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Edición Nº 1708 |
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CASA MARSANO
LA demolición, dicho sea de paso sin licencia municipal, de la obra que don Tomás Marsano creyó legar para la posteridad, ha demostrado lo efímero de la vida. Apenas llegó a los 60 años. Existe discrepancia acerca del valor del edificio. Los especialistas se inclinan para ambos lados. Hay quienes están a favor de la demolición y quienes están en contra. Los primeros, los menos, consideran que el edificio no presentaba ninguna característica que lo singularizara, que era un peso muerto para sus actuales propietarios y que por lo tanto éstos tenían todo el derecho de deshacerse de él. Los otros, los más, consideran que el edificio debió respetarse. Si bien era de una arquitectura ecléctica, afrancesada, no carecía de interés. También, por el valor de su fábrica y por ser, quizás, el último palacio construído en Lima y, que, como tal, constituía un hito en la ciudad. Difícil pasar en estos días por la avenida Arequipa y no sentir su ausencia. Lima ha perdido así innumerables casas de gran valor, demolidas
para dar paso a una cuestionable edificación multifamiliar. Casi
todas estas casas obedecían a patrones extraños. Vienen
a la memoria casonas sobre el Golf de San Isidro o en la avenida Benavides
de Miraflores o en el mismo Barranco, como la casa de Víctor Delfín,
que fueron hechas muchas de ellas consultando revistas extranjeras de
moda. Estilos diferentes que, sin embargo, se amoldaban o acriollaban
de alguna manera en lo que Héctor Velarde llamó Arquitectura
Onírica: todo era posible en Lima por lo benigno del clima. Y por
la idiosincrasia de sus gentes.
Sería absurdo entonces tomar la comba y empezar a derruír lo que no parece propio. Porque en ese caso, se debía empezar por Palacio de Gobierno y el Palacio de Justicia. O la municipalidad de Miraflores. Más racional será declarar Monumentos a todas aquellas edificaciones que, reuniendo calidad, constituyan parte de la imagen colectiva, puntos de apoyo del alma individual. Condición que la Comisión de Patrimonio del INC había acordado para la Casa Marsano y que alguna infidencia, al parecer, alertó la insensibilidad o incompetencia de un empresario, que optó entonces por la política de hechos consumados. Interesándole un bledo la ciudad. (Sánchez-Aizcorbe)
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