Edición Nº 1727


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    ARTES & ENSARTES 27 de junio de 2002
    Por LUIS E. LAMA

    El Centro del Centro

    EN junio, el Centro Mundial del Arte se encuentra en Alemania. En Kassel está la Documenta, el blockbuster de cada lustro. Allí los bienalitas internacionales merodeaban toda la ciudad para dejarse ver. Son los mismos que se pueden encontrar en Sao Paulo, La Habana o Venecia. La fiesta de inauguración, que debió reunir a todas las lentejuelas de Europa, constituyó un deslumbrante desmadre cuyo costo estimo superior a todo el presupuesto de la Bienal de Lima. El director general, Okwui Enwezor, no apareció por ninguna parte. En su lugar, recibía a los invitados el inefable Jorge Glusberg, quien lucía cola de caballo y veinte kilos menos, ocupando un puesto de portero que no le correspondía. Estaban los mismos curadores internacionales que forman parte del jet set, los artistas del jet lag y perplejos tercermundistas, como mi hijo Diego y yo.

    La Documenta es un espectáculo espléndido con las grandes estrellas del mainstream compartiendo espacio con algunos meteoritos del agujero negro. Es un evento del centro para el centro y si hay artistas de la periferia su residencia es central. Por ejemplo Alfredo Jaar (chileno) vive en Nueva York; Tania Buguera es cubana y radica en Estados Unidos; Luis Camnitzer, que se dice uruguayo, vive en Nueva York. Felizmente allí no estaban Kcho ni Tunga, pero sí Mona Hatoum, Annette Messenger, y la abuelita Louise Bourgeois, que nadie se explica qué diablos hacían allí, salvo el marketing que sus nombres representan.

    La Documenta estaba repleta de videos, proyectores, computadores, slides, películas, etc., que la convertía en una suerte de almacén de Hiraoka con las dimensiones de Metro. Para los amantes de la pintura sólo estaban el venerable León Golub de Chicago, Luc Tuymans, quien debe de vender muy bien a pesar del vacío de su obra, y otros dos pintores que tuvieron la suerte de pasar inadvertidos. Cuatro obras fueron las más importantes: Un video de Steve Mac Queen sobre los mineros africanos, la instalación de 24 videos hecha por Chantal Akerman sobre la migración mexicana a Estados Unidos, la doble proyección de Shirin Neshat en torno a hombre, mujer, naturaleza y violencia. Y, finalmente, la emotiva performance que hizo en el Teatro del Estado, William Kentridge de Johannesburgo.

    En Frankfurt, la Manifesta 4 era otra cosa. Mucho más modesta en escala, con un aporte de sólo 1,300.000 dólares de parte del Estado, esta Bienal fue creada para favorecer a las ciudades menos privilegiadas de Europa. Si terminó en Frankfurt fue porque ninguna de las ciudades precalificadas estaba en posibilidades de enfrentar este gasto. La Bienal tiene un carácter absolutamente europeo, y si Fernando Bryce se encuentra participando -en mi opinión lo mejor de allí- se debe exclusivamente a su residencia berlinesa y, por supuesto, a la calidad de su obra. De dimensiones y pretensiones menores a la Bienal de Lima, la Manifesta 4 tiene un interés superior a la Documenta para aquellos que no miran a las estrellas, sino, más bien hurgan la tierra para analizar lo que está emergiendo.

    De Frankfurt a Colonia son dos horas y media en tren, pero el recorrido valió la pena para meterse en el Ludwig y pasarse el día en el Museo viendo los videos de Matthew Barney, el artista norteamericano que me resulta de mayor interés. Sus cinco obras tienen el título de Cremaster, músculo que permite levantar el testículo izquierdo. Barney supera los extremos de Cronenberg y del Cyberpunk, rompiendo los límites de la "nueva carne", para proponer una visión revulsiva del cuerpo humano en una sesión maratónica pero también hipnótica e irrespirable. Pero, ay, en las 9 horas lacanianas nunca excedimos los 10 espectadores en el interior del amplio anfiteatro.

    Sobre Barney habría que decir que nunca antes un artista había hecho -metafóricamente- una crítica tan feroz al sistema del que forma parte. Y quizás, allí radique la trampa. Cremaster 3 ha debido tener un costo no inferior a los 10 millones de dólares y está destinado básicamente a su exhibición en museos, fuera del circuito tradicional de cine y del alquiler de videos.

    Esto significa un sistema de producción y distribución de escasos precedentes, pero que forma parte de todo el juego de financiación, marketing y consumo en el que hoy se mueve el arte del centro.

    Barney es capaz de llegar hasta la náusea y regocijarse con la mierda. Para respirar después sólo quedaba fugarse a la mítica Berlín. Allí comienza otra historia.


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