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Edición Nº 1727 |
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COMISION DE LA VERDAD
GRACIAS a las Audiencias Públicas de la Comisión de la Verdad concluidas el pasado sábado en Lima, todo el país se enfrentó a los demonios cuya existencia muchos trataron de negar. Algunos sectores políticos, de prensa, fuerzas armadas y, como se esperaba, representantes de la subversión, vienen tratando de minimizar la importancia de las Audiencias. Pero lo que logró la maratón de seis sesiones -que es la punta de lanza de un total de 6,200 testimonios- no tiene precedentes. La Comisión demostró que la diversidad del Perú no significa únicamente riqueza cultural o, en el mejor de los casos, diferencias sociales. Expresa también el cruel olvido al que han sido sometidos algunos de los personajes que con tanto coraje siguen adelante luego de la terrible suerte que les tocó vivir a sus familiares o ellos mismos. La catarsis no se produjo sólo para ellos, sino que también afectó a todos los peruanos. Para Salomón Lerner Febres, presidente de la Comisión, "sabíamos que en estas jornadas oiríamos hechos dolorosos, repulsivos e indignantes. Y sin embargo, estoy seguro que ustedes, igual que nosotros, los miembros de la Comisión, habrán sentido en estos días qué limitada, qué tímida e inocente resulta nuestra imaginación frente a la capacidad de violencia y crueldad, ante el desenfreno autodestructivo que hizo presa de nuestra patria en aquellos años". ¿Qué produjo esa carnicería? Para Lerner la raíz está "en el empobrecimiento de nuestra cultura cívica, en el rebajamiento de nuestros criterios de exigencia moral, en nuestra tolerancia hacia la prepotencia, el abuso, el cinismo, la hipocresía que ha infectado nuestros espacios de diálogo público". Detrás de todo, una cultura autoritaria -tanto desde el dogma terrorista como en el lugar común que dice que el Estado debe echar mano de cualquier medio para conquistar el orden público- que acabó con las instituciones que no estuvieron a la altura de las circunstancias durante los años de barbarie. Quienes agitan la permanente tentación del retorno autoritario deben recordarlo. Y los encargados de mantener el necesario orden democrático están obligados a saberlo muy bien.(E.CH / L.F.G.)
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