Edición Nº 1732


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    2 de agosto de 2002

    Por LORENA TUDELA LOVEDAY

    Pucha Te Deum

    LA culpa es mía, hija, por andar de perejil de toda salsa; quién me mandó acompañar a Sue al Te Deum, de lo puro solidaria porque mi amiga tenía que agarrar ahí, entre el Credo y la Bendición, pucha, a Silva Ruete para no sé qué movida de los bonos Brady y el JP Morgan, que le va a permitir a Sue comprarse un depa en París, que según ella, pucha, "es lo único que me falta para ser perfecta". Si ella lo dice, habrá que creerle...

    La cosa es que, hija, nos tuvimos las dos que meter al centro de Lima entre cascadas de pétalos de rosa (comprados de segunda en los cementerios, porque olían a puro pésame, no sabes) y una Doris Sánchez que donde volteabas la veías, saltando como un perico en el día de su apareamiento, no te imaginas el espectáculo. Yo estaba de tal mal humor que en un momento casi me bajo del carro y me regreso a mi casa, pero para Sue era todo eso tan importante, pobre, que decidí persistir en nombre de la amistad, yo sé que tú me entiendes.

    Bueno, para comenzar Pachi llegó tarde al Te Deum y con una pinta de hang over, hija, que provocaba ponerle su lavativa de café negro con limón de pica, que es lo que hacían en la hacienda con los peones incurables. Tendrías que haber visto la cara del cura Cipriani por la tardanza, parecía un avestruz otoñal, con sus faldones y sus encajes y todo me ponía de peor humor. Felizmente, hija, yo tengo una capacidad regia para sobreponerme a todo mediante la creatividad, y en ese momento fue que decidí que si, pucha, o sea, ya estaba ahí, podía aprovechar la circunstancia para fortalecer el Estado de Derecho, la democracia, los human rights y de paso, o sea, tranquilizar un poco a Zaraí y a su mami, que aquí entre nos, cómo te explico, ya me llegaron al pincho con tanto reclamo, sin por ello quitarle una pizca de justificación, pero es que así es la subjetividad, ¿no es cierto?

    Ya, había que conseguir como fuera un pelo de Pachi para mandarlo al laboratorio, que le hagan el ADN, la reconozca a la marisabidilla de la mocosa y nos pongamos a mirar el futuro de pie y sin polvos escondidos, cómo te explico. La ocasión se dio cuando se acabó la misa y todos salimos detrás del cholo. En un momento en el que se puso a hablar con Solari en susurros -y aprovechando que mueve la cabeza como un cuy parapléjico- juá, le jalé un mechón y muerta del asco lo guardé en el bolsillo de mi sastre, extenuada pero feliz de haber llegado a semejante Himalaya, tú me comprendes.

    La cosa es que, pucha, pasado todo y una vez que Sue había hecho su menjunje con el MEF, o sea, nos fuimos a almorzar las dos a Le Bistrot y me olvidé del asunto de los pelos. Qué crees, cuando estaba por mi segunda coquille au brie, siento en el mondongo un pinchazo. "Sue, creo que ya empecé a morirme, si no dura mucho mi agonía dile a Diego que mis últimas palabras fueron para decirle que es un canalla sin alma".

    Hija, Sue me tuvo que llevar a la emergencia de la Americana, y el doctor no podía entender qué infección tan extraterritorial era la que me había agarrado en diez segundos. Me hicieron cuanto análisis y tomografía existen y nada, lo único que salía era una sobreproducción de estafilococos oscuros y trinchudos que te lo juro, o sea, en el lente del microscopio parecían una movilización de Perú Posible, yo misma lo vi, cómo te explico.

    Yo, o sea, por mi parte no conectaba nada de lo que me estaba pasando con los pelos que llevaba en mi bolsillo, hasta que vino en mi auxilio mi propio inconsciente, hija, cuando en un momento me entró la sospecha de que podía quedar embarazada a partir de semejante contingencia. No saaaaabes las caras del doctor, la enfermera, el anestesista y Sue cuando en plena emergencia empecé a gritar: "¡Necesito abortar ya pero ya aunque me vaya al infieeeeernooooo...!"

    Ay cholita, no sabes la secuela del pinchazo con el trinche imperial. Con decirte que me dio 56 de fiebre, se me hizo una herida que parecía la sonrisa de Lourdes, me supuró el mondongo más que el Perú de González Prada y he estado tomando unos antibióticos que creo que son de los que le dan a Popy cada vez que piensa en Alan, no sé si me entiendes. Pero hija, ahí tengo guardadas las mechas del tirifilo de nuestro Presidente y en cualquier momento seré yo la que descubra la verdad, así que cholo, anda pensando en qué embajada me acomodas (personalmente, o sea, prefiero Roma, pero sólo en primavera). Chau, chau. (Rafo León).


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