Edición Nº 1707


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    7 de febrero de 2002

    Por LORENA TUDELA LOVEDAY

    Golf Terrorismo

    AY hija, no sabes. El otro día me llama la huevona de la Maripí Pinillos para decirme que tenía depre y que necesitaba jugar golf, ¿te puedes imaginar, golf con este calor? Pero bueno, como peor hubiera sido tener que llevarla para el lavado gástrico, o sea, acepté pero eso sí, pucha, acá en San Isidro nomás, porque anda a meterte por la Javier Prado ahora que están haciendo el nuevo zanjón para que veas que hay algo peor que la posibilidad de que alguien te diga que te pareces a Jackeline Beltrán, no sé si me entiendes.

    Bueno, ahí estábamos, yo aburridísima porque encima Maripí es una nalga jugando, no sabes. Cada vez que yo le decía, "Maripí, estás en el agujero equivocado", me repetía, "ay, igualito le digo a Pocotón cuando estamos haciendo eso". En fin, ya llevábamos como dos horas jugando, cuando en eso me viene la euforia de la competencia, levanto el palo, tiro y justo cuando la pelota agarraba un ángulo de campeonato, pasa un pajarraco, la desvía y la maldita se pasa el cerco vivo hasta Coronel Portillo. Yo, normal, le pido al caddy otra pelota y ya íbamos a seguir cuando en eso, no sabes, aparecen de la nada unos comandos con escudos, máscaras antigases, metralletas y satélites, mientras uno de ellos nos gritaba con megáfono, "entréguense, entréguense, hay orden de disparar al cuerpo humano".

    Hija, cuando me di cuenta, pucha, Maripí y yo estábamos agarraditas la una a la otra como dos mendiguitas en Navidad, ahí tiradas sobre el pasto, rodeadas por unos gorilas que, sin explicarnos nada, nos esposaron como a dos Blanca Nélidas cualesquiera, nos amarraron, nos metieron a un camión y nos llevaron a la DINCOTE. Yo te juro que pensé en todos los delitos que había cometido en mi vida y bueno, o sea, una vez me tiré al marido de Maribé Bentín pero fue tan poca cosa que francamente, o sea, la agraviada debería considerarme yo. Dos veces, pucha, ha venido a mi casa Miguelón trayéndome tronchos, pero si alguien lo conoce entenderá que la producción de Casagrande es como su ración personal, tú me entiendes. Sí, me he pasado diez mil millones de luces rojas pero ay, qué flojera. Cuando yo representaba al International Tudela's Bank, de Atlanta, pucha, le vendí a Camet unos Bonos que estaban de oferta a dos por veinte dólares, en medio millón cada uno, pero así son los negocios de la banca global, tú los conoces. Le he deseado la muerte a más de uno, y a mucha honra, pero por querer que a Laura Bozzo se le meta una boa constrictor por donde ya sabes y le anide en el píloro, no pueden meter preso a nadie, ¿no es cierto? Pucha, estaba realmente desesperada pero como soy tan positiva, o sea, pensé que ésta iba a ser una oportunidad de la que no se me escapaba José Ugaz, que últimamente estaba que se me hacía el estrecho con el tema de la cantidad de trabajo que tenía.

    Pucha, en la DINCOTE nos separan a Maripí y a mí y a ella encima la sueltan. Nunca olvidaré que en la puerta de mi celda Maripí se agarró de la reja y casi se amarra, como despedida de la CITE, con tal de no dejarme sola, la pobre es tan buena. En fin, para hacértela breve, vino Jóse -yo pedí venusterio y me lo negaron porque aún no estaba sentenciada- y me explicó lo que había pasado. Resulta que la pelota de golf le había caído al carro en el que iba Larry Waisman, que para mi mala suerte, pucha, como Pachi y Raúl estaban en Bolivia (en visita oficial, no estoy evaluando sus gestiones políticas), el pobre payasín era en ese momento presidente del Perú, y como en estas republiquetas bananeras no hay presidente si no existe magnicidio, jua, pelotita en el parabrisas, ergo, atentado contra su vida, me cago echada.

    Cómo te explico, salir de esa me costó Dios y su ayuda. Intenté coimas, apelaciones a La Haya, la corte de Costa Rica y la mar en coche pero nada. Al final, pucha, terminé por donde debía haber empezado. Pedí cita con el agraviado, me recibió en Palacio hecho un virrey de bazar y yo amarrada como el doctor Annibal Lecter en El Silencio de los Inocentes, le dije ahuecando el escote, "presidente Waisman, si es mi destino ser sentenciada a muerte por este horrible intento de crimen, que Dios tenga la última palabra. Pero sepa usted que el arrepentimiento es un cáncer que me corroe internamente al punto de estar pagando en vida con lo que ningún otro castigo me haría sufrir". Pucha, a los cinco minutos yo salí caminando sola de Palacio y el viejo idiota seguía repitiendo mis últimas palabras, ¿te puedes imaginar? No, hija, si en este país la vida todavía es sencilla en una serie de aspectos, ¿no te parece? Chau, chau.

    (Rafo León).

     


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