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Edición Nº 1730 |
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Por
FERNANDO VIVAS
MAGALY Medina y Ernesto Pimentel se amistan para poder bronquearse mejor y picar a Beto: la teoría del conflicto hay que dar un marco teórico a estos intelectuales del tubo- es la clave del rating, del prestigio y, de rebote, del cariño de la gente (los dos me parecen de lo más bancables, salvo Magaly cuando pega con prejuicio y sin humor y Ernesto cuando se pone grave y autobombástico). El positivo y la negativa, la noble Chabuca y la pérfida Urraca, pelean jactándose de ideas y actitudes frescas; sin embargo ambos asumen sus arquetipos de bueno y mala con la misma docilidad televisiva que los caracteriza en última instancia, con sus egos todoterreno que les permiten cruzar baches y charcos en los que otros perderían el alma. Saben que valen más que sus programas y pueden cubrir secuencias enteras simplemente hablando sin parar; pero viven y sobreviven para el medio, para los dueños, para el titular amarillo y el minuto a minuto. Se computan comunicadores conceptuales, gente que piensa y se cultiva, pero en el fondo se saben criaturas paranoicas y ordinarias. Son estrellas que chisporrotean. En cambio hay otros, quizá menos populares y más noicos, que se jactan del intelecto en el mismísimo set de sus dislates. Por ejemplo, Cecilia Valenzuela, en su "Entrelíneas", llevó al filósofo arequipeño Pablo Quintanilla a hablar de ética y política en el caso Zaraí. La entrevista fue un despropósito, el hombre se declaró desarmado ante el relativismo del bien y del mal, le pareció imposible definir dónde termina lo privado y dónde empieza lo público, confundió junto a su entrevistadora a Carlos Fuentes con Octavio Paz y, para remate, afirmó que no se puede decir que Toledo haya mentido pues no hemos visto aún su ADN (como si prometer en vano hacérselo no fuese ya un engaño). ¿Para qué diablos sirve la filosofía? La entrevista fue lo de menos; lo mejor fue la arenga cultural con la que Valenzuela despidió a su invitado, sin importarle su floja performance: "Hay que traer a la televisión a filósofos, a la gente que piensa en este país". Me declaro en guardia frente a esta mistificación de los intelectuales que quiere vendernos la especie de que la inteligencia es exclusiva de ciertas profesiones, una suerte de patente de corso para aplaudir sin chistar ni entender, casi una categoría social de alcurnia. O sea, la gente que piensa, la GQP, sería una extensión intelectual de la GCU, con permiso de la China Tudela. Naranjas. La inteligencia es privativa de todos y de nadie. Es un bien escaso en la TV, supongo que sí, pero si queremos elevar sus índices, más importante que forzar el encuentro de intelectuales con un medio al que miran prejuiciados; es exigirla a cada uno de sus conductores. Esto de la GQP y la pantalla nos debiera llevar de bruces hacia Marco Aurelio Denegri. MAD no pudo resistirse al entusiasmo con que el cineasta Antonio Fortunic le contó el argumento de "Un marciano llamado deseo" y aceptó hacer un pequeño papel interpretándose a sí mismo, algo así como Bela Lugosi en las películas de Ed Wood. No puedo ver a MAD sino es con tolerancia y simpatía por su aureola de freak de la cultura y por esa carraspera filosófica con la que pronuncia, frescazo en su set de Canal 7, esa letanía de que la TV es puro efectismo que nos conduce irremediablente a la bajura y al embrutecimiento. Vamos, si le quitáramos sus lisuras, sus cuentos sobre sexo, su malhumor y su flamante filmografía, o sea, sus efectismos ¿qué nos quedaría?: Un respetable e inteligente señor al que se le pasó el carro. Pero a MAD no se le ha pasado nada, ha tomado su combi zarrapastrosa y a punta de rajes, provocaciones y contradicciones, nos ilustra y divierte. ¡MAD es del pueblo, no es de la GQP!. Sonamos con la GQP en el poder. El flamante primer ministro Luis Solari sería uno de sus miembros prominentes y hay que oírlo hablar del Perú reprimarizado, superpuesto y en vías de desarrollo sostenido, porque todo el mundo lo sabe, háganme caso, sí señor. En su discurso la ética suele anteponerse a la política y ello no es malo (aunque nos gustaría conocer el pensamiento religioso que hay detrás). Pero su autosuficiencia y su displicencia ilustrada por las razones ajenas sí entrañan un verdadero problema de comunicación. No lo piense mucho Dr. Solari, concierte y gobierne.
Escribe RODOLFO LEON
Veo poca TV. Los domingos son el día
que más tiempo le dedico al aparato, mayormente a través
del cable, buscando en Sony o Warner mis series preferidas ("Friends",
"Everybody loves Raymond", "C.S.I") o alguna buena película en
Film&Arts ("¡Inspector Morse!"), MGM o HBO. A falta de una película
o serie interesante mis alternativas favoritas son Discovery, A&E y el
History Channel donde siempre hay algo que vale la pena ver. Sin embargo,
un buen programa de cocina me detiene en cualquier canal y a cualquier
hora.
Encuesta y Medalla
La encuesta: La Veeduría Ciudadana
ha analizado noticieros y programas políticos, unas 1279 notas
entre el 15 de abril y el 12 de mayo, y ha llegado a conclusiones como
ésta: "Se deduce una línea opositora al gobierno asumida
por 2 canales principalmente, 5 y 4, menos por el 2 donde se da mayor
equilibrio político. La ciudadanía recibe así un
clima de confrontación sumamente crítica al gobierno, sin
nada alentador que resaltar", y a recomendaciones como ésta: "Requerimos
de un periodismo más independiente y cuidadoso del mensaje político,
más plural y propositivo". Salvando el loable empeño de
monitorear la pantalla, creo que los veedores han hecho suyo ese mensaje
toledista de exigir a los medios que pongan el hombro para ayudar a la
débil democracia y superen el larvado montesinismo que les excita
su cariño malo hacia el Presidente. Esa normativa oficiosa choca
con los fueros de la independencia y la objetividad y, sobre el fujimontesinismo,
pues hay que observar que en los últimos meses el 4 cambió
cabezas y el 5 algunas manos y la cosa sigue igual. Hay que superar pues
ese enfoque teórico que ve a la pantalla como una gran aguja hipodérmica
que inyecta lo que quiere a una población sumisa, sin considerar
que los políticos y los espectadores tambien deciden qué
noticia manda, y ciertos códigos de espectacularidad de la información
televisiva privilegian el conflicto y el protagonismo ciudadano sin que
eso signifique necesariamente que se quiera interrumpir la democracia.
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