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ARTICULO
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14
de marzo de 2002 |

Verano En Una Taza De Café
Por
WALTER LINGAN
Hijo de Cajamarca
y médico residente en Alemania, Walter Lingán ha fraguado
un relato titulado "Verano en una taza de café" donde se vale de
personajes tanto de la Iliada como de la Odisea para traerlos al presente
e interactúen de manera lúdica mientras veranean literalmente
en una taza de café.
HACIA calor y Telémaco, vestido con una delgada túnica
blanca, subió y se sentó al filo de una gigantesca taza
llena con café colombiano de marca alemana. Sus pies chapotearon
y el café se encrespó, se levantó en una sucesión
de espinas oscuras que le mancharon la ropa. A la superficie del café
afloraron enormes erizos blanquinegros dispuestos a trepar por los contornos
de sus piernas, pero, después de algunos fallidos intentos, decidieron
abordar el montículo de arena que mostraba su morro amarillo sobre
el otro filo de la taza. Penélope, su madre y activa tejedora,
que veraneaba en esa isla arenosa, frotaba con mucho cuidado las piernas
con Nivea 12 para proteger su piel de los rayos solares, luego
continuó con los brazos, el vientre, el contorno de los senos.
Ulises, que descansaba con el sombrero puesto sobre la cara, le ayudó
a pasar la loción en la espalda. Los senos blancos de Penélope
desaparecían tras las olas espumosas del café. De pronto,
una cuadrilla de tortugas inició su marcha siguiendo la pista tejida
con los largos cabellos de Penélope. La marcha era lenta, demasiado
morosa. Penélope sacudió su larga cabellera y las tortugas,
una a una, cayeron y se hundieron en el café. El gran poeta Homero
escribía los primeros versos de su próximo best-seller
en las piernas de Penélope con un bolígrafo Stabilo
que le había regalado Joschka Fischer, eco-pacifista ministro de
relaciones exteriores de Alemania, aquella oportunidad en que llegó
a la isla para realizar unas eco-vacaciones-visitas protocolares e informarse
si era necesario recomendar el envío de las tropas de guerrepacificación
de la ONU y sacar, a las buenas o a las malas porque ya no había
otra salida, esa peliaguda espina clavada entre tirios y troyanos. La
editorial Niemand le había hecho un adelanto de cinco mil
dólares norteamericanos y el poeta era voceado como el próximo
ganador del Premio de la Paz que otorgan los libreros durante la Feria
Mundial del Libro de Francfort, por su activa participación en
lograr el armisticio entre los ejércitos invasores e invadidos.
Telémaco, cansado de estar sentado en una de las orillas de la
taza, sacó los pies y saltó sobre la mesa, pero, debido
a un mal cálculo, pisó una esquina del platillo y tiró
la taza. La corriente de café lo arrastró y, aunque se aferró
al mantel que cubría la mesa, resbaló y cayó al piso.
El golpe lo dejó atolondrado. Penélope y Ulises chapoteaban
contra la corriente y lograron cogerse de una esquina de la mesa. El poeta
Homero les alcanzó su bolígrafo Stabilo y evitó
que cayeran al piso. Ulises, repuesto del susto, templó su arco
y corrió por toda la superficie de la mesa en busca del boicoteador,
del hijo de la jijuna que volteó la taza de café donde se
soleaban tranquilamente. Telémaco, recuperado del costalazo, sacó
de la nevera un par de botellas de cerveza Kölsch y les invitó
a sus padres. Ulises dijo que prefería una Pilsen. El poeta
Homero, ofendido, pidió vodka Gorbachov o por lo menos un
Cuba Libre. Telémaco le ofreció un güisqui porque dijo
que no tenía porquerías comunistas, a lo que el poeta protestó
diciéndole que se deje de mariconadas y que le sirva, en todo caso,
un Mojito...
