Edición Nº 1726


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    ARTICULO

    20 de junio de 2002

    Escuchando Con Ira
    Una promesa incumplida, una privatización inoportuna y una serie de desatinos e innecesarias ofensas prendieron la protesta en el sólido sur. La dignidad de todo un pueblo fue herida.

    Viernes 14, Palacio Municipal de Arequipa.
    Instante en que se abren los sobres y se anuncia que Tractebel será el nuevo dueño de Egasa. Juan Manuel Guillén comienza a imaginar el bolondrón que se avecina. Lo rodean alcaldes distritales y provinciales de Arequipa que se sumaron a la huelga de hambre.

    Escribe PABLO O'BRIEN

    VIERNES 14: faltan seis horas para que se sepa quién será el nuevo propietario de las empresas Egasa y Egesur y el aeropuerto Carlos Rodríguez Ballón de Arequipa bulle de vida. Dos aviones aterrizan repletos de pasajeros y turistas. Un sol radiante y una nube de taxistas reciben a los recién llegados.

    En el taxi se percibe una inusual tensión. La radio dispara a todo volumen una sarta de ataques contra el gobierno. Los micrófonos abiertos sirven para que la indignación characata se desborde como ríos de lava. Sus blancos predilectos: el presidente Alejandro Toledo y el ministro del Interior Fernando Rospigliosi.

    Sin mediar conversación, el espontáneo taxista dispara primero: "¡Qué se ha creído ese Rospigliosi! Ha dicho que los arequipeños somos unos pordioseros, unos muertos de hambre. No sabe con quién se ha metido. ¡Ya va a ver!"

    Seis horas después la amenaza se convertiría en una trágica realidad.

    En la Ciudad Blanca los manifestantes que se oponen a la privatización provocaron los mayores disturbios que se recuerden en esa localidad desde el levantamiento ciudadano contra la dictadura de Odría en 1950.

    Ya en la Plaza de Armas, dos de los costados de su hermosa arquitectura colonial exhibían las primeras muestras de resistencia. En el frontis de la catedral los dirigentes del Frente Amplio Cívico de Arequipa (FACA), cumplían una semana en huelga de hambre. Al frente, en la Municipalidad, 27 alcaldes se negaban a probar alimento hasta que el Ejecutivo renunciara a sus apetitos privatizadores.

    En ese paisaje, los mozos que servían el desayuno -pan de tres puntas, jugo de papaya arequipeña y café cargado-, también descargaban su indignación contra el gobierno. "Toledo prometió que no iba a privatizar. Incluso firmó un documento. Y ahora que está en Palacio gracias a nosotros se hace el loco. Si privatiza, rapidito nomás le vamos a hacer recordar sus promesas".

     

    De una promesa electoral al estado de emergencia.
    Dos muertos, 150 heridos y cuantiosos daños materiales es el resultado preliminar de los violentos disturbios en Arequipa en protesta por la subasta de las generadoras de electricidad Egasa y Egesur. En mayo del 2001 el entonces candidato Toledo suscribió un compromiso de no vender ambas empresas. Y los arequipeños no lo olvidaron. Esta semana al cabo de tres días de violencia, el gobierno se vio obligado a decretar el estado de emergencia. Ahora el diálogo, aunque difícil, es la única salida.

    SE ARMA LA PAMPA

    A las diez de la mañana dos médicos medían la presión de los alcaldes huelguistas mientras la mayoría de éstos declaraban para radios y periódicos. La municipalidad era en esos momentos un centro de peregrinaje. Ciudadanos, sindicatos y representantes de colegios profesionales entraban al recinto para saludar a los huelguistas y solidarizarse con su lucha.

    Juan Manuel Guillén, expuso a CARETAS los motivos por los que se encontraba sin comer desde hacía tres días. "La indiferencia del gobierno. Eso es lo que me ha obligado a solidarizarme con los dirigentes del FACA. En más de una semana de huelga, el Ejecutivo no se ha tomado la molestia de llamarnos, ni abrir el diálogo. Además, aquí no estamos en contra de la privatización. Nos oponemos a la forma autoritaria en que el gobierno lleva adelante este proceso. El Presidente se comprometió a no vender y no ha explicado porque cambió de opinión. Arequipa está esperando sus razones, por qué de lo contrario esto es un fraude. Muchos votaron por él amparados en esa promesa".

