Edición Nº 1708


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    ARTICULO

    14 de febrero de 2002

    CASA MARSANO
    Lo Que Pudo Ser
    Un proyecto de hotel y de edificio de oficinas, que respetaba la casa, fue dejado de lado.

    Existía el espacio suficiente como para construir en las áreas libres. Si los propietarios no contaban con licencia ¿por qué la Municipalidad no paró la demolición?

    LA demolición, dicho sea de paso sin licencia municipal, de la obra que don Tomás Marsano creyó legar para la posteridad, ha demostrado lo efímero de la vida. Apenas llegó a los 60 años. Existe discrepancia acerca del valor del edificio. Los especialistas se inclinan para ambos lados. Hay quienes están a favor de la demolición y quienes están en contra. Los primeros, los menos, consideran que el edificio no presentaba ninguna característica que lo singularizara, que era un peso muerto para sus actuales propietarios y que por lo tanto éstos tenían todo el derecho de deshacerse de él. Los otros, los más, consideran que el edificio debió respetarse. Si bien era de una arquitectura ecléctica, afrancesada, no carecía de interés. También, por el valor de su fábrica y por ser, quizás, el último palacio construído en Lima y, que, como tal, constituía un hito en la ciudad. Difícil pasar en estos días por la avenida Arequipa y no sentir su ausencia.

    Lima ha perdido así innumerables casas de gran valor, demolidas para dar paso a una cuestionable edificación multifamiliar. Casi todas estas casas obedecían a patrones extraños. Vienen a la memoria casonas sobre el Golf de San Isidro o en la avenida Benavides de Miraflores o en el mismo Barranco, como la casa de Víctor Delfín, que fueron hechas muchas de ellas consultando revistas extranjeras de moda. Estilos diferentes que, sin embargo, se amoldaban o acriollaban de alguna manera en lo que Héctor Velarde llamó Arquitectura Onírica: todo era posible en Lima por lo benigno del clima. Y por la idiosincrasia de sus gentes.

    Comienza la destrucción de un hito de la ciudad, parte de la memoria colectiva miraflorina. Al lado; La acción tuvo algo de brutal. En tres días, aprovechando el final de semana, acabó todo.

    Sería absurdo entonces tomar la comba y empezar a derruír lo que no parece propio. Porque en ese caso, se debía empezar por Palacio de Gobierno y el Palacio de Justicia. O la municipalidad de Miraflores. Más racional será declarar Monumentos a todas aquellas edificaciones que, reuniendo calidad, constituyan parte de la imagen colectiva, puntos de apoyo del alma individual. Condición que la Comisión de Patrimonio del INC había acordado para la Casa Marsano y que alguna infidencia, al parecer, alertó la insensibilidad o incompetencia de un empresario, que optó entonces por la política de hechos consumados. Interesándole un bledo la ciudad. (Sánchez-Aizcorbe)

     

    CARETAS recibió esta carta de Delia Revoredo de Mur, retratada el día de su matrimonio en la Casa Grande de sus abuelos (1978). En ella aflora la nostalgia por los días felices de la niñez y la tristeza por una irreparable pérdida.

    Hace más de veinte años, ya muy enfermo y tres días antes de morir, tío Alberto Marsano me dijo: si algún día destruyen la "Casa Grande", recuerda entonces que bajo las columnas del ingreso, tu abuelo me hizo enterrar dos talegas de libras de oro...

    En estos días la están destruyendo, y lo que menos me importa son las talegas de oro. Más bien, la desaparición de una simbólica heredad familiar, en la que crecí correteando entre sus huertos, recogiendo caracoles que luego, con mis primos, "vendíamos" a la abuela, almorzando en el enorme comedor inglés con mesa puesta siempre para dieciséis personas (mis abuelos tuvieron 11 hijos), asistiendo cada domingo, de la mano con mis padres, a la misa en la capillita dorada, y poniéndome en fila para el protocolar saludo a los abuelos...

    ¡Me pegaba unos atracones con las frutas de los guayabos, manzanos, perales y cerezos! Patinaba sin patines sobre el hall que llevaba a las salas y a los comedores, pues el mármol pulido y suavecito, si corría el primer tramo con fuerza, dejaba que me deslizara sobre él varios metros...

    Había siempre mucha gente y bullicio en la "Casa Grande", pero en ella viví los momentos más gratos de mi infancia que, de algún modo, hoy siento más lejanos con su desaparición. Delia Revoredo de Mur

     

     


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