Edición Nº 1711


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    ARTICULO

    7 de marzo de 2002

    Claves Para el Diálogo
    El ex Presidente Valentín Paniagua plantea metas para una concertación que busque romper con fundamentalismos nocivos.

    El ex Presidente Valentín Paniagua considera que algunos acuerdos sustantivos deben referirse al modelo económico e insiste en que hay que buscar una salida negociada para el problema de la deuda externa.

    Entrevista CESAR LEVANO

    ¿Cómo aprecia el inicio de la tercera y última etapa de la concertación?

    -Se ha hablado mucho de la concertación. Se ha avanzado algo y creo que ha llegado el momento de las grandes definiciones. El tema, pese a algunos pequeños incidentes, más bien circunstanciales, es auspicioso. Creo que de esta etapa del proceso podemos esperar definiciones sustantivas y estoy absolutamente seguro de que van a servir como un gran marco referencial para el proceso de transición.

    -Hay una serie de instituciones incluidas en el proceso. ¿No pueden resultar perjudiciales tantas manos en un plato?

    -El gran problema que hay en todo proceso de concertación es que éste tiene niveles en el tiempo, en el horizonte político si se quiere, pero al mismo tiempo tiene interlocutores en las diferentes esferas de la sociedad. Papel protagónico deben tener los partidos políticos. No solamente son los cauces donde se organiza la opinión pública, sino que al propio tiempo ostentan la representación popular.

    -Si se compara con procesos de concertación en países como España o Chile, ¿a qué procesos se parece el nuestro?

    -Me da la impresión de que no se parece a ninguno, porque los dos procesos a los que usted se ha referido han sido iniciados e impuestos en alguna forma por gobiernos autocráticos que cedían el paso a regímenes democráticos. En un caso el Generalísimo Franco y en otro Pinochet. Y naturalmente, fueron procesos de transición en los que las etapas de preparación y de deliberación se hallaban debidamente planificadas. A nosotros nos ha tocado enfrentar una situación bastante más difícil: un régimen que implosionó en cierto modo y se derrumbó de súbito. Entonces se ha tenido que hacer en el camino el esfuerzo de reconstrucción constitucional e institucional. Aquí hay que recordar que no es lo mismo ganar una guerra que ganar una paz. En el Perú ganamos la guerra contra la autocracia en medio de una lucha que se inició y se condujo, y hay que destacar suficientemente este hecho, bajo un propósito y una experiencia exitosa de concertación y consenso de las fuerzas democráticas. Pero luego es indispensable que se consolide la paz. En este caso, hay que refundar el Estado democrático o el Estado constitucional y la sociedad democrática. Y hay que hacerlo, además, atendiendo a los requerimientos de una revolución de expectativas que se producen inevitablemente cuando se rompen las amarras de una autocracia y se abren la compuertas para la expresión de la inquietud y también de la protesta social.

    La lucha contra la dictadura fue acción unida.

    -Hubo concertación para una salida política pero no lo hubo para una salida del problema social. El ex Presidente de Chile Patricio Aylwin me dijo que en Chile paralelamente a la mesa de concertación política hubo una de concertación social.

    -Es que acá no puede haberlo por una razón muy sencilla. Porque una democracia gobernante, que es lo que debemos lograr en el Perú, es el prerrequisito para un desarrollo económico socialmente incluyente. Y, naturalmente, eso presupone un Estado moderno y eficiente que sea capaz de responder a los requerimintos de una sociedad civil que tiene que ser eficiente y competitiva. Entonces, si nos pusiéramos a definir esferas de concertación, no hay duda posible. Hay una primera esfera de concertación inevitable en un Estado de Derecho: esa es la esfera política, en la que tienen que debatirse desde los grandes lineamientos de la Constitución hasta las reformas estructurales indispensables para crear un Estado moderno y eficiente. Eso incluye todas las tareas relacionadas con la distribución espacial del poder. Esto es, a la descentralización. Eso además presupone la reinstitucionalización constitucional, es decir, el ajuste de las instituciones a las previsiones de la Carta fundamental. Dentro de este mismo campo, pero en otro nivel, está todo el proceso de redemocratización de la sociedad, que es justamente la reconstrucción del tejido institucional, el restablecimiento de las prácticas deliberativas como dinámica del proceso político y social y la creación de un nuevo espíritu que sustituya la confrontación permanente por la búsqueda de conciliación.

    -¿Qué más debe incluir el proceso?

    -Hay una segunda gran esfera, que es la relativa a la política económica en general: una democracia gobernante para un desarrollo económico socialmente incluyente. Lo que quiere decir que algunos acuerdos sustantivos deben versar en torno del modelo económico que ha de presidir el desenvolvimiento de la sociedad. Pero, naturalmente ese modelo económico no puede perder de vista la inspiración tanto ética como social, donde se haga percibir que el crecimiento económico tiene que ir acompañado con la inclusión, es decir, la solución de los problemas concretos que aquejan a la sociedad aunque no sea sino dentro de un esquema procesal en un plazo corto o largo, según las circunstancias. Hay una tercera gran esfera en la que es indispensable poner acento en los grandes aspectos de transformación social que tienen que ver con la elevación de la calidad de vida de la población. Entonces, es en el plano social en el que tienen que lograrse acuerdos para mejorar los niveles de salud, de salubridad, de recreación, de ocupación y, naturalmente, de preservación del medio ambiente. Y, por detrás de todas estas preocupaciones, el gran tema de esta hora histórica: la educación. En la era del conocimiento, la educación no es ya sólo una política social importante. Es la política por excelencia, que puede conducir a la transformación radical y sustantiva de una sociedad en el mundo contemporáneo.

