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Edición Nº 1716 |
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Bienal de Cuevas
Escribe JOSEFINA BARRON "Yo soy mi mejor dibujo", ha dicho José Luis Cuevas, y una vez más su presencia es imagen y estigma sobre la piel de un papel anónimo. El papel, entonces, es el escenario del teatro de la vida; el horror, la sordidez, la hembra y la carne ya no pasan frente a su ventana. Quizás el papel es la ventana, y el niño Cuevas sigue describiendo eso que vieron sus ojos demasiado pronto. Papel de Manila, papel de envolver, papel de China o alemán, superficies sobre la cual este polémico artista se torna veleidoso, casquivano, amante, terrible. En los altos de la fábrica de lápices y papel El Lápiz del Águila en el Callejón del Triunfo, en pleno centro de Ciudad de México, entre resmas y virutas, nace un niño güerito, nieto de don Adalberto, el administrador. Su niñez fue poca, pues descubre la ventana y se le da por asomarse a ella: la muerte venía a posar para él. La primera vez en el cuerpo de un indigente que se postraba en medio de la calle para curar una herida horrenda; brotaba pus y dolor del harapo, y Cuevas quiso mirar más. A pocos metros había un comedero para gentes miserables; el inválido a cuestas del jorobado, la prostituta vieja y desdentada, el loco sufriendo su sífilis o simplemente el que nada tenía, iban por un plato de bazofia. Cuevas iba por ellos. "Cuando escribas sobre mí deberías detenerte en 1944, porque para esa fecha ya me había sucedido de todo" le sugiere Cuevas a José Miguel Ullán, poeta y comisario de la retrospectiva de dibujo que se realizara sobre él en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía en 1998. En 1944 Cuevas tenía diez. Diego Rivera había visitado la fábrica con motivo de una huelga de obreros que se estaba organizando y cuando Cuevas escucha su nombre corre escaleras abajo para encontrárselo. Le contó que quería ser artista como él; Rivera hurga en su overol, saca un lápiz y se lo obsequia mientras le dice "cuando sepas dibujar, úsalo". Pero Rivera no sabía que Cuevas dibujaba desde que lo sentaban en la bacinica; tampoco intuía lo peor: que ese escuincle sería su más feroz opositor. Pronto Cuevas se convierte en una de las figuras más notorias
de la Generación de Ruptura, un grupo de jóvenes artistas
que declaran su firme desacuerdo con la Escuela Mexicana de Pintura, particularmente
con el muralismo, por servir a intereses que poco tenían que ver
con el arte, y exacerbar eso que Cuevas detestó desde el principio:
el nacionalismo mexicano. Él mismo, por ser rubito, fue disfrazado
de Tío Sam en un desfile de su colegio. Debía extraer papelones
verdes de su sombrero de copa y lanzarlos a los indiecitos que, a cambio,
entregaban su trigo y dignidad.
Aún así, el niño Cuevas intentaba aprender de los maestros, pero descubría que los cuerpos de Rivera eran empalagosos, que los de Siqueiros no tenían médula, que el arte no tenía nada que ver con nopales, huaraches, tortillas y rebozos. Sólo fue la obra de José Clemente Orozco la que lo estimulaba a seguir sin manierismos o torpeza. Hasta que el hombre, que seguía niño, definía la anatomía de sus propias criaturas. Ya había estado acudiendo como alumno irregular a la Escuela de Pintura y Escultura La Esmeralda pero tuvo que abandonar varios proyectos para vérselas, ya no desde la ventana sino dentro de la propia entraña, con la muerte. AUTORRETRATO CON MODELO A los diez años, Cuevas luchaba contra una fiebre reumática que lo mantuvo en cama por dos años: "Nunca he hecho el amor sin camisa. Siento miedo a los resfriados, a las corrientes de aire" dice, y si uno se detiene a mirar cualquiera de sus característicos autorretratos con modelo, verá un amante siempre encamisado y atento al soplo helado de la muerte. Aún así se jacta de haber tenido relaciones sexuales con más de seiscientas mujeres (sin contar prostitutas, dice). Pero "el hombre ama el peligro y el