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Edición Nº 1717 |
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Por LORENA TUDELA LOVEDAY Ay, Caracas Bueno, como no me dieron tiempo ni para pensarlo, pucha, esa misma noche volábamos los tres a Caracas para de allí tomar una lancha a remo que nos llevara de frente a un sitio que se llama Tucupita, creo, que según nos dijeron, pucha, es una selva donde los nativos son tan regiamente primitivos que al bote le dicen amarikiare y cuando quieren aludir a dos botes, pucha, dicen amarikiare, amarikiare y así sucesivamente. ¿Te imaginas cómo dirán flota de botes? Lo máximo de lo naive. En fin, llegamos a Caracas y en el aeropuerto no más nos retienen en el avión porque, según nos dijeron, o sea, unos opositores al gobierno del mandril ese del Chávez, pucha, habían llenado la pista de aterrizaje con tachuelas para que el monstruo no se escape por aire. No sabes la furia que nos dio, pero como nos habíamos bajado dos botellas de Möet durante el vuelo, pucha, decidimos que lo real maravilloso tenía todavía una vigencia súper en Latinoamérica y pedimos la tercera. Cholita, como diez horas más tarde nos bajan del avión, o sea, porque ahora ya había un nuevo presidente, hija, que debe ser pariente de los Carmona de acá porque es calvo y chaparrón, como el médico ese donde antes yo iba para que me haga adelgazar, ¿te acuerdas? Bueno, llegamos al hotel en medio de un chongo horroroso por las calles, no sabes. Unos zambirulos regios sin camisa tiraban palos y piedras a donde podían, y por supuesto mis dos amigos comenzaron a sufrir de unos soponcios súbitos que a Stephan lo hicieron exclamar, "si es tan fácil calmarles la ansiedad política, ¿no es verdad, Chi Chi?" En fin, códigos encriptados. Hija, estábamos en el bar del hotel cuando en eso entran unos militares enormes y peludos a decirnos que no podíamos movernos del sitio, y Chi Chi, pucha, en un castellano más o menos perfecto se puso a gritar que se moría de ganas de ser Jessica Lange y subirse a la palma de la mano del jefe de la brigada y ahí sí que yo me morí de la vergüenza, no sabes el papelón, tanto champagne, pues. En eso, o sea, prenden el televisor del bar y qué crees que vemos: un noticiero en el que el locutor decía que todo iba de maravillas en el país y que pronto Venezuela iba a ser la primera potencia mundial con cero de mortalidad infantil, mientras abajo en un cintillo de letritas azules, pucha, los dueños del canal explicaban que ellos no pensaban así sino que los estaban obligando a decirlo en ese mismo momento con un cañón de bazuka en la sien derecha. "Así cualquiera", pensé yo, "ojalá Pachi no se copie el modelito", y seguimos brindando, esta vez por Descartes, Kant y la mamá de Elton John. ¿Cómo te explico?, cuando dos días más tarde quisimos salir del hotel para embarcarnos en busca de los jíbaros, o sea, sale en la televisión que Chávez volvía a ser el presidente, ¿tú te puedes imaginar la faena? La cosa era que esta vez tampoco podíamos salir del hotel porque según órdenes del nuevo presidente ahora restituido, pucha, había que celebrar la vuelta de la constitucionalidad en calor familiar, con lo cual quedaba prohibido que la gente pusiera un pie en la calle. Ahí fue que me enteré de que Chi Chi era claustrofóbico, porque cuando supo lo que estaba pasando, pucha, salió a correr por los pasadizos del hotel, con una máscara de pepinillos y barro de Montecatino en la cara, gritando como una ambulancia sin piloto, "¡no vuelvo a invertir ni un dime en este lupanar de gorilas!", mientras Stephan, con redecilla en el pelo y babuchas de pompón cíclame, lo perseguía con un frasco de Zoloft. Bueno, así es la vida, pues. Tuvimos que regresarnos a Lima apenas volvieron a abrir el aeropuerto y aquí estamos, aburridísimos y con una furia horrible porque entre otras cosas, pucha, Stephan le había encargado a Carolina Herrera que nos hiciera unos trajes mosquitero de guipiure con encaje negro que eran un poema. Ay, qué subcontinente que tenemos, ¿no? Chau, chau. (Rafo León).
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