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Edición Nº 1728 |
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¡Santo Cielo!
Escribe MARCO ZILERI EL director mundial de la Agencia para el Desarrollo Internacional de los Estados Unidos (USAID), Andrew Natsios, es un bicho raro. Es un alto jererca del Partido Republicano en el estado de Massachusetts, la tierra de los Kennedy, ni más ni menos, y no sabe ni papa de la historia contemporánea peruana. Tampoco es que se le pueda culpar. Natsios tiene bajo su responsabilidad 72 misiones de USAID en 82 países en el mundo. El presupuesto anual es de US$ 8,000 millones. Todos los días, a las 8.30 a.m., despacha con el secretario de Estado norteamericano, Colin Powell. CARETAS lo acompañó la semana pasada al Alto Huallaga, en una visita relámpago a la capital de la coca -y de la cocaína- del país, y uno de los epicentros de los programas de desarrollo alternativo que financia la USAID. El programa en el Perú es el cuarto más grande de USAID en el mundo (US$ 161 millones para el años 2002). Fueron parte de la comitiva Nils Ericsson, ex ministro de Agricultura (1980-1983) y actual director ejecutivo de ProVida (ex Contradrogas), Adolfo Franco, administrador adjunto para América Latina y el Caribe de USAID, Patricia Buckles, flamante directora de USAID en el Perú, Ken Yamashita, su director adjunto, Peter Deinken, subdirector para cultivos alternativos de la agencia y Guido Chirinos, de Prensa de la Embajada de EE.UU. La primera escala del tour fue al molino de AgroNegocios en Tarapoto. La empresa, en convenio con la la Caja Municipal local, viene ofreciendo crédito a sus proveedores. Sorpresa. Y es que el molino se ha convertido así en una de los escasas fuentes de financiamiento para el agro en la región. Y le va como cañón.
A pesar de que un paro agrario había entrado en rigor ese día en el departamento -los campesinos pitean por el colapso en el precio del arroz- el molino estaba trabajando a toda máquina. CARETAS registró aquí el siguiente diálogo: NATSIOS. ¿Cuántos de sus proveedores son pequeños agricultores? GERENTE. Un 95 %. NATSIOS. ¿Qué? ¿Hubo aquí una reforma agraria? GERENTE. Hace 30 años, señor. NATSIOS. ¿Fue Mister García? El director de USAID es un hombre de pocas palabras, preguntas concretas y de ojos grandes y expresivos, los mismos que se fueron agrandando con el paso de las horas. El Hotel Las Palmeras fue la siguiente escala. Tres helicópteros de la Policía Nacional aguardaban en los jardines. Los copilotos eran gringos. Destino: el pueblo de Picota. 20 minutos más tarde la comitiva aterrizó en la cancha de fútbol local. El alcalde provincial, Neyro Delgado, recibió a los visitantes con banda de música y tono. Aquí, la comitiva presidida por Natsios visitó el proyecto para abastecer de agua potable a seis anexos de la provincia, obra que consiste básicamente en construir un canal de 18 km a partir de la planta de tratamiento. La obra cuesta S/. 3 millones. USAID ha puesto S/. 1.2 millones. Los pobladores, la mano de obra. Estaban presentes en Picota varios alcaldes de la Asociación de Municipalidades de la Región San Martín (Amresam). La Asociación agrupa a los 77 alcaldes del valle del Huallaga. Desde 1996, Amresam también recibe partidas de USAID orientadas al fortalecimiento institucional democrático. Natsios indagó. NATSIOS. ¿Qué saben de USAID? ¿Es una ONG o una
agencia del gobierno norteamericano?
ALCALDE. Es del gobierno norteamericano. NATSIOS. Bien. ¿Cuál va a ser precio del agua? ALCALDE. S/. 8 soles al mes. NATSIOS. ¿Habrán disputas con los anexos aún no beneficiados? ALCALDE. No. Sólo quedan dos anexos por atender en la otra orilla del río. Oteó el horizonte. El alcalde se refirió al Huallaga, el enorme río que ahora discurría plácidamente frente al pueblo, hecho un corderito, aunque hay que verle la entraña cuando viene de crecida. Al poco rato, con danzas y jugo de coco, discursos y diplomas, Picota despidió a la comitiva hasta el pie de la cancha de fútbol, de donde ésta volvió a alzar vuelo con gran estruendo. Destino: el insólito cañón del Monzón, en el corazón del Alto Huallaga. Desde el aire se apreció con nitidez el mosaico de chacras -usualmente ralas e informes- a ambas márgenes del caprichoso derrotero del Huallaga y sus afluentes, el universo enclaustrado de las cochas amazónicas y la magnitud de la depredación en las laderas cordilleranas. En cuestión de una hora se sobrevoló Juanjuí, Tocache, Aucayacu, la Base Policial de Santa Lucía y otros hitos urbanos que han poblado las crónicas rojas de la prensa en las últimas décadas. A diestra y siniestra las laderas exhibían las cicatrices de la siembra de coca. En más de una cañada, los desgarros de una marcada descertificación de tierras rojas. Y, a lo largo de toda la ruta, troncos desperdigados como palitos de fósforos y columnas de humo de la tala y roza incesante. Sólo la perfecta cuadrícula de 8,000 hectáreas de palma aceitera de la empresa Palma del Espino en Santa Lucía ofrecieron un respiro de continuidad en este desconcertante hinterland tropical. Un tercio de las 34,000 hectáreas de coca a nivel nacional se cultivan en el Alto Huallaga. Hace unos pocos años, eran miles más. El colapso del precio de la coca desalentó la producción nacional. Se llegó a pagar entonces apenas 70 céntimos de dólar por kilo. Pero hoy el precio vuelve a repiquetear en tres dólares. Como en los peores tiempos. Girando hacia el oeste, nos internamos finalmente en el cañón del Monzón, un reducto hasta la fecha inexpugnable de producción cocalera. El pueblo no tiene más de cinco cuadras de largo por dos de ancho. La iglesia es celeste. Muchas casas lucen calaminas nuevas. Señal de aqui hay cash. Una pichanga que se juega en la cancha de fútbol, se suspende para ver pasar a los helicópteros. Las naves giran en U. Sobrevuelan a prudente distancia los caseríos en las laderas. En el Monzón los helicópteros suelen ser bienvenidos a balazos.
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