    Minutos después de estas declaraciones, Guillén se acomodó al lado de sus compañeros de lucha para observar por televisión la subasta que se realizaba en Lima. La intervención del congresista Arturo Valderrama , quien se abalanzó sobre los funcionarios de ProInversión llenó de esperanza de los huelguistas. Sin embargo, la expectativa trocó en indignación cuando Ricardo Vega Llona declaró ganadora y nueva dueña de Egasa y Egesur al consorcio Tractebel.

    "¡Ahora sí Toledo se jodió! -exclamó alguien-, al tiempo que retumbaba el grito "Arequipa revolución-Arequipa revolución", una y otra vez en la municipalidad.

    Casi simultáneamente, unos trescientos manifestantes llegaron hasta la Prefectura de Arequipa armados de banderas, palos, fierros de construcción y piedras. Al grito de ¡prefecto traidor! arrinconaron a la veintena de policías que resguardaban el lugar rompiendo ventanas y puertas. El mismo grupo marchó luego hasta el Poder Judicial y destrozó sus ventanales. Después, bajó por la calle Santo Domingo propiciando el cierrapuertas de todo el comercio del centro de Arequipa.

    La presencia de las mujeres arequipeñas en la protesta fue mayoritaria. Levantaron barricadas y fueron las primeras en enfrentarse a la Policía.

    Como una tromba, la masa ingresó a la Plaza de Armas a paso ligero. En la vanguardia iban unos veinte manifestantes armados de piedras y fierros para enfrentar a la Policía. El pandemonium se había desatado.

    En minutos, levantaron los adoquines de la esquina de la Iglesia de la Compañía con la Municipalidad y desde allí iniciaron una larga refriega con la Policía, que sólo atinó a disparar bombas lacrimógenas. Ahí se produjeron los primeros heridos y desmayados.

    Un obrero trepó hasta la torre de la catedral, que aún muestra las heridas del terremoto del 23 de junio del año pasado, y lanzó las campanas al viento al arequipeñísimo Toque de Somatén o "llamado al pueblo". Durante tres horas las campanas, que en otros tiempos sacaban a los characatos de sus casas con fusiles y bandoleras para iniciar una revolución, convocaban más gente.

    A esa misma hora -1:20 p.m.- las declaraciones del Presidente ante la Cámara de Comercio Peruano-Norteamericana, pusieron a Arequipa en pie de guerra. Bastó que Toledo dijera que continuaría con las privatizaciones "aunque se me alborote el gallinero" para que la frase fuera reproducida por todas las emisoras de la ciudad.

    Los vecinos del centro histórico -incluso se vio a niños-, continuaron levantando barricadas con adoquines y sillares. Un grupo de viejitas con escapularios de la Virgen de Chapi prendidos al pecho, quemaba colchones en medio de la calle Villalba despotricando contra el gobierno. Simultáneamente, en los barrios populares y pueblos jóvenes que circundan Arequipa los pobladores cerraron calles y avenidas. Y se enfrentaron a la Policía.

    A las cuatro de la tarde, el centro era un humeante campo de batalla. Los más violentos y exaltados devastaron el local de la Sunat, las principales sucursales bancarias y arrancaron de cuajo las cabinas telefónicas. Las bombas lacrimógenas caían como granizo y el límpido aire serrano se volvió irrespirable.

    Ministro Fernando Rospigliosi: sus previsiones fueron ampliamente rebasadas por la multitud. Der.; Todas las cabinas de la ciudad fueron destruidas

    Los manifestantes cansados e intoxicados tras varias horas de lucha partían a su casa, pero eran reemplazados por otros. Llamaba la atención la gran cantidad de mujeres involucradas en la protesta.

    Cayó la noche y las barricadas crecían a la luz de las fogatas. Unas dos mil personas se concentraban en la Plaza de Armas y resistieron durante toda la noche las embestidas de la Policía.

