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Edición Nº 1718 |
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Por
FERNANDO VIVAS
POR una semana olvido la política para ponderar (sin mezquindades) un éxito: "Mil oficios" es lo mejor que le ha podido pasar a la televisión basura. Es bonita y barata, naif y eficaz, sitcom y telenovela, conservadora pero original y políticamente correcta. Le dije conservadora sin ánimo de reproche porque la teleserie no es intolerante, porque no es el machismo patriarcal que encarna Renato Reyes/Adolfo Chuiman su valor perseguido (aunque lo fue en un comienzo); sino la armonía de clases, de razas, de generaciones y de sentimientos. Esa es su pequeña utopía barrial y culminará cuando se funda con los happy endings de varias historias de amor cruzadas... y frustradas. La frustración, ésa es clave dramática de los "Mil oficios". Nadie encuentra empleo estable pero es su búsqueda lo que da episódica consistencia al universo. Frustraciones las de Memo/Michael Finseth y Lalo/César Ritter, los más populares del coro, por no encontrar su media naranja aunque en el camino paleteen a las Chicas Terremoto (Sandra Arana y Vanesa Jerí). El erotismo de la hora más popular de la TV nacional es el del coito interruptus, pero compensado con chapes y por ahí algún encuentro de antología como el del vikingo Christian Thorsen y la gorda Mónica Torres. Contrariedad la de Kike/Lucho Cáceres, el autoproclamado Gallo del Gallinero, cuando no honra la sexualidad que cacarea a todo pulmón. Los monólogos del afán contrariado y del proyecto fantasioso -coronados esta semana en estupendo diálogo de Lalo y Memo con Dios- son la respiración de esta exitosa dramaturgia de la frustración, valga el contraste. No sólo actos frustrados sino caracteres inseguros (pero crédulos, jamás desconfiados, jamás desesperanzados). El coro de personajes está mezclado de escarnio y afecto en lo que tiene de comedia de enredos; de legítimo afán trepón e impostación en lo que tiene de telenovela costumbrista. El resultado del cambalache es la nobleza incorruptible del inseguro, la confianza en que cualquier desliz que cometa será fruto de un error de perspectivas, del stress del subempleo, de lo lejos que ve sus metas vitales; y será corregido ágilmente tras unos cuantos capítulos pues los empleados de "Mil oficios" no son disidentes ni codiciosos sino cándida e irresistiblemene conformistas. Vaya que es sintomático del Perú de las últimas
temporadas que el héroe más popular de la pantalla sea un
chico escuálido, y conmovedoramente inseguro que en las circunstancias
más picantes de la vida le da una garrotera contagiada del Chavo
del 8 (a propósito, Lalo también carece de familia conocida
y deambula como si el barrio entero lo hubiera adoptado), pero tal es
su carisma que en unos segundos de tartamudeo bate en el ranking a la
arrogancia de Pedro el Escamoso y a la maledicencia de Beto y Magaly juntos.