Al
fin, hace varias lunas que estuve intentando mandarte un fax cuando me
enteré que habías secuestrado a la hermosa Helena. ¿Qué
pasa con tu fax? Si tienes una dirección electrónica, mándamela
a la siguiente dirección: corintios@hola.com. ¿Sabías,
Paris, que hay un lugar que se llama Villa Agrippina donde se habla alemán
y también hay otro lugar llamado París y en donde se habla
francés? Seguramente no, porque estás entretenido entre
las primorosas piernas de Helena, la bella mujer de Menelao. Te imagino
en tu tienda de campaña bebiendo vino de los cimbreantes senos
de Helena. Porque en ellos dicen que no hay leche sino delicioso vino
con el que solía embriagar a su adorado Menelao. Seguramente, tus
manos de tosco soldado no se cansarán de moldear la curva de sus
nalgas embrujadoras; tus dedos, ¿qué harán tus dedos?
Tu boca, ¿en qué oscuro recoveco hallará el sabor
de la locura? Helena ante tus ojos, coqueta, morbosa, gozosa, ardiente,
sin freno, lasciva, una marranita a quien dicen que le gusta que la jodan
por el culo. Las noticias de primera plana en los periódicos informan
que Menelao está reuniendo a su ejército para liberar a
su amada. La guerra de los mundos, de las civilizaciones, de las culturas,
titulan sus pasquines. Tú, Paris, te has convertido en la comidilla
de la prensa amarilla. ¿Es verdad eso de que gallina vieja da buen
caldo o que violín viejo suena bien? Ves, Paris, hace unos días
eras un oscuro soldado, hoy toda una revelación, un general que
ha tenido el acierto de obligar a luchar a un enemigo que jugaba entre
la chicha y la limonada. Te cuento, Paris, en este lugar que se llama
Villa Agrippina he conocido a una rubiecita, tan mona, tan ella, a quien
no me cansaré de amarla porque dicen que el mejor método
para aprender el alemán es el audio-sexual. Me corro sólo
al escucharla decir: ich liebe dich y mehr, mehr liebling... Te
cuento, Paris, estoy aprendiendo el inolvidable y mítico lenguaje
del amor, de la carne. Mi alma se la encomiendo a las manos de tirios
y troyanos que mi cuerpo se lo entrego a mi bella germanita. Telémaco
aún recuerda la primera vez que se masturbó. Fue en el Hotel
Holiday Inn de Itaca y lo hizo recordando a Raquel Welch que la vio
cabalgando desnuda sobre un potro salvaje en una película que habían
proyectado en una de las salas del cine Oráculo. Después,
feliz, satisfecho, en el balcón del hotel cantó:
Ven, vamos a comernos a mi abuela,
Yo me como el pecho y tu una pierna.
Oh, que celestial aroma,
que sabor tan fino el de mi abuela.
Uno de estos días se nos acaba todo,
gran problema, ¿a quién devoraremos?
Entonces ponemos una trampa:
¡Primero cae en la trampa el abuelo!
¡Después cae en la trampa Homero!
La catedral de Villa Agrippina le recordó a Telémaco
al gigantesco caballo de Troya. Ulises, con el arco al hombro, se acercó
con curiosidad al bullicio de la estación del ferrocarril. Mientras
tanto Penélope compraba un par de postales con vistas del Rhenus
y sus puentes de acero, de las calles viejas de la ciudad, de la catedral,
del ayuntamiento, del relicario de Los tres Reyes Magos donde dicen se
encuentran los restos de los tres Reyes Magos, Ulises le propuso, tomándole
de la mano, irse a pasear por las orillas del Rhenus aprovechando el calorcito
incipiente del estío germano. Penélope, romántica
imperdonable, se colgó de la cintura del bravo guerrero y se echaron
a caminar por un delgado sendero que desembocaba en una amplia alameda
bañada por la corriente del río.
Homero y Telémaco, por su lado, entraron en un bar. El poeta pidió
una botella de vino y el joven una cerveza Kölsch. Después
salieron con la idea de conocer el ayuntamiento gótico y los baños
romanos. En un banco, cerca al Museo romano-germánico, se encontraron
con un hombre que hacía anotaciones en un cuaderno. ¡Momento!,
dijo Homero, ¿ese hombre que está ahí sentado no
es Heinrich Böll? Telémaco miró en dirección
del hombre señalado y contestó: ¡Claro!, es el autor
de El pan de los años mozos. Homero sacó de su bolso
el libro Mujeres a orillas del no y se acercó al banco.