    El sábado, un gigantesco mitin cubrió más de la mitad de la plaza, mientras que unos 4 mil manifestantes cercaban el aeropuerto. Una radio local azuzaba a la población. ¡Están llegando 250 Dinoes! ¡Tomen el aeropuerto!, bramaba un locutor enardecido. Al día siguiente, las cosas empeoraron. Por la noche, a pesar de que se declarara el estado de emergencia, las barricadas continuaban levantadas y camino al aeropuerto muchos bebían licor. Absolutamente ebrios los revoltosos entorpecían el tránsito por la avenida Aviación, que lleva al aeropuerto.

    Un gobierno no declaraba un estado de emergencia producto del descontrol ciudadano en varias décadas. La última que se recuerda es en 1977, durante el gran paro que obligó a los militares a devolver el poder. En los ochenta y noventa se vivieron situaciones similares, pero propiciadas por escaladas terroristas.

    Loret de Mola llegó la noche del domingo. Se encerró en la Tercera Región Militar -y hasta allí llamó a lo dueños de los medios de prensa, pero ninguno asistió-. Se reunió con el estado mayor arequipeño y aseguró que la calma volvería en poco tiempo. El toque de queda entró en vigencia y si bien las calles se despejaron de gente, las barricadas se mantuvieron en pie.

    Al día siguiente, la vía al aeropuerto luego de tres días fue abierta a medias. La ciudad amaneció fuertemente resguardada. Patrullas mixtas del Ejército y la Policía se acantonaban en lugares claves.

    Finalmente el aeropuerto se reabría, pero los turistas que habían dormido tres días en el lugar despotricaban a los cuatro vientos. Un brasileño que durante horas se la pasó maldiciendo desde los incas hasta Pizarro, pasando por San Martín y todo lo blanquirrojo que recordaba, sólo se tranquilizó cuando Ronaldo anotó el segundo gol contra Bélgica y cuando desde los parlantes del Rodríguez Ballón se anunció la reanudación de los vuelos.

    La normalidad en la ciudad, sin embargo, no volvería mientras el primer avión despegaba rumbo a Lima; los arequipeños se enfrentaban furiosamente a los militares en los barrios de Miraflores, Mariano Melgar y la Plaza de Armas volvía a ser un campo de batalla.


    Era un Boy Scout
    Edgar Pinto (30) fue el primero en morir.

    Pinto era estudiante de agronomía en la UNSA. No tenía antecedentes políticos

    AL cierre de esta edición, las manifestaciones en Arequipa estaban a punto de cobrar su segunda víctima. Fernando Talavera Soto era trasladado en la tarde del martes 18 al Hospital Honorio Delgado con pronóstico grave. Horas antes, Edgar Pinto Quintanilla (30) moría luego de tres días de agonía.La causa según la necropsia, una hemorragia craneal producto del golpe de objeto contundente. Una bomba lacrimógena, según los dirigentes de la protesta, y una piedra de acuerdo a los funcionarios gubernamentales.

    Ambas víctimas eran arequipeños de pura cepa, estudiantes de Ingeniería Agronómica de la Universidad Nacional San Agustín y no registran antecedentes policiales.

    45 minutos antes de ser herido, estuvo almorzando con su padre, Angel Pinto Zegarra y su hermano menor, Cristhian. Edgar, luego se dirigió a la SUNAT para pagar los impuestos de su negocio, según cuenta su hermano.

    Aunque el gobierno ha querido mostrar a Edgar como un violento, su historia personal desmiente por completo esta afirmación.Era un buen muchacho, estudiante e instructor del grupo Boy Scout del Colegio Neptalí Valderrama Ampuero. Sus compañeros le llamaban Chabelo y sostienen que era un líder carismático y bonachón.

    La segunda víctima, Fernando Talavera Soto, -al cierre- era declarado muerto cerebral. Fue herido el martes último por una bomba lacrimógena mientras las conversaciones entre la comitiva del gobierno y las autoridades arequipeñas se entrampaban inexplicablemente. (Paola Miranda).

     

     


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