Edición Nº 1710


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    ARTICULO

    28 de febrero de 2002

    Vuelta Al Ruedo
    Con un fino pase de capote, médico siquiatra Ignacio López Merino obtiene el primer lugar.

    ¿Ya salió el resultado? Era la insistente pregunta que hacían los lectores a la redacción de la revista. Pues, sí: ya salieron. Y los resultados han confirmando el carácter cosmopolita del concurso, pues en esta ocasión los tres ganadores residen en el extranjero. Así lo determinó el jurado integrado por Francesca Denegri, José Adolph, Oscar Malca, Alonso Ruiz Rosas y Jaime Bedoya. Así, el primer premio se lo llevó Ignacio López Merino (Miami), el segundo fue para Mario Michelena (New York) y el tercero para Walter Lingán (Colonia, Alemania). Felicitaciones.

    Ignacio López Merino, taurino desde su infancia gana primer puesto con "La faena".

    Primer Premio
    Ignacio López Merino

    AFICIONADO de toda la vida a la fiesta brava, Ignacio López Merino es un médico de 55 años graduado en San Marcos que a pesar de vivir en Florida, suele asistir a la Feria de Sevilla, a la de San Isidro y a la del Señor de los Milagros. Ese sentimiento lo demuestra en el relato "La faena", donde narra con una fina prosa el conflicto entre la vida y la muerte. Poeta precoz (a los 3 años escribía versos a la muchacha más linda del barrio), decidió a los 15 años abandonar su sueño de convertirse en torero y optó por la ciencia del bisturí. Sin embargo, las letras también ejercían su encanto y por eso decidió especializarse en la disciplina que más requiere del uso del lenguaje: la psiquiatría. En 1987 viajó a los Estados Unidos con su familia y actualmente ejerce en Fort Lauderdale, al norte de Miami. Confiesa que escribe en sus ratos libres -entre paciente y paciente-, pero no ha intentado publicar literatura porque tiene un sentido muy respetuoso del lenguaje. Su producción atraviesa todos los géneros pues escribe poesía, cuentos e incluso un par de novelas que su rigurosa exigencia estética le ha impedido publicar. Afirma que su cultura literaria es tercamente autodidacta; hace literatura por oído y le aterraría volverse un técnico de la estructura narrativa, pues dada su personalidad, eso podría limitarle el albedrío y sus intuiciones, por más aberrantes que ellas fuesen.

    Mario Michelena, se hizo merecedor al segundo puesto con un lúdico y voyerista relato titulado "Big Bang".

    Segundo Premio
    Mario Michelena

    LUEGO de graduarse en 1995 en Lingüística y Literatura en la Católica, trabajó dos años en diversos medios periodísticos, hasta que en agosto de 1997 llega a Los Angeles, para hacer un doctorado en Literatura Comparada en la Universidad del Sur de California (USC). Luego se traslada a la Universidad de Nueva York (NYU) para terminar un doctorado en Literatura en Español y Portugués. Ahora su tiempo lo invierte trabajando en un proyecto de tesis sobre la representación de Sendero Luminoso y el MRTA en la literatura peruana actual y enseñando español en la Universidad. La distancia, el tiempo y la experiencia de vivir afuera le han ido creando ataduras diversas con ciudades y personas ajenas al Perú. Debido a ello sus miedos más recurrentes tienen que ver con progresiva pérdida de la riqueza de su español mientras se vuelve bilingüe. Sin embargo, escribir todavía le significa una gran alegría a pesar que sus niveles de exigencia a veces lo frustran (ha tratado 3 veces de escribir 3 novelas diferentes, en vano), pero es algo que "captura mi imaginación y mis ilusiones tanto que supongo que es una alegría".

    Walter Lingán ganó con un cuento que hace juguetonas referencias a los poemas homéricos titulado "Verano en una taza de café".

