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Edición Nº 1713 |
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Por GONZALO MALAGA
Cerca de ocho meses después tuve que detenerme en Miami de regreso
al país y, a la par que aprovechaba esos días para comprar
algunos accesorios para mi computadora, terminé siendo guiado por
la sobrina de un amigo por La Pequeña Habana y allí, mientras
contemplaba una partida de dominó, ocurrió el que creo fue
mi segundo encuentro con el tema. Carla, mi guía, reconoció
a una amiga suya que salía de una pequeña cafetería
y, mientras ellas conversaban, me adentré en la observación
de la partida de dominó que acababan de iniciar un par de jubilados
en una de las mesas de un café vecino. No sería el único
que haría aquello porque al poco rato se nos fue acercando un sujeto
vestido en shorts y camisa; sostenía un libro en las manos y me
llamó la atención por la manera particular de caminar que
llevaba: avanzaba levemente encorvado, flexionando un poco más
de lo usual las rodillas, arrastrando ligeramente cada paso; era algo
extraño, porque por un lado dejaba adivinar un estado de abstracción
fuerte, un ir pensando algo casi ya en la esfera de los detalles, pero
también delataba cierto distraimiento que se hacía patente
en la forma en que su rostro se iluminaba cada cierto trecho mientras
por breves instantes giraba la cara como una antena de radar cada vez
que encontraba a una mujer atractiva, entonces el hombre se acomodaba
las gafas y sin hacer distingo de edades la acompañaba visualmente
en su trayectoria por la vereda. Una vez llegado a la altura de la mesa
se detuvo, le dio una mirada a la manera despreocupada de un maestro de
ajedrez en una serie de simultáneas, se le iluminó nuevamente
la cara y dijo una sola palabra: -¡Fibonacci! Me sorprendió
la expresión y volví a ver las cinco fichas negras que en
la mesa discurrían en una fila ya dos veces quebrada y en efecto,
había una secuencia clara: cero-cero, cero-uno, uno-uno, uno-dos,
dos-tres... antes de que alguien hiciera o dijera algo expresé
en voz alta lo que pensaba:
-"Tres-cinco; aunque faltaría otro cero-uno como tercer término, la ficha que no existe"1. Percibí entonces la desaceleración de las emociones del sujeto aquel, su total y momentáneo congelamiento, luego se llevó la mano a la nariz, presionó las fosas nasales entre el índice y el pulgar, bajó la mano hasta el mentón, pronunció de una manera enfática aquella única y segunda palabra: "¡mulfukero!", y se marchó con la misma particular manera de caminar con que había venido. Los jubilados se miraron a las caras y siguieron jugando. Al tercer día regresé a Lima y volví a encerrarme en la rutina del trabajo, hasta que me ocurrieron dos cosas: primero, el asunto de las fotos del que trataré más adelante y segundo, un par de semanas más tarde, la sorpresa de encontrar un paquete dirigido a mí, con una nota simple que decía: "queda en tus manos, cuídalo". Esas dos semanas posteriores a mi regreso a Lima fueron como el principio de un juego; que de mi lado consistía en no acercarme demasiado. Me llegaban mensajes a la computadora que no sabía de dónde exactamente venían; podía, claro está, averiguar el país de procedencia pero eso no me serviría de mucho. Empezaron a llegarme también las fotografías. Fotografías que me hacían notar que era seguido por cámaras situadas en lugares invisibles para mí; a veces eran tomas realizadas a menos de metro y medio de distancia y otras veces imágenes aparentemente captadas desde mucha altura; series de fotos que empezaban al final de mi paso por Miami. Recibí lo mismo mensajes de saludo por mi cumpleaños y otros que me hacían recordar que era el día en que se cumplían exactamente veintiuno o cincuenta y cinco días de mi primera salida con alguna mujer entonces importante en mi vida. Todo era parte de algo que ahora veo como una metáfora. La metáfora de caer al agua y sentir que te vas hundiendo hasta que la fuerza de empuje del líquido frena la velocidad a la que venías y empiezas a ascender casi sin proponértelo hasta la superficie: es claro que en el entretanto puedes dirigir tu trayectoria, pero ésta es en todo caso una dirección no completamente sujeta a tu voluntad; finalmente apareces en algún lugar; el dónde no te importa tanto como el conseguir el aire vivificador que por fin te calma y ya sólo entonces empiezas a pensar en otras cosas. Ahora es cuando yo empiezo a pensar en esas otras cosas. Sé de amigos míos que han hecho lo imposible por