|
Edición Nº 1731 |
|
||||||||||||||||||||||||
|
|
|||||||||||||||||||||||||
|
|
Utopía
Calcinada 3:09 a.m. Se produce la primera llamada de auxilio a los bomberos reportando un incendio. Minutos antes se había apagado la música dentro de Utopía. Un instante después se va la luz. 3:15 a.m. El reporte de actividad de alarma de Ace Home Center indica un fatídico "*FUEGO* - *FUEGO*". "Se envía móvil para verificar". 3:24 a.m. Llegan las primeras compañías. La seguridad del Jockey Plaza está alertada, sin embargo, los bomberos no reciben la ayuda necesaria para realizar su labor. 3:45 a.m. las llamadas no cesan. Padres, amigos, primos y emergencias. La tragedia recién estaba por conocerse. "En la ciudad de Utopía los techos de las casas están recubiertos de un producto no costoso que los hace resistentes al fuego... Todo se haya reglamentado y todos los peligros están prevenidos... Los utópicos suelen ejercitarse en la música. En sus ritos no ofrecen como sacrificio ningún animal... se limitan a quemar incienso y otros perfumes, y a llevar muchas velas, disfrutando con el carácter inofensivo de aquel culto" (Tomás Moro, 1516). Los habitantes de la república ideal que imaginó Tomás Moro en el siglo XVI están situados en las antípodas de la Utopía del empresario Percy North, de 27 años. Su discoteca, "la más exclusiva y segura de Lima", era un acorazado pero de material inflamable, no contaba con permiso municipal de construcción ni de funcionamiento, y allí los animales sí se sacrificaban, exponiéndose a las inclemencias del ruido, el humo y el aire acondicionado. En lo único que coincidían los utópicos de Moro y North, era en el culto a la música y al fuego. Para alcanzar el sueño de la discoteca ideal, North primero se asoció a Hugo García Salvatecci, con quien compró en el Jockey Plaza un terreno de 923 m2 donde levantó Utopía. Pero recién con sus nuevos socios Fahed Mitre, Edgar Paz y Alan Azizollahoff (ver recuadro), la discoteca empezó a sonar y a brillar. "Tenía todas las condiciones habidas y por haber para ser la mejor de Lima" -dice North. La pista de baile, por ejemplo, estaba recubierta de un piso `antiestrés' de caucho industrial: "si caía agua, ésta era absorbida y nadie se resbalaba, si se caía un pucho no se encendía". La estrategia de márketing consistía en organizar fiestas en base a temas determinados. Para la inauguración, dos meses atrás, los anfitriones y los bartenders vistieron kimonos y el trago y los bocaditos corrieron por cuenta de la casa. Pero el local no se llenó como se esperaba, así que se planearon temas más llamativos. Primero la fiesta `Cristal', caracterizada por la decoración con esculturas de hielo. Luego la fiesta `Sensuel', donde invitaron a las modelos más atractivas de Lima. Cuando le llegó la hora a la fiesta `Zoo', que incluyó cuatro felinos, un caballo y un chimpancé, la discoteca se había puesto de moda por lo que se habían repartido 3,200 invitaciones dobles, cuando la capacidad del local no debía exceder las 500 personas. Además coincidía con el vecino concierto de Los Prisioneros, que había vendido 23 mil entradas.
