Edición Nº 1731


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    MAL MENOR
    25 de julio de 2002

    Por JAIME BEDOYA
    Morir en el Perú

    PERU país de contrastes, dice el eufemismo de rigor. Fina cortesía que esconde el encabritado océano de caos y desigualdad en que cada uno flota por su cuenta, y que con cierta urgencia de idealismo y espíritu de reglamento, convenimos en llamar país. Las antípodas de las dos últimas desgracias nacionales lo desnudan de manera cruel: el frío de los pobres, el incendio de los ricos. La muerte iguala en los extremos.

    La acumulación de negligencias que la ausencia de autoridad produce reclama su cuota periódica de tragedia, consabido escándalo y nula sanción. Conocemos el circuito de memoria. Cambia de piel y selecciona a sus víctimas con morbosa sorpresa. Aunque últimamente demuestra cierta obsesión con choferes de hipertrofia prostática y déficit de sueño a los que la vigilia sorprende conduciendo ómnibus voladores sobre los abismos interprovinciales, así como con peatones de intoxicación volátil que cruzan carreteras con la determinación con la que el salmón se lanza contra la corriente para desovar y morir. El resultado es una imagen ritual del noticiero promedio -el desayuno es la comida más importante del día-: Empieza la jornada con la coreografía estática de tortuosos ene enes sin zapatos, cubiertos sus anonimatos con papel periódico que relatan historias de otros como ellos a los que el más allá se les revelara entre los dos faros y el radiador de un tico, por hablar del común estadístico. El civil responsable, así lo llama la ley, duerme tranquilo. Porque si alguien cree que en este país existe el estado de derecho, como dice Julio Cotler, que salga a ver el tránsito.

    La vida se ha devaluado en el Perú porque el prójimo se ha consolidado en una abstración demográfica de función meramente estadística: votos, impuestos, ventas. Es una invisibilidad aplicable tanto a una privatización como a ganar un mísero puesto más en una cola. El otro ni existe ni me importa, es apenas una molestia viscosa en la suela de mi zapato. El principio de autoridad, pobre del que lo confunda con la fechoría autoritaria del prófugo japonés, se ha diluido en un coctel de etiqueta azul en las rocas que brotan del gobernante como piedras de un riñón dotado para el mal renal. O, en el mejor de los casos, se resuelve cerrando una calle para que la comitiva oficial se cruce la luz roja sin las molestias de la mortalidad.

    En tan fértil valle de indolencia, la negligencia se pasea con honor y pompa. Si no es la falta de previsión frente a la brutalidad calculable de la naturaleza sobre la pobreza extrema, es la sociopatía de arriesgar vidas ajenas en un negocio cretino pero de amplio margen. De no haber abrazado la carrera militar, cobrar doce dólares por cabeza hacinando gente en una discoteca sin equipo antincendio (pero sólo para socios) hubiera sido el sueño profesional de Adolfo Hitler.

    La muerte, neutra y despiadada, emparenta. El niño analfabeto que muere congelado en Puno cuidando una oveja escuálida y la chica de promisorio futuro que se asfixia junto a animales de circo en la discoteca más cara del Perú vienen a ser víctimas del mismo patíbulo de necedad impune. Agréguesele el carácter de vomitivo cuando policías fungen de buitres cleptómanos, llevando moribundos al hospital sin prisa alguna para poder revisarles mejor los bolsillos. Felizmente para apoyarlos en dicha tarea está el Serenazgo, un tanto más burdos pero siempre a la orden cuando de dejar un cadáver botado en la Costa Verde se trata. Simpatía y condolencias para las familias, las de la sierra y las de Lima, por las que el periodismo sólo puede repetir las palabras que ellos ahora no tienen: Esto no puede quedar así.

    Allá quien quiera ver casualidad en que el gobierno de este estado de cosas recaiga en un presidente obligado a la fuga permanente en primera clase, evitando así el abucheo ubicuo por su falta de consistencia en tan elemental verdad como la de afrontar -o desmentir científicamente- una paternidad. El ejemplo contagia y la irresponsabilidad prolifera.

    El Perú oficial se dio cuenta que existía el terrorismo cuando estalló la bomba en Tarata. Hasta entonces los muertos habían sido mayoritariamente campesinos anónimos y para varios la pobreza era un elemento paisajístico inofensivo. Con la tragedia de la discoteca del Jockey Plaza se ha revelado que en el Perú la vida no vale nada tengas lo que tengas.

    Cabe señalar que los únicos con la autoridad moral para refutar esto último son los miembros del honorable gremio de profesionales liderados por la empresa de Agustín Merino. Ellos sólo hacen su trabajo. Acá nunca no les falta.


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