llamar la atención de la sociedad de los mf; escribiendo páginas enteras en foros de internet, comentando libros inexistentes; tratando de dominar el esperanto porque como muchos, esos amigos míos creen que desde finales del siglo diecinueve los mf (mulfukeroj) usan esa lengua entre ellos, algo que les permite apreciar mejor la poesía y la natural belleza de la literatura escrita en otros idiomas. Ahora que tengo tiempo para recordar y pensar, veo que tal vez esto empezó para mí creyendo jugar a seguirle la cuerda a las desvariadas teorías de Lenz, divulgando la historia entre algunos amigos cercanos. Alguien entre ellos creyó haber leído de la sociedad años antes; otro más dijo que era posible; alguien quizá la pensó necesaria o deseable. Luego de seis meses ya se hablaba de menciones veladas al grupo iniciático en sagas, de listados de nombres y hazañas dejados en runas, en piedras recién descubiertas de su capa de hielo en Groenlandia o la Antártida; se decía que en la reconstrucción de algunos templos mayas los arqueólogos habían desordenado a propósito el orden de algunas inscripciones de modo que se perdiera el rastro del grupo. Yo no creo en eso. Por otra parte, hace dos años me llegó una nota informativa que pretendía desnudar lo que denominaba "la conjura continuada de los mf", sindicándolos como especuladores de obras de arte de todo tipo; gente que desde hace siglos estaría coleccionando obras de artistas virtuosos aún no descubiertos o de otros ya famosos; pagándolas a unos por anticipado o recibiéndolas de otros como derecho de ingreso a la sociedad; obras por encargo que mantendrían en secreto hasta por varias generaciones, intercambiándolas entre ellos para su disfrute, para después de mucho tiempo "casualmente descubrirlas" y mostrarlas como hallazgos sorprendentes que una vez subastados servirían para acrecentar los fondos de la sociedad y continuar así con una sucesión de ciclos inacabables. Sé que de mi parte podría decir sólo una de tantas verdades, una que quizá no sea nueva para muchos: Los dos primeros mf fueron un músico y un matemático. Hay quienes quieren saber cuántos mf han existido hasta este momento y creen que eso es imposible; yo sé que averiguar eso no sería un problema, la dificultad del asunto está en solamente saber la fecha del convenio de los dos primeros miembros de la hermandad y luego, para cada generación, aplicar la solución al problema de la multiplicación de los conejos2 según el universo de Fibonacci. Sí; mf, metáfora de los conejos; por ello no faltan los que creen que la sociedad surgió en lo que fue Hispania, la "Costa de los conejos" y que desde allí iniciaron los movimientos expansivos en espiral que al tocar Italia darían fuerza al Renacimiento; momento para el cual ya habían alcanzado una masa crítica capaz de resistir los enormes cambios que en lo político traería para ese mundo el descubrimiento de América. En ese momento la de los mf era ya una sociedad fuerte y distinta de las que modelaban la Europa de esos años: aconfesional en sí misma, multiconfesional en sus integrantes, unida por la búsqueda del disfrute y promoción de la belleza y la armonía en las artes, las matemáticas y la filosofía; todo eso permitió su subsistencia y aún la aceleración de su expansión geográfica. No sé si habrá utilidad en que diga esto; tampoco sé si en el caso de decirlo alguien llegaría a creerme. Lo que antes me preocupaba, el si existían o no los mf antes de que yo divulgara eso mitad historia, mitad juego entre ese grupo de amigos míos ya no me es importante. Ahora sé que están afuera y que me esperan. Esperan que les devuelva el paquete con el manuscrito que me dieron a guardar. He acariciado las hojas de la novela de Borges en mis manos, he releído por largas horas la caligrafía del joven poeta de Fervor de Buenos Aires y sé que he pasado la prueba, porque hoy he recibido las partituras de un segundo y desconocido concierto para violín de P. I. Tchaikovski y dos cuadros, uno de Klimt y otro de Mondrian; podré pasar años disfrutando de ellos, tal vez toda mi vida. Hasta que llegado el momento los entregue a otro mf o decidamos que ya nos es conveniente exhibirlos al mundo. Nosotros, Marchantes de Fibonacci. _________ 2 Este Problema, también llamado Sucesión de los Conejos, fue planteado y estudiado por Leonardo Fibonacci en 1201 y trata del número de conejos que habría al cabo de determinado tiempo, si se reprodujeran en condiciones ideales.
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