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Edición Nº 1713 |
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Por JAIME BEDOYA
EL vocero presidencial Carlos Urrutia acaba de proferir la sentencia más peligrosa de la política peruana contemporánea: -Dejemos a Toledo ser Toledo. Justamente el permitir tal temeridad ha enredado al aludido en una maraña de contradicciones, dudas y repetición en el error que han ido posicionando a su investidura, la presidencia, en el umbral de un callejón sin salida. Más del 60 % de la población lo desaprueba por una constante de razones que el imaginario popular -gracias al denodado esfuerzo diario del susodicho- ya ha hecho consustancial a la personalidad del personaje: promete y no cumple1. Estas justificaciones que se repiten en cada encuesta perfilan finalmente una sensación subjetiva y seguramente injusta pero real: cada vez a más gente Toledo le cae mal. Es hora, o ha llegado el momento para ser más pertinentes, de que Toledo deje de ser Toledo y se convierta en el Presidente de la República. Su reeducación política debió haber empezado al día siguiente de haber ganado las elecciones pero, en fin, ese día era comprensible la celebración y hasta el respectivo exceso en el restaurante Rafael, suceso que dio origen al mito de la debilidad presidencial por la exquisita combinación de maltas escocesas que configuran el Etiqueta Azul. El 28 de julio, día de la toma de mando, era tolerable también la fiesta y parafernalia pachacuteriana en Machu Picchu. Después vino el culto a La Huaca -el restaurante de San Isidro, no algún templo inca-, la redecoración de Palacio de Gobierno, el sueldo de Coqui, el paseo a la China, la bohemia y ubicua compañía de Adam Pollack, otra vez La Huaca, el fin de año descansando (?) en Punta Sal, y una serie de necedades divorciadas de la sensibilidad popular post fujimori que completaban la impresión que este señor creía haberse ganado una lotería y no la presidencia. La pedagogía intensiva que debería suponer el cargo acabó pasando por él sin dejar más huella visible que una debilidad extrema por la pompa, la voz engolada y la consabida hinchazón que deja la buena vida libre de culpa y costo. Abusivo sería responsabilizar de esto sólo a Toledo. Hay fujimorismo, que mira, empuja, y aplaude esto. Hay otros que han administrado las carencias políticas del Presidente en beneficio propio. Todo junto ha producido un desorden sistematizado, la sensación de desgobierno que ahora le hace guiños resucitadores al autoritarismo y que provoca esa chifladura excitada que demostró Fujimori en su último video desde Japón2. Difícil ha de ser llegar a las alturas del poderoso, aire enrarecido donde el más fácil idioma suele ser el del halago, pero, descendiendo por algunos minutos a la mortalidad, ¿a ninguno de los amigotes que orbitan alrededor de él, a ninguno de sus diez consejeros presidenciales, se les ocurrió hablarle en serio? ¿Que dejara de hablar como estreñido? ¿Que abandonase la juerga? ¿Que la tregua que reclamaba al país, él se la debía primero a su hígado y a su capacidad de trabajo? Parece que no. Entonces la culpa se le achacó a la prensa. Se llegó a la miope conclusión de que el problema estribaba en una "supuesta mal concebida estrategia de comunicación", y viendo la luz se solicitaron los servicios de dos chilenos expertos en comunicaciones. Alguno de los siguientes items debieran ser considerado fruto estelar de esta revolución comunicacional mapochina: a) la seudo oferta de salida al mar para Bolivia, b) el pedido a los EE.UU. para que se lleve a Montesinos. c) el manejo del tema del cholocóptero. ¡Qué tranquilidad cuando las cosas quedan en manos de profesionales de un país amigo! No es sólo el racismo. No es sólo Montesinos. Ni es la prensa fujimorista que lo odia3. Los tres existen, pero hay un responsable mayor de la impopularidad presidencial: el propio Toledo y su actitud de becario frente al cargo. Es un comportamiento que empezó el día que no le dio la gana de bajarse el sueldo y que se ha mantenido hasta hace poco que no le daba la gana de dejar de comprarse un helicóptero vip4. Posiblemente sean minucias al lado de los cientos de millones que se alzó el régimen anterior, pero son gestos básicos de coherencia y austeridad significativos: a Toledo se le eligió, justamente, porque se le consideraba moralmente opuesto a Fujimori. Eso tiene que demostrarlo hasta en lo que come. Y toma. El whisky que supuestamente tanto le gusta al presidente tiene un gusto almendrado con aromas de vainilla y especias que deja en el paladar una galaxia de sabores profundos. Estas cualidades lo hacen el scotch más fino del mundo. Lo que hoy es signo de exclusividad extrema5 nació gracias a la humildad de Alexander Walker, quinceañero de Kilmarnock, Escocia, que quedó a cargo de la bodega familiar al morir su padre. Ante el reto se puso a destilar whisky tal como su padre John le había enseñado. En una palabra, aprendió. Eso fue en el siglo diecinueve. Ahora, en el siglo XXI, Toledo está cayendo mal porque no aprende. O no quiere aprender. Ni siquiera de sus propios errores. Que en la práctica vienen a ser como un Harvard portátil de todo lo que no debe hacerse en política. Especialmente si uno es terco, rebelde y novato. __________ 2 En la última encuesta de Apoyo, un 36 % respondió que Fujimori SI tenía un futuro político en el Perú. 3 Alvaro Maguiña, Chibolín, Matías Brivio, tremendos paladines de la Libertad de Prensa y verdaderos adelantados de la temporada circense julio 2002. 4 Ahora continúa queriendo facilitarle los canales de tv a sus amigos. 5 En Wong, $ 180 la botella.
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