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Edición Nº 1719 |
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Dúo Fatal
ARIEL Sharon, recién nombrado ministro de Relaciones Exteriores, hacía su primera presentación ante el Cuerpo Diplomático, en un salón del legendario Hotel King David. Era casi mediodía del 17 de marzo de 1999 y el septuagenario debutante mostró, desde el saludo, que seguía tan castrense como en los años 50: -Bienvenidos a Jerusalem, capital eterna e indivisible del pueblo judío por 3.000 años y del Estado de Israel por los últimos 51 años". En su código eso significaba "aquí estoy para que nadie se ilusione con que vamos a aceptar la menor discusión sobre el estatus de Jerusalem". Dicho sin simpatía, en un inglés tosco y desde una tarima, sonaba como un "señores diplomáticos, ésta es la orden del día". Los embajadores, distribuidos en varias mesas, nos semblanteamos. En mi sector algunos esbozaron una sonrisa fruncida y otros pusieron cara de palo. Observé que el jordano y el egipcio, desde una mesa vecina, eludían todo contacto visual. No movieron una pestaña. Pero caras de sorpresa, ninguna. Conocedores de su currículo, todos sabíamos que Sharon no venía a ocupar un cargo de negociación, sino un puesto de combate. Los analistas israelíes habían entendido su nuevo rol como otro mensaje oblicuo de Netanyahu. Presionado por Clinton, no podía formalizar su repudio a los Acuerdos de Oslo, que lo obligaban a devolver territorios. Entonces, optaba por nombrar canciller al mismo personaje que, desde otros cargos, había sembrado esos territorios con asentamientos y colonos. Avanzando en línea recta, Sharon lanzó una arenga patriótica, comunicándonos su relacion emotiva con Jerusalem, en cuanto judío y en cuanto guerrero israelí. Una de sus grandes dichas -dijo- fue haber participado en las históricas batallas que culminaron con el retorno de la ciudad al control judío. Por ello, le parecía muy duro seguir luchando por la misma causa cincuentaiún años después. A propósito de lo cual, descalificó la resolucion 181, de 1947, de la ONU, que definió a Jerusalem como corpus separatum. Afirmó, enfático, que el gobierno no consentiría en una nueva división y terminó con una variante del saludo: "será, siempre, la capital del pueblo judío y del Estado de Israel". Todos comprendimos que aquello era una sentencia de término respecto a un polémico intercambio previo con los embajadores europeos. Molestos porque la Cancillería israelí había advertido al Cuerpo Diplomático, por circular, que no debía asistir a eventos en la jerosolimitana Orient House -dirigida por el líder palestino Faisal Husseini-, los representantes de la Unión Europea (UE) habían replicado por "nota verbal". Pero este instrumento diplomático, que ni siquiera conoció el resto de los embajadores, fue filtrado al diario Ha'aretz. Así, todo el país supo que los europeos invocaban la onusiana internacionalización de Jerusalem y que manifestaban su voluntad de perseverar en sus molestosos comportamientos. La arenga Sharon tenía, entonces, dos connotaciones. De una parte, era un discurso desubicado, más apto para una asamblea militante o una ceremonia castrense. De otra, era un poco diplomático bofetón a la UE, para dejar en claro la independencia con que el gobierno Netanyahu actuaba a su respecto. Lo que el Sharon de ese día no previó, fue que los embajadores de la UE eludirían entrar a su terreno polémico. Cuando ofreció la palabra para consultas, éstos se esmeraron en intervenir con alcances relativos a otros temas: los compromisos para abastecer de agua a Jordania, la situacion al sur del Líbano, las relaciones con Egipto tras veinte años de paz. Tal vez obedeciendo a una sincronizada distribución previa de roles, la ronda europea concluyó con el embajador italiano leyendo, pura y simplemente, la conocida sentencia de Benito Juárez según la cual "el respeto al derecho ajeno es la paz". En esta lección de alta diplomacia, el tema del estatus de Jerusalem no fue tocado por ningún embajador, dejando a Sharon enfrascado en un "combate con la sombra". Sin embargo -y esto permitía profundizar en su sicología- pareció que no captaba la sutileza. Más bien, aprovechó las preguntas que no esperaba para impartirnos nociones de geopolítica. Aludió a la falta de "profundidad estratégica" del territorio de Israel, a la concomitante necesidad de controlar los recursos hídricos y a la equivalencia entre los asentamientos israelíes en territorios palestinos y la población árabe en Israel. También recordó que su país se había desprendido de tierras que eran "cuna del pueblo judío", cosa que "ningún otro país ha hecho". Todo esto impregnado de sus recuerdos como combatiente y de expresiones alusivas