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Edición Nº 1713 |
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El Toledo que hizo USA
Escribe FERNANDO VIVAS ALEJANDRO Toledo es un producto peruano-norteamericano, que nadie lo dude. Una década entera (1965-75, entre los 16 y los 26), y varias temporadas posteriores, la pasó en EE.UU., financiado por su sistema académico luego de recibir la ayuda de Joel y Nancy Meister, miembros del Peace Corps que lo conocieron en Chimbote. La media beca de la Universidad de San Francisco lo obligó a trabajar y a jugar fútbol en el equipo de casa, pero era una concesión excepcional, de las que ya casi no se dan, para alumnos del tercer mundo que llegan sin hablar inglés. El ciclo gringo de Toledo fue el que abarca el fin de la adolescencia y los compromisos de la adultez, los años maravillosos en los que el estudiante adopta posturas frente al mundo, absorbe modas como una esponja y escupe con frescura lo que no le conviene. Si José Carlos Mariátegui decía de su viaje a Europa que allí "desposó una mujer y algunas ideas", a Toledo le faltarían dedos de la mano para contar lo que trajo del Norte: esposa, títulos académicos, dominio del inglés, todo lo que sabe de teoría económica, secretos de tecnócrata, disciplina profesional, contactos internacionales, experiencia de lobby, bits para triunfar y un largo etcétera. Todo lo que hizo a su retorno a Sudámerica, primero a Argentina y desde los 80 al Perú, fue adaptar ese aprendizaje a la praxis latina. Toledo nunca fue un aculturado en el sentido agónico del que habla Arguedas, escritor de cabecera de Eliane Karp. Nuestro Presidente es un feliz asimilado de ida y vuelta. El sueño de ida fue su crossover, parecido al de millones de
migrantes legales o ilegales, que se parten el lomo para triunfar en la
meca occidental. Ondular por las calles de San Francisco con una rubia
al lado, camino de Stanford en Sillicon Valley, el laboratorio de recetas
científicas para el progreso, era ya largo trecho andado para el
escolar pobre de Chimbote.
El sueño de vuelta debe haber sido meditado en la paz de los campus californianos. Técnicamente, el becario tenía que dejar los EE.UU. al cabo de unos años, como suelen mandar las becas; pero había otra razón práctica para volver: en el Norte esperaba una durísima competencia pero en América Latina no había límites para un economista ambicioso que además de sacar pecho con su cartón de PhD, podía impresionar a cualquier auditorio con su espectacular historia de éxito. Toledo ideó, incluso, una propuesta que la prensa llamó el Plan Toledo y a la que el ministro belaundista Carlos Rodríguez Pastor hizo poco caso. Durante el alanato, dictó en ESAN y rondó la periferia del ejecutivo, sin terminar de insertarse en él, aunque estuvo en el directorio del SURMEBAN. El proyecto de estatizar la banca asustó al tecnócrata pragmático aunque no lo aventó hacia las filas fredemistas. Una nueva intentona por colaborar fue madurada en un campus gringo de mayor pedigree aún que el de Stanford. Visitante del Harvard Institute for International Development, Toledo perfiló una propuesta liberal con acento social de largo plazo para nada reñida con las corrientes de moda en el país que lo formó: repriorización del gasto público para invertir en recursos humanos (salud y sobre todo educación, que era su especialidad), privatizaciones sin complejos, inserción plena en la economía mundial. AT se colocaba entre la tercera vía y el anhelo de la taiwanización, pidiendo cumplir con la deuda y sin perder la confianza en los organismos financieros en los que hizo sus pinitos laborales. El fujimorato ya tenía sus cuadros completos y en su furia liberal
no cabían otras propuestas. Toledo decidió hacer su proyecto
político a partir de ellas y contando con el filo narrativo de
su biografía con doble crossover. Tarea difícil porque la
transculturalidad, cuando se hace visible en las maneras y el lenguaje,
provoca la mofa del electorado popular; por el contrario, cuando se insiste
en el retorno a lo nativo, se sufre la marginación de los medios
conservadores.
Tras su primera derrota, Toledo tuvo que convencer a su auditorio a considerar lo híbrido como una síntesis de su educación de dos mundos. Le tomó un lustro. En el 95, había insistido mucho en su lado importado y la política criolla lo devoró ligándolo al escándalo CLAE; en el 2000, pudo hacer campaña política con más firmeza, en parte porque fue su recuperada esposa Eliane Karp quien encarnó la hibridez cultural: como judía belga recordaba el lado extranjero de Toledo, como fanática de la mitología inca y las modas novoandinas, cumplía con la cuota indigenista que pedía el toledismo para ser completo. En el medio, un candidato como cualquier otro, pero con background gringo y una capa telúrica más abajo, la energía de la Pachamama apenas venerada en la toma de mando simbólica en Machu Picchu. Toledo ya no necesita reclamarse andino y no le conviene revelarse gringo. Para decirlo con simbolismos, Bush y su lucha contra Bin Laden están mucho más cerca de la emoción presidencial que la gesta de Túpac Amaru contra los españoles. Por ejemplo, la épica de la Zona 0 y las torres derribadas del World Trade Center es un referente tan sentimental para Toledo que lo ha llevado a minutos de contemplación in situ, un pedido de cita sin razón aparente con el ex alcalde Giuliani y un homenaje a los bomberos que apagaron Mesa Redonda con resabios del desastre neoyorquino. Como narraría algún reportero de TV: "el humilde muchacho de Cabana, nunca imaginó que, en su condición de Presidente del Perú, recibiría al mandatario de la primera potencia del mundo, en la que se forjó su destino". Por supuesto que lo imaginó, pero en su sueño faltaron detalles como los índices de desaprobación, la moción contra Cuba o la presunta base militar, que pondrán el toque de sabor nacional a la visita.
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