    Tercer Premio
    Walter Lingán

    ORIGINARIO de Cajamarca, desde muy pequeño tuvo que emigrar a la región amazónica con su familia para convertirse en "colonos" a orillas de los ríos Marañón y Utcubamba. Después llegó a Lima y se asentó en una pequeña vivienda en Comas. Luego vendría la época de los estudios superiores en San Marcos y allí pudo leer algo de Arguedas, Vallejo, Alegría y Mariátegui que le hicieron ver la realidad del país con otros ojos. En 1982 con el apoyo de una beca de la iglesia evangélica alemana -"por si acaso, soy ateo, gracias a todos mis dioses"- llegué a Aachen para aprender el alemán y después se trasladó a la ciudad de Colonia, donde cursó los estudios de medicina, especializándose en radiología. Confiesa que le ha gustado tanto ser nativo en tierra ajena que se fue quedando en Colonia, donde "hablo en alemán, escribo en castellano y amo con el corazón de un mestizo". Desde hace cuatro años detenta la nacionalidad alemana, aunque muchas veces la policía no le cree cuando se identifica con pasaporte alemán, pues como escribe Bryce "no es lo mismo un cholo calato que un desnudo griego". "Desde muy temprano cultivó el arte de la lectura y rápidamente se sorprendió escribiendo y recibiendo varios premios como el "José María Arguedas" en Francia, "El Butacón" en Alemania y finalista en 1998 de "El Cuento de las Mil Palabras". En el 2001 apareció su libro de cuentos "La danza de la viuda negra".

     


    Menciones Honrosas

    Variada selección de autores que se hicieron merecedores a las menciones sin ningún orden de preferencia.

    COMO era de esperarse la convocatoria del concurso fue un éxito. Se recibieron casi 600 cuentos, llegados de las más diversas regiones del orbe como lo comprueba el lugar de residencia de los ganadores. En esta oportunidad, el jurado decidió premiar con su ya tradicional máscara recordatoria a seis narradores que se lucieron hilvanando historias, estructuras y técnicas literarias para provocar toda clase de sentimientos, como miedo, vergüenza, temor, curiosidad, amor, deseo, pasión y terror. Entre ellos podemos mencionar narradores desconocidos como Alberto Garro Morey fue premiado por el relato "Cristina", Gonzalo Málaga Ortega por "Acercamiento a un tema: los mf", Pepe Zapata por "El guerrero de los mil años" y reconocidos como Leyla Bartet que con su relato "De Sarita Colonia" confirma sus cualidades para la narración. Por otro lado, también se llevarán su máscara y el aplauso del respetable dos conocidos de la revista: Giancarlo Capello por "Ojos de Miedo" y Alfredo Villar por "No entres gentilmente...", quienes fueron merecedores del primer y segundo premio en el reciente concurso "Una carta de amor" organizado en el 2001 por la revista CARETAS.

     

    20 AÑOS
    Convocatoria de este año marcará dos décadas de celebración de la palabra.

    EN 20 años de este tradicional concurso han saltado a la luz jóvenes promesas de la narrativa nacional y se ha confirmado el talento de consagrados escritores. Entre estos se puede mencionar a Edgardo Rivera Martínez, ganador del primer premio en 1982, el narrador José Adolph que ganó en 1983, el escritor Guillermo Niño de Guzmán que ganó en concurso en 1985, el periodista César Hildebrandt que hizo lo propio en 1986, Renato Sandoval en 1988, Enrique Protchazka en 1990, Alfredo Pita en 1991, Jorge Ninapayta en 1994 y Luis Freire en el 2001, entre otros. Entonces, ya están avisados los narradores para que alisten las plumas y vayan en pos de las tradicionales máscaras, recuperando sus viejas historias, pasiones y anécdotas para volcarlas en la hoja en blanco y de esta manera entren en la historia al lado de las personalidades literarias ya mencionadas. Advertido.

     

    Conspicuos ganadores: Rivera Martínez, Adolph, Niño de Guzmán y Hildebrandt.

     

     


     

    La Faena
    Por IGNACIO LOPEZ MERINO

    POR fin el toro se aparta de la manada y su silueta se recorta en la noche como esculpida en carbón fiero. Está encampanado, con los músculos tensos y los dos cuchillos alzados: antenas impacientes por captar las intenciones del intruso que lo incita con un trapo. Fue larga la espera desde que el chico saltó la tapia y se subió a un árbol a otear el campo y estarse quieto hasta que se retiraran los vaqueros. Quiere ser torero pero no tiene padrino picador ni tío matarife. Tampoco dispone de toros de casta para entrenarse en su oficio sino de ganado criollo, cunero de procedencia, en esa minuta dehesa de Lurín.

    El muchacho sacude la manta rotosa pero el animal sigue estatuario; el muchacho avanza con cautela y sostiene la cobija por delante con ambas manos, como en ese lienzo donde santa Verónica muestra en un paño la impresión del rostro de Jesús doliente; ahora ya puede distinguir en la oscuridad los ojos torvos del animal. Un paso más, entonces el toro bufa y se desdibuja su imagen rígida de poderosa alerta, baja la cabeza enorme y hace el amago de que retrocede, escarbando en el suelo con las manos. Y se arranca.

