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Edición Nº 1727 |
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Por
FERNANDO VIVAS
NO existe un complot para controlar los medios. Tampoco un complot de los medios para derrocar a Toledo. Lo que hay es la peor relación imaginable que un gobierno democrático haya podido establecer con la libertad de expresión. Por eso, en el clímax de cada crisis, el poder y la pantalla suelen desearse lo peor. Presiones indebidas de un lado, malicia exacerbada del otro. En prensa, la verdad manda (y no el poder como quiso creer Fernando Rospigliosi por una temporada) y las encuestas son una aproximación a ella (aunque Eliane Karp maldiga y chille lo contrario). Así que, a pesar de la compasión y el miedo, las dos razones universales de la autocensura, hay que anotar errores gobiernistas. También se anotan aciertos pero lamentablemente son noticia secundaria para el público que ha enganchado con el thriller del desmadre toledista y pide una de dos: un pronto desenlace o un giro radical. Esto es difícil de comprender para un Presidente que transfiere sus culpas a los medios y se niega a leer lo evidente: su palabra y sus gestos se han devaluado a tal punto (15.7% de aprobación tras el arequipazo según Datum) que su presencia y gestualidad desvalorizan hasta las acciones de gobierno positivas. Un ejemplo: el lanzamiento de Agrobanco el lunes 24, entidad de apoyo crediticio al campo deprimido, se hubiera visto mejor, como tantas otras inauguraciones una vez que empezó el descenso toledista, en manos de la autoridad del rubro. La buena noticia dada por el ministro Alvaro Quijandría, al estar flanqueada por la soberbia retórica del Presidente y por la cara de pocos amigos de la Primera Dama, tuvo sabor a revancha mazamorrera contra Arequipa, a bronca palaciega, a nota forzada. Para el Perú éste es el mundial de los autogoles. Los titulares lo demuestran. Con un gabinete pluralista, las fuerzas opositoras comprometidas en reuniones de concertación y una política económica apoyada por la prensa más influyente; no había demasiado que temer. La crítica mediática se ha concentrado en el desastre político. O sea, no estamos en Venezuela donde el populismo autoritario de Hugo Chávez choca frontalmente con el deschavado liberalismo de sus medios; estamos en el Perú de Toledo y de sus panakas agrias que se bronquean entre sí dando pasto a la prensa. Y de amigos de la oportunidad como Salomón Lerner Ghitis, pillado chantajeando a Moisés Wolfenson, dueño de La Razón y uno de los sinvergüenzas que puso la prensa amarilla al servicio de Montesinos. Los Wolfenson, como Schütz o los Crousillat, son indefendibles, pero la libertad de expresión de La Razón, periódico sibilino e hipócrita, cuya línea editorial se reduce a golpear al gobierno y a la lucha anticorrupción es defendible de censuras políticas, mal nos pese. Pocos o nadie le harían caso; es más, quizá no existiría si el propio Toledo no hubiera negociado el apoyo de sus dueños en la campaña electoral como también negoció el de los canales corruptos. El fujimontesinismo fue un fantasma ideológico para justificar vacíos e indecisiones políticas; cuando en realidad, si lo había, era un ánimo de corromperse ante el poder que lo solicitara. Lo solicitó Toledo, pero ese trato, en democracia débil y con una población amarga, no podía llevar a nada bueno. La fórmula toledista de canje de apoyo por blandurria judicial tuvo un gran aliado político en Fernando Olivera (ver "La pantalla de Popi" en CARETAS 1689). Como ministro de Justicia estaba al tanto de cada proceso y soltaba primicias sobre la corrupción pasada a quienes se le acercaban. Pero en octubre del 2001 cayó en desgracia al soltar el vídeo de Schütz y exponer las cuitas del Presidente con el dueño de Canal 5. Además, la noticia se desplazó del proceso de la corrupción a la marcha del gobierno, tema que él no dominaba pero sí Roberto Dañino. Hacia noviembre, el lío de las licencias revocables mostró la muñeca mediática del premier (ver "La pantalla de Bobby" en CARETAS 1705). Apoyó la medida cuando parecía briosa pero tan pronto la percibió inviable la abortó ganándose la confianza de los medios en problemas. Sus gestiones fueron paralelas a las de Lerner, Javier Rachitoff y Jean Pierre Dewerpe, amiguetes del Presidente en tan delicada materia mediática. A estas alturas la fórmula no asegura nada. El Presidente no tiene suficiente autoridad para infundir temor ni suficiente credibilidad para hacerse la víctima. El proceso a la corrupción debe seguir sin amenazar la libertad de ningún medio, menos la de Correo y Ojo, implicados nerviosamente por Anel Townsend en las conclusiones de su comisión investigadora de la corrupción montesinista. La familia Agois, aunque las acusaciones que la comprometen se basen en declaraciones de colaboradores de Montesinos que están negociando beneficios judiciales con el gobierno, tiene mucho que explicar por su media tinta durante la década pasada. Pero los periodistas de sus medios no tienen que actuar en función de presiones ni temores. Que sigan los titulares.
Escribe GIANCARLO CAPPELL0
Cuando uno se enfrenta a la señal abierta
tiene la sensación de que ve programas repetidos: dimes y diretes
de un lado para otro, al día siguiente una estocada por respuesta
que genera buenos ráting, la fórmula se repite y los egos
se agigantan, el asunto se vuelve un lío personal sin roche de
ser ventilado y si a eso le agregamos los 20 ó 23 personajes que
rotan en todos los sets de todos los canales, hay que dar gracias porque
existe el cable. Después de sumar y restar, salvo el esfuerzo generoso
de TNP (que con un poquito de imaginación y ganas de arriesgar
podría redondear la digna faena) y el paréntesis que por
estos días nos ofrece el Mundial de Fútbol, hacer zapping
por la señal abierta puede resultar bastante ingrato. Si uno comete
el descuido de quedarse mucho tiempo en un programa puede llegar a sentirse
burlado, subestimado, atarantado. Yo me quedo con Mundo, con Cinemax,
Cinecanal, con HBO y las noticias. El entretenimiento fuera de esto es
un híbrido de mal gusto sostenido en el escandalete... pero da
ráting, pues, eso vende. Yo no creo que la gente vea lo que ve
sólo porque no hay otra cosa. También la tele produce lo
que la gente quiere ver. Que alguien nos enseñe a querernos un
poquito más. El Encierro de Gisela
No podíamos sustraernos al boom del
Gran Hermano, el de las envidias, celos, estrés y todas las emociones
que pueden hacer presa de NNs competitivos tomados de rehenes televisivos
por varias semanas. Y a la vez es un concurso sensacional donde gana el
más sincero y pierden, si la audiencia no se chupa el dedo, los
más figurettis e hipócritas. Es ¡el show! de la nueva
televisión, aquí y en cualquier parte. Pero, siendo insolventes,
lo vemos a medias, pirateado por Gisela y Guillermo Guille porque escasean
los recursos para comprar la franquicia. Claro que lo han hecho cambiándole
algunas reglas en relación al original gringo y bautizándolo
"La Casa de Gisela" para que no los acusen de plagio. En fin, nuestros
televidentes han enganchado con el descarte de personajes y ahora, del
octeto inicial, queda un par de varones que se tienen que llevar bien
o mal según mande la idea de TV que tiene cada uno. En esta rica
fórmula cada concursante y cada televidente cranean su propio show,
virtual y real. Ojalá venga una segunda temporada de ley, sin recortes
ni coartadas. Suerte a los dos.
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