los patrulleros policiales, que se encuentran al acecho de que caigan los incautos, a los que detienen y, tras la amenaza de conducirlos a la comisaría de Ancón -hecho que sería absolutamente ilegal- condescienden a dejarlos ir previa "propinita" (y, en algunos casos, ni tan propinita: propinaza más bien). Es así que los automovilistas particulares, en especial camionetas 4 x 4, constituyen la veta de esa mina de oro policial de la que hablé al comienzo de este párrafo. Y mientras los automovilistas privados desembolsan la coima, ven pasar a su costado, raudos y velocísimos, todos los omnibus interprovinciales que irán a conformar la lista de accidentes diaria, invisibles a los ojos y el radar de la policía. Si quiere usted fomentar el respeto que se merece la Policía Nacional, ministro Fernando Rospigliosi: ¡ponga usted coto a este asalto!

    Y eso empieza por uniformar los límites de velocidad en las carreteras, que tampoco pueden ser de 80 kilómetros por hora, que es el límite existente en la Vía Expresa. Los que sí deberían tener límites severos son los vehículos de transporte público, que se estrellan todas las semanas causando numerosas muertes.

    Debe ser, quizá, porque no soy economista, pero lo cierto es que no entiendo eso que he leído en alguna parte: que la estrepitosa quiebra de la empresa norteamericana Enron se debe al neoliberalismo y a la desregulación. Yo, que no soy, como dije, economista, creía que se debía fundamentalmente a la inmoralidad y falta de escrúpulos de sus ejecutivos y de la empresa auditora, que falseaba sus informes. ¡Qué rayos tendrá eso que hacer con el neoliberalismo! A ese paso se va a acusar a Clinton y a la Lewinski de prácticas neoliberales.

    La guerra emprendida contra el Talibán parece haber deteriorado gravemente la moral norteamericana, porque no de otra forma se explica el trato humillante e inhumano, además de aberrante, nazi si se quiere, que se ha dado a los prisioneros que fueron llevados, en otro acto abusivo y prepotente, al territorio cubano que ocupa la base de Guantánamo. A esos combatientes miserables se les ha sometido a una forma de tortura que el gobierno norteamericano ha exhibido sin vergüenza alguna ante todo el mundo, provocando la casi unánime y merecida repulsa internacional. Gracias a ello, quienes los mirábamos con verdadera aprensión hemos terminado compadeciendo a esos pobres seres derrotados por el gran imperio. Los fundadores de la democracia norteamericana se habrán revuelto en su tumba ante el hecho.

    En un reportaje televisivo sobre la producción de limón -aparentemente en peligro al igual que el cebiche- en controversia con una empresa minera que parece amenazar esa sabrosa especie vegetal y su extraordinario resultado culinario, los productores del programa se olvidaron de decir porqué corre peligro, y porqué Agro sí Minería no. No entiendo la razón de la antinomia. Quizá tengan razón, pero deberían explicarla.

    Referido a la Argentina actual: "Un pueblo que sabe muy bien que las causas de sus penurias tienen menos que ver con el "neoliberalismo" denostado por populistas, intelectuales y religiosos, que con las deficiencias de la clase política". James Nielsen, revista "Noticias", importante semanario argentino.


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