Edición Nº 1722


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    ARTES & ENSARTES 23 de mayo de 2002
    Por LUIS E. LAMA

    ¿Intercambio o Incesto Global?

    EL título, más que provocador, es el tema elegido por la Manifesta 4 que se inaugura este mes en Frankfurt, una ciudad de una considerable oferta cultural. Paradójicamente la Manifesta tenía como meta original de privilegiar aquellas ciudades europeas marginadas del movimiento cultural. Por eso las versiones anteriores tenían lugar en ejes deprimidos, pues su mayor innovación es la de realizarse en distintos países en cada versión.

    Habría que reconocer que la coincidencia de Manifesta 4 en Frankfurt, junto a la Documenta en Kassel -a unas tres horas de tren- concentra en Alemania las dos más importantes actividades internacionales del presente año. Sin embargo hay cambios en Kassel, ya que por primera vez el 50% de los artistas provienen de la "periferia", debido a la decisión de su curador general, el nigeriano Okuwi Enwesor de privilegiar el arte contemporáneo de las diásporas africanas. La Manifesta en cambio está integrada exclusivamente por artistas europeos, entre los que se encuentra nuestro dotado Fernando Bryce cuya larga residencia alemana le asegura un espacio entre la avanzada occidental.

    Los conversatorios, al tratar sobre el incesto global, se concentrarán en la problemática de las Bienales, los curadores y las ciudades periféricas, pero tratará también sobre la tendencia de los artistas a presentar en las Bienales obras que resultan ajenas a su trayectoria por la necesidad de una aceptación global, pues luce que las formas locales, endogámicas, no tienen cabida en el enfrentamiento que ineludiblemente se produce en cada Bienal.

    La teoría del incesto como interdicción en el arte contemporáneo ha venido experimentando acelerados cambios durante la última década. Recuerdo que en el año '90 participé en la organización de una exposición de arte peruano en Washington, y la crítica de manera unánime alabó la exposición. Sin embargo la mayoría cuestionaba su carácter universal, sosteniendo que estas obras hubieran podido ser perfectamente realizadas en cualquier lugar del planeta y no era posible diferenciar su origen.

    Los críticos tenían razón. En lo que estaban radicalmente equivocados era en su exigencia de que nuestro arte contemporáneo expresara una condición andina, diferenciada de la urbana, y un anclaje en lo precolombino, en desmedro de formas universales. En suma, la misma dicotomía que hacía tiempo habíamos superado, debido entre otras cosas a la integración cultural que se vive aceleradamente en nuestro país. Eran tiempos en que algunos países de la periferia estaban obligados a exhibir su sello de procedencia, mientras que a cubanos, brasileños, argentinos o mexicanos no se les hacía la misma demanda y mucho menos a italianos, japoneses o alemanes. Éramos nosotros los que teníamos que mostrar las plumas (sin lentejuelas) que los otros creían que nos identificaban.

    10 años después la tortilla se vuelve en el sentido más inesperado. El incesto de hoy es tan corrosivo que el intercambio ha unificado las miradas de quienes viven en los centros y, donde antes se nos exigía la marca del rebaño, ahora se nos demanda la uniformidad.

    Por ejemplo, el año pasado, cuando llevamos a Madrid la muestra Resistencias, los comentarios más radicales calificaron la pintura de Bendayán como "horrorosa" (sic) y estoy convencido que una década atrás hubiera sido altamente elogiada por la peculiaridad de su visión. Bendayán y Rocío Rodrigo, eran los que más se apartaban de las tendencias internacionales en boga, pues sus obras tomaban como punto de partida la imaginería popular. Sin embargo, los nuevos críticos globalizados pusieron resistencia a aquellas obras que rompían radicalmente con lo que ellos tenían asimilado como arte.

    Moico Yaker en cambio, recibió una espléndida acogida, con una pintura formidable -casi un mural- donde el artista presentaba una visión selvática con textos de Bartolomé de las Casas. Pero Moico Yaker, a quien considero el pintor nacional con mayores proyecciones internacionales, tiene una obra ampliamente reconocida en el exterior. La otra artista que recibió atención unánime fue Patricia Bueno con una instalación similar a la recientemente exhibida en ARTCO, sólo que en la Casa de América le correspondió una sala cuadrada que permitía una mayor confrontación entre objeto e imagen, una lectura continuada que otorgaba fuerza excepcional a la propuesta que considero la más coherente que hayamos podido apreciar en el Perú en tiempos del posfeminismo.

    Nosotros no somos ajenos al incesto. Hace seis años, la Primera Bienal de Lima, entre otras cosas, provocó rasgaduras de vestidos entre quienes consideraban que se había quebrado lo límite de lo que se consideraba arte. Hoy, difícilmente alguien tendría la misma reacción frente a esas obras, ahora inofensivas por la pátina del tiempo. El incesto, pues, también corroe nuestras formas establecidas de ver. No podría decir que eso sea bueno o malo. Simplemente es. Ocurre que en materia de arte contemporáneo todos partimos de todos y de este panorama nadie se libra.

     


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