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Edición Nº 1707 |
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Por JAIME BEDOYA
LAS mascotas mejoran a las personas. A algunas las mejoran en secreto, sin resultados visibles. El desfogue de afecto se da sin riesgos, en un coto privado y hacia criaturas incapaces de traición, carentes de la plena conciencia de saber exactamente a quienes tienen por amos. De saberlo huirían en busca de las llantas del camión mas próximo. Hitler solo pudo querer a un perro. Se llamaba Blondi y vivia entre bunkers, bajo severas restricciones sicomotoras -su mayor logro fue aprender a subir y bajar escaleras (?)- por lo que los mejores momentos de su existencia consistieron en deambular en la amplia terraza del Kehlsteinhaus (Casa del Té), lugar de reposo que el Fuhrer tenía en Munich. Hay breves documentos fílmicos en que aparece ahí junto a Eva Braun, la torturada pareja de su amo. Eva conoció sadomasoquismo y coprolalia de Hitler. Para Blondi sólo hubo caricias y mimos del peor asesino del siglo XX. El final de Blondi 1fue la consecuencia de su errada lealtad. Derrotado y recluido en su bunker berlinés, Hitler y sus colaboradores habían decidido suicidarse. Para probar la eficacia de las cápsulas de cianuro no encontró mejor conejillo de indias que su propia mascota. El perro dócilmente tomó el veneno de manos de su amo y murió sin quejarse. Luego los demás se mataron con tranquilidad. Hitler prefirió dispararse. No confiaba ni en su perro. Salvando las abismales distancias, los malhechores peruanos contemporáneos también se han distinguido por buscar el amparo sentimental de una mascota como antídotos de sí mismos. Los Fujimori, ese conglomerado nipón -victoriano que como familia sufrió unas disolución pública ante los estragos del poder, vivió rodeada de mascotas a las que nunca privó de un cariño que menguó entre ellos. Alberto Fujimori, sospechoso de una deficiencia afectiva congénita y que perseguía a su esposa (según ella) con un machete durante el desayuno antes de soldarle la puerta de Palacio, demostraba absoluta vulnerabilidad frente a unos Filas brasileros -cruce de mastines de gran agresividad- que testigos vieron dormitar sobre los sillones de Palacio como ministros cualquieras. Su hija Keiko, también en algún momento alejada de su madre por las recargadas labores que le cabían como Primera Dama2, vertía los momentos afectivos de su agenda hacia los caniches Luna y Pulga. El caso de Kenji, acaso por ser el menor, es emblemático. Además de la boa constrictor que arrojaba sobre edecanes y funcionarios y el boxer Puñete que premonitoriamente se orinaba en el Mercedes Benz presidencial apenas inaugurado el mandato paterno, maduró durante el fujimorato un vínculo inusual hacia los animales. Me refiero, sin abundar en detalles innecesarios, a aquellos sucesos acaecidos en los márgenes de lo que parecía ser un vuelo de asistencia social, cuando él, ya como adulto joven, protagonizó con su perro Centauro un episodio conocido por una frase ahí dicha que resume el espíritu de los hechos: Te Quiero Como Mierda. Pero la más interesante vinculación entre amo y mascota es la que se dio entre Vladimiro Montesinos y sus engreídos. Fueron múltiples y paralelos, prodigándose selectivamente respecto a la calidad de entrega hacia cada quien. Esto supuso una distracción sentimental, una imperceptible humanizacion, que no ha sido debidamente calibrada en sus beneficios a la nacion. En Javier Prado tenía tres ejemplares de los llamados falderos, a saber, un Pomerania, un Yorkshire Terrier y un Caniche. Se desconocen los nombres de estos canes, pero sus razas son significativas: El Pomerania es dulce, enano y afectuoso. El Caniche requiere pocos cuidados. El Yorkshire, perro de fantasía, proviene de una estirpe cazadora de ratas. Se asegura que "el flaquito, de pelos parados" (¿el Pomerania?), era su engreído y que más de una vez se lo llevó a dormir al SIN y a Arica. Es decir, a su otra vida junto a Jackeline Beltrán. En ella existían otras cuatro mascotas, los gatos Benito y Sabrina, y los perros Stallone y Candy, parejas que a su vez cumplían la doble función de representar a Vladimiro y a Jackie así como de fungir de hijos sustitutos. Hay versiones que describen a un impensable Montesinos en la espantosa casa de la playa Arica celebrándole los cumpleaños a sus perros con chizitos y galletas de animalitos. Existe la certeza de que mandó a hacer retratos profesionales de Stallone y Candy a un estudio miraflorino donde hoy, ciertamente, nadie recuerda nada. ¿Pero qué pueden tener de importante los perros de Montesinos? Además de ciertas preguntas que algunos parecerían quedasen sin respuesta3, cabe suponer que cada lamida, cada movimiento frenético de cola demostrándole que al menos alguien se alegraba de verlo, disuadieron a Montesinos -o en todo caso aminoraron- sus deseos de cometer alguna otra fechoría. Peor hubiera sido la historia reciente sin estos sacrificados animales entregando sus lomos a las caricias de la maldad. Las razas de Stallone y Candy son indeterminadas -se repite la mención a Filas brasileros- y peores son las noticias acerca de su situación actual. Los gatos, al parecer, fueron repartidos entre la seguridad del ex asesor presidencial. Teniendo en cuenta el perfil típico de la escolta montesinista, dichos felinos ya deben haber perdido sus siete vidas. En cuanto a los perros, famélicos y semivagabundos, fueron vistos siendo recogidos de su abandono moral en la playa Arica por un guachimán. Pero la naturaleza prevalece y reivindica a sus hijos. La buena noticia es que, consumando un amor vuelto agrio entre sus amos, Stallone y Candy tuvieron crías. Estas pululan por la ciudad inadvertidos. Casi como la Pinchi Pinchi, pero sin salir en televisión. ______________ 2 Viajes, desfiles de modas, etc. 3 ¿Se habrá tragado algún can una prueba delictiva?
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