al alto nivel de sus propias convicciones: "lo más importante para mí es ser judío", "no esperen de mí ninguna concesión si la vida de los judíos está en peligro". Marginalmente, también dejó en claro, cuando comentó la elíptica alusión del embajador de Italia, que no tenia sospecha sobre quién pudo haber sido Benito Juárez. Mientras esto sucedía, obedeciendo a una manía de siempre, yo dibujaba sobre un papel el perfil del personaje. Como aficionado al género, me había impresionado una cruel caricatura-collage de Piven, famoso dibujante israelí, que mostraba el rostro del canciller como una masa roja de carne molida, coronada por un blanco copete de lana cruda. Curiosamente, mi esbozo del momento lo mostraba de cuerpo entero, como un niño jugando con tanquecitos de verdad. En el cóctel posterior tuvimos la oportunidad de conversar más distendidamente con el canciller. Ahí comprendí que, verdaderamente, él no se ubicaba para nada respecto a los colectivos que no compartían sus convicciones. Lo que era evidente para él debía serlo para todos. Muy honestamente, pretendía transferir a un grupo de escépticos profesionales sentimientos tan íntimos como su aborrecimiento a Arafat. Ante una consulta-comentario de un embajador ("dice la prensa que usted no va a saludar a Arafat cuando lo encuentre"), Sharon se despachó con entusiasmo. El no podía dar la mano a un terrorista que tenía las manos manchadas con sangre de niños, mujeres, viejos y jóvenes judíos. Dicho esto casi con la sorpresa de que hubiera alguno, entre los presentes, capaz de saludar al líder palestino. Entonces comprendí que mi esbozo de caricatura tenía mucho de verdad. Había algo peligrosamente infantil en el entendimiento y en el comportamiento de Sharon. Me dio pena y temor por mis buenos y nobles amigos judíos. Básicamente,
porque ese proceso de paz, que apoyábamos con tanta ilusión,
no progresaría con un canciller de tan sólida animadversión
a Oslo y tan impenetrable al pensamiento de los otros. Años después,
yo leería esa lapidaria definición de Thomas Friedman, sobre
Sharon: "un caso clásico de falso liderazgo". Como ese día
de no la conocía, sólo pude recordar un hallazgo publicitario
de la campaña presidencial de nuestro Jorge Alessandri. Aquella
pregunta, también lapidaria, sobre si era posible entregarle una
locomotora a un niño. Yasser Arafat FINALMENTE, mi cita con Yasser Arafat fue convenida para el 26 de junio de 1997, a las 19,30 horas, en Jericó. Yo debía comunicarle la decisión del gobierno chileno de abrir una oficina de representación de intereses en territorio palestino. Era un gesto pionero en América Latina y, por tanto, bandera importante en su mapa de reconocimientos. De partida -y para hacer rabiar un poco a la Cancillería israelí- los palestinos solían subir el estatus de la oficina proyectada, designándola como "embajada". Todos sabíamos que los Acuerdos de Oslo no permitían a la Autoridad Palestina (AP) establecer relaciones de carácter diplomático. Sin embargo, no había sido fácil encontrar un espacio en la agenda del rais. La mañana del día anterior, por ejemplo, alguien de su protocolo había descubierto un hueco en la tarde y fijó, por su cuenta, un encuentro en Gaza. Debí desechar la intempestiva citación porque arrasaba con mi agenda y ni siquiera me permitía llegar con puntualidad. Desde Tel Aviv, el viaje podía significar tres horas. Pero, como está bien lo que bien acaba, en la ruta ya íbamos disfrutando con la perspectiva de conocer una genuina figura de la Historia. Raúl Elgueta, mi consejero, estaba francamente emocionado y lamentaba haber olvidado su cámara fotográfica. Semiserio, le advertí que así estaba mejor, pues no íbamos a la cita en plan de fans. Las instalaciones presidenciales de Jericó se concentraban en un edificio de una planta, lo bastante grande como para acomodar dos enormes helicópteros en un patio interior. Estaba custodiado por efectivos uniformados y armados con sólidos HK-47. Poco costó descubrirlo. Más costó encontrarnos con nuestros anfitriones de protocolo pues, al parecer, todo el mundo civil asistía a una importante reunión de Arafat con los jefes de comité de la Asamblea Nacional Palestina. Pasamos, entonces, a una pequeña sala de espera, donde estaba el ministro de Planificación Saeb Erekat, en amena plática con algunos compañeros que debieron cedernos sus butacas. Se suponía que Arafat me recibiría con retardo. Pero no, segundos antes de la hora fijada llegó el líder, de uniforme militar y tocado por su tradicional kefiah. Tras las presentaciones, se sentó frente a nosotros en la misma salita y formuló un breve saludo con menciones afectuosas a Chile y al presidente Frei. Con gesto cansado, quedó esperando mi réplica, tal como los