    •••

    Querer ser torero en Lurín, un pueblo al sur de Lima, no es lo mismo que intentarlo en España, donde los hombres han jugado al toro por los siglos y donde, a través de los entronques de distintas castas bravas, se logró la variedad única de un animal de pelea o lidia, cuyo motivo de existir es salir a matar o morir en el ara de un antiguo ritual sangriento. Un ritual irreverente donde el aire se satura de tragedia; que desprecia la vida y la muerte por igual; una danza sumaria de dos seres armados dibujando formas, pintando colores y, al acecho, la sangre de los dos; el ara es un ruedo ardiente que se ha empapado de miedo y muerte en muchos calendarios de barbarie, donde se sigue inmolando el toro bravo, protagonista inadvertido de la fiesta, que aporta su fuerza y fiereza para que el otro contendiente, ese que va en pos de la gloria y la fortuna, pueda esculpir en vivo. Y a veces con su propia muerte.

    Las reses bravas no ofrecen mayor riesgo cuando están con la vacada, pero al separarse las hinca el instinto y acometen a todo lo que se mueva. Un mayoral contaba de cómo una vez un toro escapado había embestido a una locomotora en marcha, y del golpe seco de los cuernos con el acero, el pitazo estridente cortando el jadeo rítmico como con un cuchillo, y un masijo negro echado a los vientos patas arriba, todo roto.

    Cuando se quiere ser torero en el barrio de Triana, o en la meseta cordobesa, o en las marismas gaditanas, hay ingredientes telúricos que favorecen esa vocación: el cielo andaluz, el Guadalquivir, las fondas, las callejuelas blancas y enjardinadas, el dejo en el habla de la gente y su legado moruno-celtibérico intacto. Todo huele a corrida de toros, y postineras además, porque Andalucía es la tierra madre de los artistas más famosos del toreo. Hay una música callada en el aire impregnado de arábiga sensualidad: el reverbero del cante jondo, las guitarras flamencas y los ecos de las palmas y las castañuelas que el viento lleva a las plazas de toros en tardes de un sol encarnizado, el mismo que alumbró las jornadas de sangre de las civilizaciones enterradas en el tiempo; y a las dehesas, que es donde mora, por cuatro o cinco años, el impetuoso gladiador de tardes ceremoniales. En Lurín, a media hora en automóvil al sur de Lima, las cosas no ruedan así de toreras. Es un pueblecito costero de labriegos y obreros industriosos donde, por generaciones, los limeños siguen rematando sus jaranas de rompe y raja con un obligado viaje de madrugada a desayunar pan con chicharrón, café con leche y camote frito. Todos los fines de semana, antes del alba, el pueblo se divisa desde lejos en la carretera por el resplandor y la humarada de las enormes pailas, confundiéndose con los ocres azulados del día que se asoma. Allí nació y creció Miguel Farías, en un hogar muy modesto. Su padre fue un carpintero de buena mano y cumplidor que, gracias a un paisano contratista, tenía asegurado su desempeño como obrero de la pliq7~ de Acho en los meses de octubre y noviembre, durante la Feria del Señor de los Milagros. Así era que restauraba los arcos y los pilares de las andanadas, renovaba los tablones desportillados de la barrera y afianzaba los burladeros y les reparaba las melladuras que les ocasionaban los derrotes de los toros con todo el ímpetu vivo. Desde que tuvo siete años, Miguel acompañó a su padre a todas las corridas de cada temporada y fue cosa natural que quisiera emular a esos héroes envueltos en seda y oro. La mayor ilusión del muchacho es estar algún día en el ruedo, vestido con aquel traje brillante, demostrando su valor y destellando su inspiración. El dinero importa, claro, pero más es el ansia de ser el centro de la atención de miles de almas angustiadas; el artífice de una belleza cruenta; y, sobre todo, el tema de los sueños de las chicas más lindas. Miguel Farías es un soñador y sus sueños le acometen como miuras en pleno día, y de noche regresan con renovados bríos. Se ve en traje de luces (oro y nazareno, el color del Cristo morado de la devoción de su madre), en un hotel lujoso de España, con una muehacha de ojos muy dulces a su lado; y, también, ve a su madre feliz y dedicada a sus flores en su casa nueva. El padre de Miguel Farías se murió sin síntomas alertadores, aparentemente de un ataque al corazón, a los pocos meses de haber cumplido los cuarenta años y su mujer empezó a ganarse el sustento como chicharronera. Miguel Farías madruga todos los fines de semana junto con ella a trozar y freír la carne de chancho y el camote en las pailas. Y cada vez que puede, con la complicidad de la noche, escala la tapia del predio colindante con el ejido para darle unos cuantos lances subrepticios a alguno de los toros que allí pastan.

