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Edición Nº 1731 |
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DONACION
DE ORGANOS
SIEMPRE se ha dicho que los peruanos tenemos buen corazón. Que somos caritativos y ayudamos al prójimo. Sin embargo, en lo que va del año y sin que muchos lo sepan, una crisis de insolidaridad amenaza a 1300 compatriotas enfermos. Estos esperan un gesto vital desde los fríos pasillos de la mayoría de clínicas y hospitales. Cada día tres personas mueren por falta de donantes. La espera del órgano que nunca llegó se hizo demasiado prolongada. Una vez que médicamente se detecta la necesidad de realizar un trasplante, ya sea de corazón, riñón u otro órgano, lo más importante es hacerlo con la mayor celeridad posible, cosa que en el Perú muy rara vez ocurre. Pacientes en lista de espera, es decir, aptos para someterse a tal proeza científica pueden pasarse años, y los pasan, hasta que aparezca algún altruista voluntario. "Nadie se imagina lo que una sola persona puede donar. El corazón, los dos riñones, los dos pulmones, el hígado, el páncreas, piel, córneas, huesos, vasos sanguíneos... una infinidad de pacientes podrían beneficiarse sólo con un donante. Sin embargo, eso es precisamente lo que falta." Carmen Fajardo, directora de trasplantes de Essalud cuenta que el principal problema con el que lidian médicos, enfermeras y enfermos es con la ausencia de personas dispuestas a entregar sus órganos para otros. "Cada vez es menor el número de personas que se anima a ayudar. Cada vez es menor el número de trasplantes que se realizan. Esto es verdaderamente lamentable. La gente no es consciente de lo que puede hacer por los demás." La donación es un acto voluntario, solidario, que todos podemos realizar. ¿Qué mejor que poder hacer lo que esté en nuestras manos para salvar la vida de otro? Nada. Sin embargo, en nuestro país pareciera existir un gran rechazo a contribuir con la gente que depende inevitablemente del órgano de otra persona para poder vivir. Alvaro Llacsahuanga ha estado esperando 3 de sus 9 años a que
un buen día aparecería el riñón que tanto
necesita para seguir viviendo. No imaginaba que su salud empeoraría
tanto que tendría que volar de Piura para irse a curar a la capital.
Menos que el hospital al que llegó para ser atendido se convertiría
prácticamente en su hogar, que allí encontraría una
nueva familia y que hasta celebraría con ellos su noveno cumpleaños.
Ahora Alvaro y su padre, Mardoqueo, pasan todos sus días en el Rebagliati. El pequeño sometiéndose a su tratamiento habitual, más de 4 horas de diálisis, y el adulto acompañando a su hijo. Evaluando su desarrollo y esperando a que sea agosto para poder, al fin , realizar el trasplante. El le donará su riñón. Pero no todos tienen la misma suerte que Alvaro. La de tener una madre o un padre dispuesto a ayudar ante el acortamiento de los plazos. Según el doctor Miguel Camacho, director del área de trasplantes del Rebagliati, son dos las principales causas que explican la ausencia de donantes. La primera y más grande es la increíble falta de información que existe sobre el tema. Muchas personas no tienen ni siquiera idea acerca de lo que es un trasplante. No saben que éste es un tratamiento que consiste en reemplazar un órgano o tejido enfermo por otro sano proveniente de una persona sana. No saben que la operación que se realiza se hace con el máximo cuidado y respeto a la persona que va a ser intervenida quirúrgicamente. Una segunda causa es el rechazo familiar a aceptar que el ser querido ha fenecido. Muchos conservan la esperanza de que el diagnóstico médico haya sido erróneo y piensan que el doctor prioriza la donación antes de salvar al paciente, que realmente ya está muerto. (En el Perú la mayoría de donantes son cadavéricos, pacientes cuya actividad cerebral es nula pero que siguen respirando gracias a un ventilador que ayuda a que sus órganos sigan oxigenados.) Muchos doctores consideran que la tarea más difícil , antes de solicitar a los familiares la donación de los órganos, es explicar lo que significa una muerte cerebral. Pocos entienden y muchos se niegan a aceptarlo. La situación es crítica. El número de personas que necesitan un donante no tienen tiempo. Cada día que pasa lo agradecen con una sonrisa pero ruegan que llegue pronto el momento en que suene el teléfono y termine su larga espera. (Lorena Salmón)
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