    -Hay una paradoja. Casi al mismo tiempo se inician el proceso de concertación y la huelga general indefinida de construcción civil. Se queja este gremio de que el sector empresarial de la rama no quiere cumplir con las disposiciones legales y estatales.

    -Pero eso no es atribuible a las fuerzas políticas. Ahí hay un caso en el que queda muy patente que la voluntad de consenso no es suficiente sólo en el plano político, sino también en el plano económico y social. Nosotros creamos el Consejo Nacional del Trabajo, como un cauce institucionalizado, para la deliberación, la búsqueda de concertación y, eventualmente, consenso, entre el capital y el trabajo. Tengo entendido que allí se han hecho todos los esfuerzos por parte del Estado y los sectores laborales y que hay una resistencia persistente por parte de los empresarios.

    -¿Cuál sería su reflexión respecto a su paso por el poder?

    -Siempre es posible hacer un esfuerzo para lograr entendimientos y conciliación allí donde hay sólo disensión. Y estoy convencido firmemente de la necesidad en el Perú del consenso, al que algunas personas no le atribuyen mucha importancia. Sobre ese punto diría que es en el ejercicio del poder donde se descubre que para gobernar se necesita mucho más que lucidez y acierto en las decisiones, e incluso diría autoridad y firmeza en la ejecución de las resoluciones que se adoptan en consenso y en consentimiento. Porque la orden no mueve tanto como la convicción generalizada que provoca el asentimiento voluntario y entusiasta de un pueblo en torno de una idea.

    Ajeno a sectarismos, Paniagua precisa el papel que deben jugar los partidos políticos en el Perú.

    -Los grandes cambios no se producen sin el impulso colectivo.

    - Por eso yo me he permitido señalar y hago énfasis en que el consenso es importantísimo para definir las grandes líneas de acción, sobre todo en las políticas de Estado, es decir, las que son permanentes en el tiempo. Es mucho más importante por otras dos razones: la primera, porque cuando hay un verdadero consenso se llega a una mística colectiva que hace que todos los elementos, todos los sujetos de la sociedad identificados con los objetivos definidos en un gran consenso nacional, en su propia esfera de competencia cumplen con la modestia y el silencio la parte que es indispensable para progresar, para superar las deficiencias de la sociedad. Yo veo en el consenso una suerte de vocación movilizadora y generadora de mística, que podría incluso identificarse con eso que José Carlos Mariátegui describió con tanto acierto respecto a la teoría del mito en Georges Sorel. Crea una suerte de mitos que son indispensables para movilizar a un pueblo y, en segundo lugar, un consenso es fundamental desde el punto de vista político e histórico, porque, definiendo los aspectos fundamentales en que los políticos y la sociedad están en desacuerdo, organiza los disensos, es decir, hace mucho más llevaderos y tolerantes los diálogos de discrepancia, que son inevitables en una democracia.

    -Hay una frase que se me quedó grabada en su discurso inaugural al asumir la Presidencia: "renegociar el pago de la deuda externa". ¿No se pudo hacer nada en ese sentido?

    -Esa frase suscitó, como usted recordará, y esto es un poco para responder a los que dijeron que yo había tenido sólo una luna de miel; suscitó de inmediato una explosión de críticas, ni bien nos habíamos sentado en Palacio, de parte de los fundamentalistas económicos, respecto de que se había ingresado al sancta santorum de la deuda externa y que por lo tanto aquí había un factor de inestabilidad. Lo que quise decir entonces es lo mismo que digo ahora: nuestro país y los otros países subdesarrollados no van a poder progresar seriamente con el agobio de la deuda externa. Entonces, esto deben entenderlo no sólo los países acreedores, sino el resto de la comunidad internacional. Los europeos deberían recordar que sin el Plan Marshall no hubieran podido recuperarse tan prontamente como lo hicieron. Que piensen ellos cómo nosotros hemos pagado también costos muy importantes, hemos pagado prácticamente la deuda. Sin embargo, seguimos agobiados por ella, en circunstancias en que el modelo económico impuesto desde los '90 ha demostrado que es ineficiente. De 30 países latinoamericanos, escasamente 10 y, entre los más importantes, sólo Colombia y, en alguna proporción, Chile, -todos los demás son países del Caribe-, han acusado crecimiento de su PBI y de su renta per cápita. El resto de países latinoamericanos, sencillamente, en la década de 1990 al 2000, han decrecido. Eso está revelando que el modelo no ha sido eficiente y haciendo muy cierto aquel lugar común que dice: "se han hecho más ricos los ricos y más pobres los pobres". Una parte importante de ese resultado es consecuencia del agobio de la deuda externa.

     


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