    •••

    Cuando se arranca el toro el muchacho espera hasta que el hocico casi toca la manta para dirigirle la salida a un lado y él retirarse, a trancos rápidos, hacia el otro. El toro pasa como una exhalación bramante y, al revolverse, un hilo de su saliva es un latigazo a la noche. La manta del chico guía el rumbo de la embestida, esta vez hacia el lado contrario, y la distancia se va acortando. Hay un diálogo mudo pero encendido entre ambos. Dos ojos llenos de miedo, dos ojos llenos de furia. Y las cuatro pezuñas salpican trizas de tierra dura. Otra vez el bufido, el retumbar del suelo, el olor a bosta seca y el derrote corneando en el vacío, burlado. Y otra vez la cabeza abajo y los puñales marfileños ávidos por clavarse en cualquier carne, en cualquier aire. Hasta que el toro se detiene, frustrado y perplejo, y su burlador recobra el terreno perdido retrocediendo de espaldas.

    •••

    Acho. Ambiente de luz y color. Algarabía en los tendidos, rumor de la muchedumbre.

    Huele a humo de cigarros puros. Miguel Farías está solo en el ruedo con la fiera negra de astas finas y empinadas: dos advertencias. Se engalla al amparo de todos los ojos que lo miran y de todas las gargantas que acompasan cada vuelo de su capote. El toro acude codicioso a prenderlo con los pitones pero Miguel Farías se siente invulnerable sosteniendo el engaño de percal en sus manos; y, después, cuando brinda la muerte del animal en el centro del redondel, el circo se estremece. Arma la muleta con el estoque y va hacia la fiera. Viste un traje brillante con profusión de alamares bordados en oro, caireles y faja encarnada sobre fondo de seda nazarena. El ornamento recargado le cae muy bien a su tez morena: parece un príncipe del sol. Las medias rosadas qué netas contrastan con las zapatillas negras y la arena alberiza. Miguel Farías piensa en su madre, ella que se anticipa a la luz del amanecer mientras cuece carne de cerdo y fríe rebanadas de camote para los trasnochadores limeños. Pero ya no lo hará más porque después de esta tarde gloriosa será contratado para torear en España, México y Colombia; y le comprará la casa de su ilusión, con un huerto y muchas flores. Recibe al toro y lo lleva cosido a la muleta, mesmerizado. Arquea y elonga su verticalidad dorada y su brazo es una cuerda de violín de tan templada que dirige la embestida. Un brioso pasodoble rompe, pero es acallado por el estruendo de miles de unánimes olés: corean el ritual de un misionario de la luz que oficia en el filo de la oscuridad sin retorno.

    El torero está borracho de sensaciones y le pica un regustillo malévolo, no por las heridas que lleva el toro -el inevitable compañero de su arte trágica-, sino por azuzar la angustia de las niñas preciosas y aristocráticas que, en las barreras de sombra, rezan por la indemnidad de su carne morena de hijo del pueblo; y, así, impávido, desprecia los pitones afilados que le descosen los alamares en cada tarascada vehemente. La fiera vuelve a pasar pero sus resuellos ni se sienten. Sus ojos negro luto ya no asustan. Y el tiempo se desmaya cuando el matador envuelve al toro en un natural redondo: astro reluciente y satélite orbitando, ingrávidos, labrados en seda y oro y marfil y azabache; hay, también, borbotones de rojo hirviente a puro sol. El toro está cansado y ya cuadra.

    •••

    El intruso cita a otro lance con su manta raída y, cuando el toro se le cuela repentino, reacciona presto: con ambas manos empuja, inútilmente, la testuz rizada que ya lo levanta en vilo, y siente una antorcha encendida que se le clava en la carne, que lo gira en el aire como un molinete. El muchacho cae en una tierra dura y pelada, esparcida de broza, y el toro, sin hacer por él, regresa a la manada. Es noche clara y no hay más testigos que el aire y la Luna, pero a los oídos del muchacho todavía llegan, cada vez más lejanos, los olés y los compases del brioso pasodoble mientras que por el enorme boquete del pecho se le sale la vida.


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