juego. Y a la mujer, que es el juguete más peligroso" señala Nietzsche, y es un absoluto misterio esto de poseer seiscientas mujeres y que ni una haya exigido más de una cosa a cambio (o hecho berrinche). Es más, Cuevas dice que las ha preferido siempre casadas y si son madres, mejor. Yo me pregunto: ¿cómo no se ha metido el gato en algún lío de tejados? ¿y los otros gatos? ¿y cómo, para haber mantenido a su lado a su esposa Bertha, hasta que la muerte los separó hace un par de años? En fin, su diario amar es exorcismo. Su dibujo, grabado, escultura y palabra, corazas, pues la muerte es un monstruo al acecho, y el tiempo, la guarida. El seguiría asomado a la ventana: "Mi obra es una larga meditación sobre la muerte", dice, y agrego que sobre la muerte cuando verduga, cuando víctima, cuando es doblemente dolorosa porque no lleva de prisa. En su línea, vibrante, caótica e inconfundible, se nos muestra la angustia, la soledad, la miseria urbana y la hecatombe moral. Pero también se nos hace partícipes del goce de los sentidos, del amor furtivo, que por serlo a veces se retuerce. El dibujante es relator y el papel, soporte y documento en el que se registra el momento vivido. Y ha vivido cada día como el último, y se ha hecho fotografiar cada mañana desde 1955, sin afeites ni eufemismos, pero cuando murió Bertha dejó de hacerlo y yo me pregunto si acaso esa mujer sí lo sedujo más que una hoja de papel.
REIVINDICACION es una palabra que debiera ser ajena a los artistas. Genios,
maestros, poetas, no merecen una defensa frente al tiempo, sus obras lo
son. Cuando eso sucede, sólo basta culpar a los hombres. J. G.
Rose es uno de esos casos. Por eso, como despercudiéndose de la
pátina de olvido que el sistema literario peruano oficial le había
trazado como destino, la reedición de Las Nuevas Comarcas (FCE,
2002) es también un recordaris de este enojoso rincón
en que se le había confinado. Y la marca de vergüenza para
profesores y poetas que no entendieron a la sensibilidad más delicada
y la palabra más urgente de la generación del 50. En cuidada
edición prologada por Mario Vargas Llosa e ilustrada por Fernando
De Szyszlo, los versos de Rose transcurren imperturbables. Inacabados.
(JP)
"Recuerda, cuerpo..." Como parte de la III Bienal Iberoamericana de Arte, la Galería Lucía de la Puente presenta la obra de Cecilia Paredes, quien explora y trasgrede diferentes disciplinas para tomar lo necesario y expresar ese cuestionamiento de la identidad humana, sus vivencias y su origen. Así, luego de haber disectado, instalado, recogido y catalogado, ahora utiliza la fotografía para registrar la obra que realiza en su propio cuerpo. Desde el 16 de abril en Grau 810, Barranco..
Mejorando la Raza
AUNQUE muchos lo niegan y otros lo ocultan, la educación y el roce social definen un cierto racismo solapa que en nuestra sociedad suele fluir con estentórea naturalidad en situaciones límite: la luz roja en el centro de Lima, un foul artero en una cancha de fútbol o una riña de borrachos. Pero aquello que observamos en la vida cotidiana tiene su correlato a nivel macro en situaciones y actitudes políticas y culturales que los medios de comunicación se encargan de propalar. En ese marco se inscribe la exposición "¡Qué tal raza!" de Claudia Coca. Allí, podremos ver en 7 pinturas y 3 obras digitales su particular lectura del fenómeno social: en "Raza bella" (mirar al lado) recrea a 3 típicas cantantes de tecnocumbia que se han visto "obligadas" a teñirse el pelo, colocarse lentes de contacto azules, verdes, morados, etc. En "Pelaje" se difuminan los rostros de Martha Chávez, Laura Bozzo, la agente Zanatta, Leonor La Rosa y Mariela Barreto, como actualizar el hecho que según la tercera, el SIN determinaba la misión de sus miembros según el pelaje o color de cabello y por extensión la piel. Estas y otras obras son las que hablan de momentos y situaciones pero también de la sociedad en que vivimos.
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