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Edición Nº 1725 |
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Un Mundial Enredado
La tecnología invade al fútbol, los hinchas locales se mimetizan con las selecciones más carismáticas y los equipos sorpresa recuerdan que éste siempre fue uno de los atractivos del fútbol. Mientras, los apostadores tiemblan y en el Perú la continuación de nuestro pobre campeonato hace que Beckham y Totti compitan contra Pepe Soto y el "Puma" Carranza. Por ABELARDO SANCHEZ-LEON ESO de seguir los partidos del Mundial está más
bravo que seguirle los pasos a la esposa, porque se suceden con tal vertiginosidad,
que resulta mejor verlos en repetido o leer los resultados en los diarios.
Además, como el Perú es un vicio que no se deja fácilmente,
en pleno Italia- Croacia se te mete un Alianza-Estudiantes o un Cristal-Wanka
para confundirte el panorama. Ante esos estadiazos coreanos o japoneses,
con techo que se cierra y cielo que se escapa, nos viene una nostalgia
terrible y añoramos el pésimo estado del terreno del estadio
Garcilaso o nos maravillamos con el cielo azul intenso de Huancayo, (siempre
a la distancia, claro), y pensamos que los suertudos que asisten al mundial
son unos hinchas sumidos en la niebla de la modernidad asiática.
A punto de terminar la primera ronda solamente quedan algunas imágenes claras: la victoria de Inglaterra sobre Argentina, que apareció ante el mundo como un equipito de barrio, lleno de inseguridades y, por momentos, jugando a la peruana. La dificultad de Francia para vencer a rivales aparentemente fáciles. El partido Croacia-Italia, que fue a muerte para los primeros, porque ellos están acostumbrados a la guerra, a los bombardeos, a la entrega sin fin. Un Ecuador temeroso, un Paraguay envejecido, un Brasil lechero, en partidos que nadie ve porque hay que ser muy hincha para soplarse un Brasil-China. La primera ronda tuvo en las primeras series lo mejor del torneo y mostró cuadros dignos e interesantes, pasen o no a los octavos de final, como Suecia, Dinamarca, Senegal y Uruguay. Todos critican a Uruguay, pero ya me gustaría ver en los peruanos esa entrega charrúa como sucedió ante Francia. Ellos juegan con lo que tienen, Argentina con lo que puede, Inglaterra como se lo ordenan y Francia contra las fuerzas del destino. En un momento de tanta guerra en el mundo (y qué guerras: la
del Medio Oriente y del bombardeo a Afganistán después de
la tragedia de las dos Torres y el Pentágono), este mundial es
un canto a la convivencia, al humor, a la fiesta. Uno ve buenos encuentros
en la cancha y gente simpática en las tribunas. Quizá, debido
a la distancia, no han asistido todos los barristas bravos, pero lo que
vemos en ellos es una capacidad de cambiar de simpatías, ir por
uno o por otro, japoneses disfrazados de alemanes, coreanos que imitan
a los irlandeses. Los dueños de casa son gentiles porque no son
fijos en el torneo. Cuando Corea o Japón logran alzarse con una
victoria, lo celebran como si fuesen tercermundistas. El Japón
ha perdido tanto de su tradición, que encontramos jugadores de
todos los pelos pintados e, incluso, a una especie de Zorro. Es un mundial
que la gente no toma en serio. Inglaterra en Inglaterra tenía que
ganar; Francia en Francia tenía que ganar. Este es un excelente
mundial, porque como en el de México, los anfitriones son unos
patitas que solamente anhelan pasarla requetebién.
Y con ese ánimo vemos los partidos los peruanos, hasta que se nos infiltra uno de la localidad, y allí sí, como si nos bajaran del tren Bala y nos trepáramos a un micro, se nos sale toda la rabia, esa furia contenida, e insultamos, gritamos, le decimos de todo al árbitro por un partidito que el mundo ignora. Algo así como esas guerras africanas en que se sacan el alma las dos tribus y el resto del mundo les da la espalda. Y eso que en este Mundial los árbitros se parecen a los nuestros (le anularon dos goles a Italia, le cobraron un penal increíble a Brasil) y hubo sendos disparos que han remecido los parantes, el de Owen, el de Totti, el de Tanaka, que dan qué pensar, como si se jugaran a muerte. Y los partidos son a muerte, pero no una carnicería. La televisión, como si estuviese manejada por Vladi, resalta unos codazos de la pitri mitri, unos enganches, unas patas en alto, hasta que un mexicano, quién lo diría, se vio en la obligación moral de expulsar a Etienne Henry por una de esas faltas que para el Puma Carranza son pan de todos los días. Buena nota ésta del mundial. Afloja los nervios, cambia algunas costumbres familiares y nos dan la sensación de que los cinco continentes pudieran vivir en paz si se lo propusieran. Una especie de fair play, entre tanta bala y niño bomba.
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