|
Edición Nº 1717 |
|
|||||||||||||||||||||||||||||||||||||
|
|
||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
|
|
Caracas En Directo
Diez días después del paro que aparentaba ser sólo un acto más de protesta contra el régimen de Hugo Chávez, Venezuela aún restaña sus heridas políticas y sociales, reconstruye sus lugares saqueados y llora a sus cerca de 50 muertos, víctimas de francotiradores de los dos lados. Este lunes, The New York Times indicaba que, según funcionarios de la administración estadounidense, miembros de éste "se entrevistaron en meses recientes con líderes de una coalición que derrocó al presidente de Venezuela, Hugo Chávez, y concordaron con ellos en que él debía ser echado del cargo". Decisiva en la vuelta a la institucionalidad fue la decisión del Grupo de Río, reunido en San José de Costa Rica, de condenar el golpe de Estado. Ramiro Escobar, colaborador de CARETAS, fue testigo privilegiado de los cinco días que estremecieron a Venezuela, y a América Latina. Escribe RAMIRO ESCOBAR, desde CARACAS. HABIA un sol radiante y una calma sospechosa cuando empezaron a sonar los disparos. El ruido venía desde 23 de Enero, un barrio popular parecido al Cerro El Pino de Lima, ubicado muy cerca del Palacio de Miraflores. El rumor que corría aquel sábado 13 de abril, entre la prensa y los lustrosos invitados que llegaban a la juramentación del nuevo gabinete, era que ese irreductible bastión del "chavismo" se había levantado. Pero la nueva (o resucitada) fauna política allí congregada no se inmutó. Los hombres de Pedro Carmona Estanga, el empresario que ahora presidía la Junta Provisoria de Gobierno, siguieron con las coordinaciones, con las indicaciones a la prensa, que esperaba en un patio exterior. Dos dirigentes de Acción Democrática (AD), enormemente gordos, llegaron en una camioneta 4x4 y se limitaron a decir que estaban a la expectativa. Dos días después de la barahúnda suscitada en los alrededores de Miraflores, ese comentario era tan sintomático como oscuro. Carmona había tomado el poder en la madrugada del mismo día, tras serios disturbios que, desde el jueves 11 de abril, costaron la vida de unas 27 personas y provocaron más de 100 heridos. Desde el salón "Ayacucho" del Palacio, además, había decretado la disolución de todos los poderes constituidos. Los disparos que ahora se escuchaban no eran tan profusos como los que
se intercambiaron hacia el mediodía del jueves en la cercana avenida
Urdaneta, pero iban en aumento. Una colega advirtió que podría
haber francotiradores en una iglesia cercana, de modo que abandonamos
una especie de terraza desde la que se dominaba parte de la ciudad. Por
fin, un ujier que vino de uno de los ambientes palaciegos nos hizo pasar.
"TIENEN QUE DESALOJAR PALACIO" Aproximadamente a la 1 y 20 minutos de la tarde, cuando todos esperábamos que Carmona anunciara el inicio de la juramentación, alguien dijo, atropelladamente: "Tienen que desalojar Palacio". Los militares presentes, todos llenos de condecoraciones, empezaron a correr, mientras los ministros e invitados -y sus esposas- entraron en pánico. Afuera, crecía el rugido de la multitud, en el que se distinguía el grito de guerra: ¡"Chávez! ¡Chávez!". En los patios de Miraflores, la Guardia de Honor y militares de rango medio empezaron a trasladar ametralladoras y a tomar posiciones de combate. Los civiles, sumidos en la confusión, empezamos a bajar apurados por unas escaleras que conducían quién sabe a dónde, en donde nos cruzábamos con soldados que subían a trancos largos y rastrillando sus fusiles. Entonces llegó un rumor escalofriante: iban a bombardear Palacio. Mientras buscábamos los sótanos, Adela, una colega venezolana,
aclaró la noticia: lo que en realidad había ocurrido era
que el general José Baduel, jefe de la Brigada de Paracaidistas
acantonada en Maracay, una ciudad ubicada a unos 80 kilómetros
al oeste de Caracas, se había sublevado y no aceptaba a las nuevas
autoridades. En la misma base había aviones F-16, de modo que los
pronósticos de violencia eran terribles.
LA GUARDIA LEAL A la misma hora en que se producía este tumulto, José Albornoz, uno de los máximos dirigentes de Patria para Todos (PPT), partido que sostiene al presidente Chávez con la fuerza de sus cuadros antes que con sus masas, se dirigía a las puertas de Miraflores, acompañado de varios ministros "chavistas". Las masas, sin partido pero con el Comandante Bolivariano metido en el seso y el corazón, los esperaban en las calles. Horas antes, a las 9 y 30 de la mañana, Albornoz había reunido una especie de comité de emergencia en la casa de Aristóbulo Isturiz, el ahora repuesto ministro de Educación, una de las figuras más populares del PPT y de todo el chavismo. Allí también estaban la ministra de Salud, María Urbaneja; la ministra del Ambiente, María Elisa Osorio; los dirigentes del PPT Rodolfo Sanz y Alfredo Laya; y María Cristina Iglesias, la ministra del Trabajo. Iglesias, también integrante del PPT, parece haber sido una persona clave en este thriller político. Había estudiado en un centro de altos estudios similar al CAEN (Centro de Estudios Nacionales) peruano, en el que tuvo cercana relación con varios militares. Uno de ellos, cuyo nombre duerme aún en la oscuridad, habría sido el que se comunicó con ella la mañana del sábado 13 para confirmarle la primicia: vamos a tomar Miraflores. La Guardia de Honor (cuerpo encargado exclusivamente de la custodia
del presidente), junto con todos, o al menos la mayoría, de militares
que resguardan Palacio (unos 2,000 en total) habían tomado la decisión
la noche del viernes 12, cuando finalmente Chávez fue sacado prácticamente
a la fuerza de su despacho. Un efectivo de la Guardia, de apenas 21 años,
contó a CARETAS que la salida del Presidente los hizo llorar de
cólera.
