Edición Nº 1709


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    21 de febrero de 2002
    Por AUGUSTO ELMORE

    EL solo anuncio de la próxima visita del presidente George W. Bush ha producido, casi instantáneamente, un primer resultado: el reestreno de "El retorno de los muertos vivientes". En verdad no se trata de una película, sino de la unificación, una vez más, de la izquierda peruana, si por eso se entiende la del Partido Comunista Peruano y del Partido Comunista del Perú -Patria Roja- (apelativo este último que usan para diferenciarse del Partido Comunista del Perú, Sendero Luminoso). Dando muestra de un aburguesamiento que quizá ahora les sea necesario, dicha unificación (¡cómo, ¿otra vez, Andrés?!) se llevó a cabo en los salones del Hotel Bolívar, lo que hace pensar en que o el Bolívar está en decadencia o la izquierda se ha puesto finalmente el terno.

    Lo cierto es que nada menos que a Bush se debe que los dirigentes de esos partidos hayan buceado en el desván de trastos viejos, encontrando el baúl en el que guardaban sus polvorientas banderas antiimperialistas que, no dudamos, una vez lavadas y planchadas, sacarán a la calle apenas aparezca la comitiva del presidente norteamericano por las calles de Lima. ¡Qué gran oportunidad para un retorno al pasado! Flashback, se llama en cine. Como si fuera una película de época, `Lo que el viento se llevó', por ejemplo, volveremos a ver y sufrir las mismas manifestaciones de antes, y el aire de las calles de Lima se llenará otra vez, aparte de gases lacrimógenos, de ¡Yanquis, go home!, ¡Abajo el imperialismo!, ¡Patria o muerte, venceremos! y otros lemas del pasado que no se han vuelto a escuchar desde la caída del Muro, salvo en boca de Sendero Luminoso y el MRTA. A esos lemas se añadirán los novísimos de ¡Muera el neoliberalismo!, ¡Abajo la globalización! Será bien entretenido; tanto como ver otra vez, ya lo dije, `Lo que el viento se llevó' de nuevo.

    Mario Vargas Llosa no ceja en su empeño de llevarse todos los premios del planeta: en estos días se le concederá en Santo Domingo una nueva distinción: un premio con nombre que se me antoja sicalíptico: el Caonabo de Oro, al que se ha hecho merecedor por esa estupenda novela que es `La fiesta del chivo'. Bien por él.

    El índice de aprobación del gobierno de Toledo no solamente no sube sino que más bien baja, gracias a los prodigiosos esfuerzos que en ese sentido hacen sus propios partidarios (y estoy hablando no sólo de las bases sino, sobre todo, de algunos dirigentes). Sin embargo, hay que atribuirle a Toledo el que ahora el 67% de peruanos cree que la situación actual mejorará. De un país de gente desesperanzada parece que nos hemos convertido en una nación con esperanzas. No sé si muchas, ni vanas, pero esperanzas al fin de cuentas.

    Hay algunos candidatos para las elecciones municipales próximas que han puesto su estigma -en el mejor estilo del que abusó Fujimori en el 2000- en los cerros que rodean a Ventanilla. La muestra más grosera corre por cuenta de la señora Evangelina Velásquez, que ha implantado su nombre con verdadera alevosía en los cerros que dan a la carretera, en algunos de los cuales todavía se nota una mancha indeleble con el nombre del actual congresista Eitel Ramos, que tras ser elegido no se ha tomado el trabajo de borrar lo que hizo escribir en el pedazo de cerro que ilegalmente usurpó para hacerse propaganda. Pero la señora Velásquez -ustedes pueden comprobarlo circulando por allí-, se pasó. Las pintas con las que ha mancillado los pobres cerros -¡qué culpa tendrán los cerros para que les hagan eso!- son absolutamente abusivas. ¡Los cerros son del pueblo, y no de los candidatos!

    En la época en que viví (seis años) en Buenos Aires -aquella del apogeo y caída de Perón- los peruanos que estudiábamos allí éramos muchos, provenientes la mayoría del cierre de San Marcos por la dictadura de Odría. Pero para los porteños de entonces (no así para los provincianos), los peruanos éramos lo que hoy en día se llama en España "sudacas", sudamericanos, mestizos, subdesarrollados. Buenos Aires en cambio era una ciudad europea, y sus habitantes se sentían en verdad parisinos respecto de nosotros. Hoy, con la grave crisis que les ha tocado vivir, es probable que se hayan sensibilizado un poco, porque la pobreza y los problemas parecen habernos igualado. No es que me alegre, por cierto, pero finalmente Buenos Aires se ha incorporado a América del Sur. Bienvenidos a esta parte del continente. Como dice el valse, cholo soy y no me compadezcas.

    No sé si aluciné, pero el otro día, escuchando las protestas a vivo pulmón (y también con matracas y altoparlante) de un grupo de despedidos de EsSalud que exigen regresar, entre los diversos lemas que lanzaban me pareció escuchar el siguiente: ¡Oé, Oé, el Chino va a volver! El Chino, justo el que los despidió: ¡debo haber oído mal!

    No deja de asombrarme el encarnizamiento y la saña con la que dos congresistas (uno de ellos persona muy ligada a mí) se han lanzado sobre Andrade teniendo como testigos a dos personas tan dudosas como un comerciante mayorista de fuegos artificiales y un ex coronel de la Fuerza Aérea que se dice amigo -singular amigo- del alcalde de Lima. Llama la atención porque ningún congresista acusó jamás con ferocidad igual a ningún personaje del régimen anterior, en los que tanta carne había para morder. Hoy, rumbo a las elecciones municipales, los congresistas sacan las garras jurando y perjurando que no lo hacen por política, cosa que, por cierto, nadie cree. El colmo fue cuando a Barba le dio una pataleta en un canal de televisión. Desagradable asunto este.

    Hay gente que abusa de los extranjeros. Como Alvaro Vargas Llosa, que le ha metido el cuento a cierta prensa del exterior haciéndola creer que él es un perseguido político, y que por eso se encuentra en la clandestinidad. Esa es la que podríamos llamar una mentira de exportación, porque aquí no hay nadie que se la crea. Ni su papá.


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