españoles esperan "un coñazo". Viendo que su body language no abría espacio para un diálogo complejo, yo fui igualmente breve. Sólo que, por serlo, al final de mi información oficial se produjo un lapso de silencio incómodo y traté de llenarlo con el savoir faire diplomático que había aprendido de mis colegas profesionales. Mencioné el interés del presidente Frei para que realizara su anunciada -pero nunca concretada- visita a Chile y, entonces, Arafat reaccionó con cierta vivacidad. Dijo que los chilenos éramos sus mejores amigos en América Latina y que nos vendría a ver apenas se lo permitiera el tiempo que le estaba tomando el proceso de paz. Fue mi oportunidad para preguntarle sobre ese proceso y la suya para despacharse contra el Primer Ministro israelí Biniamin Netanyahu. A su juicio, éste era muy poco serio, muy autoritario y había convertido todo en una negociación política interna, en Israel. Dijo -con bastante énfasis para su tono general decaído- que en sus acusaciones sobre terrorismo, no consideraba que él estaba tomando todas las medidas necesarias: "jamás permitiríamos que desde nuestras ciudades se atente contra ningún ciudadano israelí". Mientras hablaba, tuve oportunidad de percibir su rostro demacrado y lo tenso que estaba. Movía nerviosamente sus piernas, como si tuviera problemas circulatorios y había un temblor leve en sus manos, cuando trataba de juntar las yemas de sus diez dedos, en una especie de ejercicio obsesivo. Está en otra", pensé. Posiblemente, seguía inmerso en los temas de la sesión que había abandonado para saludarme. Por eso, no me extrañó que, salvando otro momento de silencio suyo, tomara la palabra el ministro Erekat para exponer, con moderado vigor y mucha elocuencia, su experiencia como cabeza de la delegación palestina a las negociaciones de paz. Algo que dijo Erekat sobre el gobernante israelí logró sacar a Arafat de su ensimismamiento. Murmuró palabras en árabe, que me tradujeron como un reproche a "la mala fe de Netanyahu". Erekat enriqueció el reproche y, cuando habían transcurrido 22 minutos (aprendí de los diplomáticos a controlar exactamente el tiempo que conceden los poderosos), Arafat se levantó, dando por terminado el protocolar encuentro. Se despidió afectuosamente y salió a paso de carga, rumbo a otra reunión. Sospeché que se trataba de la misma en la cual estaba enfrascado cuando llegué, la cual sólo había suspendido para cumplir con esa puntualidad que es la cortesía básica de la diplomacia. En el viaje de regreso fui pensando que la mala salud del septuagenario líder era un viejo hecho de la causa y que él vivía inmerso en macrocrisis y reuniones bravas. Dije a mi consejero que en ese debate interno, supuestamente interruptus, debía haberse discutido algo especialmente importante. O que ese día había sucedido algo singularmente grave para Arafat. Jugando al Sherlock Holmes criollo, leí con cuidado la información del día siguiente. Descubrí dos noticias que bien podrían haber tensionado los nervios del viejo líder. La primera, del Jerusalem Post, decía que un viceministro israelí había denunciado, ante investigadores del gobierno norteamericano, presuntos vínculos entre Arafat y los terroristas del atentado de 1993 contra una de las Torres Gemelas. De verificarse la acusación, el Congreso de los Estados Unidos cortaría los US$100 millones de ayuda que se estaba dando a la AP. Agreguemos, por nuestra cuenta, que a esa altura de la Historia ya Arafat había perdido parte sustancial del financiamiento saudita, por su torpe alineamiento con Saddam Hussein en la Guerra del Golfo. La segunda noticia detectada era peor. Aludía a la aparentemente irresistible ascensión de Ariel Sharon a un alto cargo. Hannan Cristal, analista político del Yediot Ajaronov, decía que el viejo bulldozer estaba a punto de convertirse en actor principal del Gabinete, "no sólo en el sector económico sino también en el terreno político y de defensa". Agregaba que, de confirmarse la noticia, Sharon impulsaría la construcción de nuevos asentamientos, lo que probablemente llevaría a la liquidación del proceso de paz. Terminaba la nota con un comentario ominoso: "a la edad de 69 años, los políticos como Sharon no cambian". Creí comprender, entonces, por qué el Arafat del día anterior no fue el que era. La última vez que estuvo cerca de Sharon fue en Beirut, en 1982. El entonces ministro de Defensa de Israel lo tenía cercado y buscaba eliminarlo físicamente. Sólo la presión internacional y sus opositores internos se lo impidieron. Tal vez el líder palestino estaba pensando que su juego de ambigüedades
estaba llegando a su fin y que Netanyahu, después de todo, no era
la menor de sus dolencias.
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