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Edición Nº 1721 |
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Por JAIME BEDOYA
QUE alguien explique esto: Mientras el prófugo Fujimori aparece en las encuestas y el fujimorista Pablo Cateriano vuelve como la nueva imagen de la televisión, Héctor Chumpitaz sigue detenido en su casa como si de un delincuente peligroso se tratase. Un mandato judicial le impide salir de ella desde hace siete meses. Hay gente para quienes perder la dignidad no es un problema pues nunca la tuvieron. Pero para Chumpitaz, quien hizo de una silenciosa rectitud una conducta natural de vida, no debe haber nada más doloroso que pagar un error -por el que ya aceptó su responsabilidad y está siendo procesado- con un desproporcionado ensañamiento en contra suya que le está quitando las ganas de vivir. El futbol peruano actual es un mamarracho. La repetida combinación de tedio y violencia que significa cada partido se eterniza a través de pusilánimes frustraciones avisadas que ocupan la neurosis de una hinchada masoquista, digna de mejores infartos. Jugando cíclicamente con la ilusión común, una maquinaria de esperanza infundada se reactiva previa a cada partido relativamente estelar, hundiendo posteriormente toda expectativa en alguna de las múltiples posibilidades del fracaso. Los únicos en gozar de esto son una nueva estirpe de jugadores sobrepagados, arrogantes y faltosos, en permanente discurrir tras vedettes y cerveza. En medio de este océano de mediocridad y baja estofa la trayectoria de Chumpitaz brilla con nostálgica autoridad. El plátano de la isla y la chapana son dos de los excelsos productos de la generosa tierra de Cañete. Otro de ellos es Héctor Chumpitaz. Superando apenas el metro sesenta de estatura, brotó cual fruto mismo de la tierra en los fangosos cultivos de arroz cañetano, trabajoso oficio agrícola que fortalecería unos cuadríceps destinados a derrotar la tiranía de la gravedad a través del gran portento del chumpitazino salto en doble ritmo®. Justamente por petiso empezó su carrera como guardavallas del Sport Santa Bárbara, oncena que defendía los colores de la hacienda en que trabajó desde niño. Puliendo su talento de recto cancerbero a través del Once Amigos de Comas, Alianza Collique y luego con la camiseta de la Unidad Vecinal Número Tres, llegó a hacer sonar su trisílabo apellido en la capital, sacrificándose en jornadas eternas entre los entrenamientos, su trabajo de tramitador de la Hacienda Chama y la hostilidad de una ciudad que nunca quiso bien a nadie. Peor aún si pobre, provinciano y chato. México 70, clímax insuperable del balompié nacional, fue el marco propicio para su consagración. Impuso una sólida autoridad asentada en las alturas de una inusual conjunción peruana de eficacia, valor y caballerosidad. Su apellido, apocopado en base a cariño y admiración como Chumpi a secas, se hizo prefijo cuando su shot demoledor lo derivo hacia el mítico Chumpigolazo®, tan bien honrado por aquél álbum mundialista que editara en dicha fecha la fenecida cadena de autoservicios SuperMarket (a) SuperEpsa, según el Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas. A lo largo de 17 años1 defendió la bicolor mas de 150 veces, obligando a Guinness a consignarlo como fenómeno de la vigencia. Se le debe a Chumpi una de las muletillas más caras a las reservas verbales del futbolista nacional. Ante cualquier interrogante periodística, Perico León -que aprendió a leer y a escribir durante las concentraciones del 70- estaba instruido por el Gran Capitán para responder con un obligatorio "aquí estoy para responder todas las preguntas que usted crea conveniente". En doce metros cuadrados de su hogar apropiadamente llamado El Rincón de los Recuerdos, Chumpitaz guarda los souvenirs de su carrera deportiva. Coinciden misivas del presidente Belaunde y de su santidad Juan Pablo II junto con el yeso que le soldó el hueso cuando el "Camote" Vásquez del Bolognesi de Tacna le rompiera la pierna izquierda en el 81. Tiene más de 60 camisetas de selecciones y cracks del mundo, de Pelé para abajo. Al fondo está la de Dick Naninga, larguirucho atacante holandés que defendiera la divisa naranja en Argentina 78 con tanto ahínco que hasta ahora apesta. Pero ahora a Chumpitaz los recuerdos no le sirven de nada. Montesinos, aquella letrina humana, embarró a todo quien se puso a su alcance. Hay quienes colaboraron de muy buen ánimo en su propia descomposición, varios de los cuales circulan por la calle como demostración práctica de que la mierda flota. Ese no es para nada el caso de Héctor Chumpitaz. La justicia no es persecución ni apedreamiento. Menos aún en un caso tan obvio de ingenuidad política e ignorancia legal aprovechadas por quien fuera capaz de hacer metástasis del mal en casi todas las instituciones de la nación. Nadie pide que se le exonere del juicio, sino que en nombre del sentido común y del respeto hacia una trayectoria que sólo marcó ejemplo en un país intoxicado de miserables, se le levante un abusivo arresto domiciliario2. Si no sabemos distinguir entre canallas de saco y corbata pródigos en zonas siniestras, y un deportista noble que tenía como único secreto el no cortarse las uñas de los pies antes de un partido, significa que Montesinos ganó: nos hizo creer que todos somos basura. Chumpitaz fue y es un caballero. Dejen que enfrente su juicio como tal. ________ 2 El mismo ha aceptado su responsabilidad en la receptación de lo que creía fondos de campaña. No está demostrado el cargo de delito de peculado, pues no era funcionario público entonces (salvo que ser entrenador de las divisiones inferiores de la U sea considerado tal). Tampoco existe peligro de fuga, pues en todo momento ha colaborado con la justicia. No es un agente peligroso con antecedentes cuya libertad representaría un riesgo público más allá de la firma de autógrafos.
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