EL TÚNEL BOLIVARIANO Fue poco después de que saliéramos de Palacio, camuflados cinematográficamente en una 4x4 de lunas polarizadas, cuando la plana mayor del PPT y algunos aliados chavistas se dispusieron a ingresar a las instalaciones de Miraflores, en medio del griterío de la multitud. Albornoz le dijo a Ismael García, diputado de un sector del MAS que apoya a Chávez: "Ahora sí, acá entramos o salimos en una bolsa negra". Entraron, por supuesto, en medio de la batahola y a través de un túnel que conecta a Palacio con el Regimiento de la Guardia de Honor, situado al frente. A ese punto de la tarde, las coordinaciones entre los militares leales a Chávez y las autoridades derrocadas ya mostraban sus tres puntales: sublevación militar en Maracay y en Miraflores, llegada de algunas autoridades chavistas, protestas populares en las calles. Cuando los derrocados llegaron por el túnel para recuperar el poder, se encontraron con unas 40 personas invitadas a la frustrada juramentación, entre ellos algunos periodistas. Albornoz les prometió que no serían agredidos y que mejor esperaran allí por su seguridad, pues no les podían garantizar que los manifestantes de la calle los respetarían. Carmona, el presidente más efímero de la historia de Venezuela, había logrado salir, al parecer porque alguien se lo llevó antes que nadie por los vericuetos de Palacio. También lograron salir varios empresarios y dueños de
medios de comunicación, que habían asistido a la juramentación,
lo cual da pábulo a la teoría de que se trató de
un golpe civil-mediático. Gustavo Cisneros, por ejemplo, dueño
de Venevisión, lo mismo que Andrés Mata, propietario del
diario El Universal, estuvieron temprano con Carmona, antes de que se
frustrara la ceremonia a la cual iban a asistir como invitados estelares.
SÁBADO ANGUSTIANTE Las siguientes horas de la tarde del sábado 13 fueron de verdadera histeria. Mientras los chavistas retomaban el control de Palacio, en las instalaciones militares de la isla denominada La Orchila, ubicada en el Caribe venezolano, empezaban las primeras negociaciones. Sobre todo entre los militares que le eran leales y los militares que dieron el golpe aliados con un grupo de civiles. De ellos dependía, en rigor, el desenlace final. Caracas, entretanto, presenciaba otra jornada de violencia caracterizada por saqueos, disparos, ataques contra medios de comunicación. La gente y la calle habían perdido los estribos casi por completo. Chávez, por su parte, llevaba varias horas como "presidente prisionero", tal como él mismo se definió, y había hecho una especie de tour por varias instalaciones militares. Antes de estar en La Orchila había estado en Fuerte Tiuna, un cuartel ubicado al este de Caracas y en Turiamo, otra instalación militar ubicada más bien en la costa. En ese trance, según su propia versión, había escrito poemas, había lavado sus calzoncillos, había mirado el cielo. Pero sobre todo se había negado a firmar su renuncia.
VUELTA AL AMANECER Lo que estaba claro, sin embargo, era que ni las autoridades chavistas reinstaladas en Miraflores, ni los militares que los acompañaban (incluyendo al general Baduel y sus paracaidistas listos para entrar en combate) aceptaban otra posibilidad que el retorno del caudillo. Allí se cerraron y, según comprobó CARETAS al hablar con uno de los involucrados, la decisión era hasta la muerte. Afuera la multitud rugía por lo mismo. Al anochecer, Diosdado Cabello, el vicepresidente, juramentó como "presidente temporal" ante William Lara, el presidente de la Asamblea Nacional y entonces se dio vuelta a la tuerca. Minutos después, el heroico Aristóbulo Isturiz, a quien horas antes habían dado por muerto, informó que "el presidente retornaría a Palacio en poco menos de una hora". Más o menos dos horas antes, Carmona, vencido, había presentado su renuncia. Chávez no retornó hasta varias horas después, aproximadamente a las 3 y 50 de la madrugada del domingo 14 de abril. Arribó a Miraflores en tres helicópteros, procedente de Maracay (allí lo llevaron desde La Orchila) y cuando aterrizó, el centro de Caracas se volvió un loquerío. Sonaron ya no disparos, sino fuegos artificiales, junto con cientos de bocinas de motocicletas, el vehículo principal de las clases venezolanas más desfavorecidas. El caudillo demoró todavía unos minutos en salir, hasta que finalmente dio un breve "balconazo", en el que solamente alzó los brazos y le hizo gestos a la gente para que se fuese a dormir. En otro ambiente de Palacio, el coronel Jesús del Valle Morao, un moreno de bigotes y recias facciones, sonreía. El fue quien, horas antes, se dirigió al país en un borroso mensaje televisivo, que salió con imagen pero sin voz, en el que exigía la aparición de Chávez.
|
|||||||||||||||||||||||||||||||||||||
|
|
||||||||||||||||||||||||||||||||||||||