A eso de las 2:30 a.m. del sábado, Utopía estaba en su punto, no cabía un alfiler más. El ambiente era fellinesco. En medio de la música electrónica, y alrededor de una pista de baile abarrotada, los clientes se tomaban fotos con el chimpancé, los tigres rugían desde sus jaulas, y los bartenders, con los rostros pintados de cebras y felinos, hacían exhibiciones pirotécnicas por todos lados ante el asombro de despampanantes modelos como Laura Huarcayo y de figuras de la televisión como Jéssica Tapia, Raúl Tola y Papelito Cáceres. Entre los 1,000 asistentes también estaba Verónica Delgado Villarán, de 25 años, hija del ex congresista Delgado Aparicio. Ella había estudiado en el Villa María y trabajaba como secretaria de la Telefónica del Perú. Sus amigos escucharon que el fotógrafo de fiestas, Nesim Mubarack, con atinado ojo clínico, le había propuesto lanzarla como modelo y hacían las coordinaciones para realizarle una sesión de fotos. UNA LLAMARADA Hacia las tres de la mañana, cuando Ricardo Ferreyros, al lado de Fahed Mitre en la cabina del DJ, encendía un aerosol para iniciar una inopinada maniobra pirotécnica, la vida de 30 personas ya empezaba a extinguirse. Se empezaba a extinguir la vida de la propia Verónica Delgado Villarán, que iba a cumplir 26 años el próximo agosto. De Sandra Ceballos Menchelli, de 25 años, que al día siguiente no asistiría a su habitual voluntariado en el Asentamiento Humano ni vería casarse a su hermana en octubre. Se extinguía la vida de Orly Gonverof Helfon, de 22 años, que esa misma noche celebraba su graduación de la facultad de Ingeniería Industrial de la Universidad de Lima. De Silvia de la Flor Icochea, de 26 años, que también celebraba su graduación, con el primer puesto, de la Facultad de Economía de la Universidad del Pacífico. De Arturo Lecca Fuentes, de 30 años, y Daniela Feijó Cogorno, de 28, enamorados de ocho años que pensaban casarse pronto. Y también de Álvaro Sayán Hormazábal, de 24 años, sobrino de la actriz Chacha Hormazábal, y bartender experto en acrobacias ígneas que esa noche saldría y entraría varias veces a Utopía para rescatar gente hasta que su vida, valiosa ella, terminó de apagarse por completo.
Ferreyros cobró US$ 300 por su trabajo esa noche. En total, y hasta la fecha, fueron 30 chicos llenos de sueños, historias y planes como éstos los que no volvieron a salir vivos de la discoteca. Todos murieron envenenados. El personal no estaba entrenado para una emergencia. Ilusamente quisieron apagar el fuego con los tragos. Nadie dirigió la evacuación, no hubo un megáfono a la mano, no encontraron los extinguidores ni había una señalización adecuada de las puertas de emergencia. El caos se apoderó de Utopía. Y era un caos negro, producto de la combustión de la pista de baile de caucho, que en forma de monóxido de carbono envenenaba los pulmones de casi 1,000 personas. Cuatro minutos de respirar este veneno basta para matar a alguien. En medio del pánico corrió el rumor de que se habían escapado los leones. La gente se refugió en el baño, verdaderas cámaras de gases de las que nunca saldrían. A las 3:09 a.m. algún sobreviviente hizo la primera llamada a los bomberos. Mientras esto ocurría, Percy North, bañado y cambiado, iba de regreso de Utopía. Recordaba con gracia las fotos que se había tomado más temprano en la discoteca junto a la mona Carla. En el camino se cruzó con una caravana de camiones de bomberos que ingresaba al Jockey Plaza. Llamó por teléfono a uno de sus socios y le escuchó decir: "¡Se quema, carajo, se quema Utopía!" El último cadáver fue retirado de la discoteca hacia las cinco de la mañana. ALERTA Y BONETON El fuego que provocó la muerte de las 30 personas tuvo lugar en sólo 6 m2 del total de 1,221 m2 de área construida de Utopía. Así de mortal resulta cederle un espacio mínimo a la negligencia. Y tratándose de un Centro Comercial, lo del Jockey Plaza pudo haber sido aún peor, pues las tiendas y autos generan incendios en cadena. El año pasado en Luoyang, China, una discoteca -también sin licencia- se incendió provocando la muerte de más de 309 personas. Con el recuerdo fresco de Mesa Redonda, el comandante general de los bomberos, Tulio Nicolini, dice que este problema se resolverá cuando la última palabra para abrir locales comerciales esté por encima de triquiñuelas legales de empresarios inescrupulosos, y en manos de quienes más saben sobre seguridad: los bomberos. Las 30 vidas del Jockey, que se suman a las 400 de Mesa Redonda, todo en menos de un año, obligan a tomar una decidida actitud frente a una situación que es una bomba incendiaria. Para empezar ya se habla de un cierre masivo, temporal, de todo centro nocturno de la ciudad. Así de inflamable está la situación. La misma que se agrava cuando, tras la inspección de la fiscal Lavander -el martes 23- aparecen en el local siniestrado una serie de "pruebas" que habrían sido sembradas.
|
||||||||||||||||||||||||
|
|
|||||||||||||||||||||||||