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Edición Nº 1728 |
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El Baile Brasileño
PENTAOPTIMISMO
Por ABELARDO SANCHEZ LEON EL quinto título obtenido por Brasil en el Mundial Japón-Corea nos hace pensar que la atracción del fútbol radica en su parecido con la vida. Pocos lo veían como campeón, pero quienes así pensaban olvidaban que las eliminatorias sudamericanas fueron una pesadilla para Brasil, pues todos sus jugadores militaban en Europa y estaban hartos de jugar contra Perú, Bolivia o Venezuela, en partidos de ida y de vuelta, además. Olvidaban, también, que Ronaldo no estuvo en las eliminatorias. El mundial, como la vida, les sonrió con la suerte y les tocó una serie relativamente fácil, que les permitió conocer (lecheros siempre) a Turquía, con la que se encontrarían en los cuartos de final. El árbitro le anuló un gol legítimo a Bélgica. Y de allí para adelante Ronaldo y Rivaldo ya eran patas, Lucio conocía de memoria a los alemanes y Luis Felipe Scolari le demostró al mundo que si Romario hubiese sido convocado a la selección hubiera sido un gran problema por su engreimiento, la lucha vanidosa contra Ronaldo y Rivaldo, y se hubiese comportado casi como Maradona en el '94. El happy end brasileño demuestra que si la vida te sonríe, aprovéchala, pero aprende en el camino a no cometer errores y seguir lo que tus instintos te dictan. Scolari siguió sus instintos, como si fuese poeta, se la jugó en sus escasas certezas, certezas al fin y al cabo, y todo le salió como a pedir de boca. Alemania, en cambio, pagó caro el hecho de no poder salir de
su libreto. Cuando una persona o un país tiene un libreto internalizado
a fuego en las entrañas, difícilmente puede optar por otro
a mitad de camino. Imagino que se trata de una sociedad donde todo está
establecido, donde las reglas no tienen excepción, donde los carnavales
son eso, carnavales, con un inicio y un final fijo, y fuera del carnaval
Alemania sigue siendo Alemania for ever end ever, por los siglos de los
siglos, felices o no, nunca se sabrá, pero son así. Y así
le jugaron a Brasil. Serios, muy serios, tomándose todo a pecho,
jugando bien y pudiendo ganar, pero en el fondo los brasileños
-ese maravilloso país que ríe y baila, que no frecuenta
sicólogos y hace el amor cada vez que le provoca -lo sacó
del cuadro y les mandó cartas inéditas a través de
las proyecciones de Lucio o las subidas de Gil Roberto y de otros nombres
opacados por las figuras luminosas de Roberto Carlos, Cafú, Rivaldo,
Ronaldo (y todavía Romario quería que le hicieran un sitio
en el paraíso). Alemania siempre dice: si tenemos buenos jugadores,
campeonamos; si no, salimos segundos. Es un país con un sistema,
una trama, una infraestructura, un estilo. Sabe que Brasil los va a sorprender,
que saca conejos de la manga, que se arriesga a que cada uno indague en
lo más profundo de su inspiración, porque mientras Alemania
cree en la ciencia el otro lo hace en la macumba. Claro: Brasil no es
solamente favelas (aunque de allí provengan los futbolistas) sino
también es Sao Paulo, tiene su toque de Río y tiene su gran
colonia japonesa y alemana. Brasil es la suma. Es grande, enorme. Brasil
se quiere, se piensan buenos y se consideran lindos y lindas. Alemania
puso al final de la final al africano nacionalizado como para decirle
al mundo entero, ni crean que somos puro blancos, también aquí
hay un toque tercer mundista. Pero lo hizo tarde y por gusto, porque nadie
les cree.
Blatter, el polémico, ha ganado un punto con este mundial: ha introducido el fútbol en Asia, el continente más poblado del planeta, ya no tan pobre. Corea y Japón son sus cuñas de avanzada y va a expandirse en áreas antes no tocadas por la magia del balompié. Con este giro, en el cual se incluye a Africa y a los Estados Unidos, América del Sur ve amenazada su presencia, a pesar del título obtenido por Brasil. Los torneos sudamericanos son cada vez más pobres porque pertenecen a sociedades empobrecidas; los torneos Mercosur y Merconorte dan lástima. La Copa Libertadores, con tanto cuadro mediocre, pasa casi desapercibida. Nunca imaginamos que una Copa Libertadores se jugaría en el Miguel Grau del Callao o en el San Martín. América del Sur debe despertar de su pesadilla mediocre, dejar que las Cumbres regionales desemboquen en tareas precisas y no sean solamente cenas de gala de una clase política cuestionada en todos los países de la región. Si de algo ha servido este mundial, es para hacernos saber lo retrasados que estamos. El Perú, en todo caso, con su vándalos y su torneo para nada competitivo, corre el riesgo de parecerse al planeta de los simios. Nada que rescatar, de allí la furia de una juventud que sabe que no está en capacidad de patear una pelota.
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