Maestro, dijo, con todo el respeto que usted se merece, quisiera que estampe
su firma en este libro suyo. Heinrich Böll abrió el libro,
una edición a todo lujo, y preguntó por el nombre de su
admirador. Póngale: A Homero. Tiene usted un nombre poético.
Bueno, le contestó Homero, el nombre se lo debo a una de mis amantes.
Ella escribió dos libros, que desde su punto de vista eran muy
malos, pues era muy crítica frente a sus textos. En un arranque
de bondad me entregó los manuscritos de La Iliada y La Odisea
y me dijo que los podía publicar bajo el nombre de Homero, que
fue el nombre de su padre.
A sus pies, dijo Heinrich Böll emocionado y reconociendo en el hombrecito
enjuto y de túnica ocre al gran poeta griego, para usted no soy
más que un simple orfebre de las letras, que a las justas maneja
unas cuantas reglas de sintaxis, algunos vagos conocimientos de ortografía
y antes de que publicaran mis primeros libros me alimenté de hierbas.
Ahora justamente estaba haciendo las cuentas para saber cuánto
de dinero voy a recibir por mi último libro Retrato de grupo
con señora. Después de medio año se han publicado
algunas críticas positivas, se han vendido trece ejemplares por
lo que tengo un saldo favorable de cinco euros con cuarenta y seis céntimos.
Recibí un adelanto de ochocientos euros, o sea, si las ventas continúan
así voy a necesitar ciento cincuenta años para cancelar
el adelanto. No se lamente tanto, le reconforta Homero, yo estoy peor
que usted, yo no he recibido hasta la fecha ni un euro por mis libros.
He leído en revistas y periódicos, incluso en la televisión
transmitieron un informe, sobre las enormes ganancias de los editores,
la incontable cantidad de reimpresiones y traducciones a todos los idiomas
del mundo, sin contar con todas las impresiones piratas y las filmaciones
en base a mis libros, pero a mi no me han llegado ni las gracias de los
afortunados. Ahora estoy en Villa Agrippina gracias a la gentil invitación
de Ulises y su bella y fiel esposa, Penélope. Maestro, este encuentro
lo tenemos que celebrar, dijo Heinrich Böll, esta noche le invito
a compartir unos vinos en el Billar a las nueve y media.
Homero estaba sentado a la barra del bar cuando entró Heinrich
Böll, puntual como todo buen alemán, a las nueve y media.
Brindaron con vino en nombre de los dioses del Olimpo y las musas de la
Casa sin amo. Horas después Homero tenía en sus faldas
a una linda joven que decía llamarse Claudia Ara Agrippinensis.
Heinrich Böll sacó una carta en la que Hans Werner Richter
lo invitaba a participar en un seminario organizado por el Grupo 47. El
tres de mayo los dos escritores se embarcaron en un tren que los llevó
hasta Bad Dürkheim, ciudad donde se realizaba el encuentro del Grupo
47. Homero fue acompañado por Claudia Ara Agrippinensis. Los escritores
reunidos no esperaban la presencia del aclamado poeta griego y en un improvisado
recibimiento, rindieron pleitesía a la obra y a la persona del
insigne escritor griego.
Al término de la reunión Heinrich Böll recibió
la suma de mil euros como premio del grupo por su historia Die schwarzen
Schafe.
Con los años la amistad de los escritores se fue profundizando.
Cuando a Heinrich Böll se le otorgó el Premio Nobel de Literatura
viajó a Grecia para celebrarlo con su amigo y maestro. Lamentablemente
la fiesta celebratoria fue nublada por la muerte repentina de Argos, el
perro de Ulises. Homero se encontraba sumido en una profunda depresión.
Ulises borracho de pena. Penélope llorando como una Magdalena.
Entonces Heinnch Böll continuó viaje a Israel y un par de
meses más tarde Retrato de grupo con señora se convirtió
en el libro del mes en Estados Unidos de Norteamérica.
A la muerte del escritor alemán, Homero estaba ya muy viejo, casi
ciego, además un cáncer de -próstata en estadio muy
avanzado y una infección de la prótesis de cadera lo tenía
inmovilizado en la cama, por lo que en su representación mandó
a Telémaco con un discurso épico en homenaje al Premio Nobel
de Literatura que por su compromiso al lado de las causas pacifistas se
le achacaba actividades terroristas en Alemania.
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