Es esta poética de la armonía barrial y de la inseguridad esencial de sus habitantes, la que hace al universo de "Mil oficios" conservador de una manera deliberadamente fantástica y por lo tanto tolerable. El candor nunca es en sí mismo despreciable y cuando al libretista Gigio Arana y al director Efraín Aguilar se les va la mano (cosa que sucede con frecuencia), la imbecilidad es relativizada en el humor. La sitcom salva a la telenovela de apuros, la telenovela expande el universo de la comedia. La chapucería se perdona. Volvamos al barrio: las brechas sociales se han difuminado en la escenografía pastel del Coliseo Amauta para albergar a una clase media de fantasía con la que podrían identificarse todos, los actores tienen una pigmentación blanquiñosa con la que el público promedio se siente cómodo. Mientras el centro va desapareciendo en la estadística real; la dramaturgia de "Mil oficios" lo exacerba, mistifica su subempleo, armoniza sus generaciones, razas y temperamentos. Si hay algún personaje intolerante es porque se protege bajo las faldas de una tradición más matriarcal que patriarcal, como la bodeguera Doña Olga/Irma Maury, la pacata e hipócrita que se remonta a las comadres de Ricardo Palma pasando por las del callejón de Roncayulo y la víbora que ella misma compuso en "Los de arriba y los de abajo". Por eso el guión suele rehuir la bodega, donde hay que hablar de cosas tan engorrosas como la economía y la canasta familiar, para distraerse en la peluquería del gay Armando/Mario León y la gorda Norma/Mónica Torres donde se barajan otras opciones sexuales y patrones estéticos. Todas estas fugas de la realidad y su suplantación por un vecindario armónico y apastelado, hacen de "Mil oficios" un éxito escapista pero de ningún modo intrascendente. Su dramaturgia coral es suficientemente rica para acoger personajes y costumbres con ecos que traspasan la pantalla y, por ejemplo, han convertido a César Ritter en un fenómeno de recordación y persuasión publicitaria mezcla de galán de telenovela, Yungay blanquito, bebé Chuiman, ídolo tecnocumbiero con baile propio ("el pollito") y hasta yuppi en comercial de refrescos. Si Efraín Aguilar es el garante de que todo se ponga en escena a tiempo, siendo creativo en el apuro (lo ayudan las cámaras de Alberto Arévalo), haciendo pasar el exceso de candor por gag que remata secuencias siempre cortas y ágiles; el artífice de la fusión es el libretista Gigio Arana que por fin logró conciliar lo irreconciliable: el realismo satírico de la sitcom gringa lo exportó a la telenovela de costumbres y la dramaturgia de ésta la metió en el enredo cómico. Un ejemplo de fusión perfecta: Lalo se aparta del grupete juvenil que pichangea en la Costa Verde para reflexionar sobre sus frustraciones sentimentales al pie del acantilado. Un pelotazo en la cabeza lo hace perder el equilibrio. El accidente se confunde con un intento de suicidio, la vida de telenovela se funde con la comedia de la vida. Una vez lograda la fusión, cuando a los pocos meses del debut el protagonismo de Chuiman cedió terreno a los demás, todo empezó a fluir con envidiable naturalidad (en la tienda vecina del 2, Michel Gómez y Eduardo Adrianzén están preparando "¡Qué buena raza!" con la consigna de emular el éxito de "Mil oficios" aunque ellos sí adosándole comentarios explícitos a la realidad escamoteada por el producto de Pantel). El público ha enganchado con la armonía y la estabilidad del barrio; por eso "Mil oficios" no necesita de escándalos para levantar el rating, pero sí le vendría bien seguir puliendo sus formas. Felicitaciones al equipo.
Escribe ERNESTO PIMENTEL
Luego de enfrentarme a escribir sobre lo que en TV capta mi atención de VERDAD ésa será mi premisa, la Verdad aun cuando este arrebato de honestidad me acarree el no sumarme al selecto grupo de personas que sólo ven cable y "24 minutazos". Veo "Teleferia", "Vidas Privadas", "Mil Disculpas" con Beto Ortiz, "La Super Alegría del Mediodía" y "Trato Hecho" porque salgo este domingo y porque uno nunca sabe a qué se va a dedicar más adelante. Lo cierto es que me gusta ver en TV Hildebrandt, "La pequeña Maravilla", "Contrapunto", Pokemon, Gisela, Laura, Magaly, Bayly, Raúl, "Pataclaun" y a Mónica en el 13, 5 y 2. Me engancho en Canal N, "Entre Líneas" y "Barra de Mujeres", sin que suene a confesión. Veo Marco Aurelio Denegri y Giacosa, pero no me pierdo "Sabadazo" a las 6 p.m. para darme apoyo moral, me alegro por "Mil Oficios" y que mis compañeros artistas tengan trabajo, reniego de no saber si ver "Panorama" o "La Revista" y me quedo con "Utilísima". De hecho no soy un buen televidente ya que veo todo zapeando. Veo con avidez TV argentina y chilena para copiarme los entretenimientos. Lamento no seguir ninguna telenovela ni ver entero un noticiero. Vivo extrañando el humor de antes, me gusta ver HBO, E!, Canal (a) y Mundo Olé (con la esperanza que repitan mis especiales). Me voy antes del corte comercial recordándoles que la TV es mi chamba, me guste o no; soy parte de sus errores y aciertos, siendo honesto.
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