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Edición Nº 1733 |
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La Carga
de los Amancaes
Escribe EL amancay dio origen al nombre de la Pampa que al norte del actual distrito del Rímac era escenario, hasta hace poco más de 40 años, de una de las fiestas costumbristas más enraizadas en la tradición limeña. Manuel Prado fue el último presidente en asistir a ella en 1958, cuando la efemérides había devenido en una caricatura. En casi un circo con un paisano disfrazado de Pachacútec. Marucha Benavides de Tschudi sintió curiosidad, aproximadamente hace diez años, por la planta que representaba toda una tradición perdida. Porque cada 24 de junio, sin distinción de posición social, había leído que se reunían los habitantes de la ciudad, desde comienzos de la colonia, a festejar la fiesta de los amancaes. Fiesta algo pagana en que discurría el alcohol y en la que, con el mismo entusiasmo que se libaba, se rendía culto a San Juan Bautista. Una antigua iglesia aún en pie da testimonio de la fe de aquellos
días, como casas a medio hacer y calles empolvadas empinándose
en los cerros, demuestran el caos con que se ha desarrollado la ciudad
de Lima, sepultando tradiciones y avasallando el medio ambiente; al punto
de que el amancay, la flor emblema de la ciudad de Lima, desapareció
del distrito del Rímac, y la Pampa de Amancaes, en donde se desarrollaba
la devoción y la jarana, es sólo un recuerdo enterrado debajo
de toneladas de cemento y ladrillo.
Para tranquilidad de Marucha de Tschudi, la flor pervivió en las lomas de Pachacámac. Acostumbrada a lidiar con plantas en su Vivero 4 Estaciones y entusiasta miembro de la Asociación Floralíes, pero inexperta en la acometida de una empresa de la envergadura que se requería para salvar un área y una especie en vías de extinción, buscó a la persona más adecuada. Mauricio Romaña, visionario e impulsor de las bondades turísticas del Cañón del Colca y del Parque Nacional de Aguada Blanca, en Arequipa, no se hizo de rogar y tomó con entusiasmo el requerimiento elaborando el proyecto que Prodena, su organización y Floralíes, la entidad limeña sumada a la causa, presentaron para su financiación a Cementos Lima, empresa que desde hace décadas trabaja en la zona. Consciente del equilibrio necesario entre la actividad minera, la naturaleza y los valores arqueológicos, Ricardo Rizo Patrón, gerente general de la empresa de cemento, logró que su directorio aprobara la iniciativa y hace dos años comenzaron los trabajos en un área protegida en donde se encuentra el bautizado Santuario del Amancay. Situado a 40 km al sur de Lima, se extiende sobre un área aproximada de 50 hectáreas pertenecientes a la cementera. También, fuera de esa extensión, Rizo Patrón impulsó las excavaciones arqueológicas; éstas, bajo la dirección del doctor Krzysztof Makowski, a partir de un convenio entre Cementos Lima y la Universidad Católica. Así, Floralíes y Prodena han comenzado las labores de preservación de flora y fauna, a la vez que la Católica los de rescate arqueológico en tres sitios que completarán un circuito turístico atractivo que, comenzando por el monumento religioso prehispánico más importante de la costa central del Perú: el santuario de Pachacámac, terminará en el natural de Amancay. En este último lugar se encontrará un Centro de Interpretación
(Romaña se niega a llamarlo Museo de Sitio) en el que se distinguirán
tres áreas: la arqueológica, la ecológica y la industrial
(la de Cementos Lima).
Ahora bien, regresando a la flor ¿qué es lo que la hace tan atractiva, aparte de ser emblema de Lima? Lo efímero de su aparición y su belleza. Sólo tres semanas al año puede ser admirada. Tres semanas en que florece sobre el manto verde que desde mayo hasta noviembre cubre las faldas de los cerros limeños. Brota alrededor del 24 de junio y desfallece, porque no muere, a mediados de julio. Al subir durante esas tres semanas por la quebrada de Río Seco, en donde se encuentra el santuario, cada amancay observa al visitante, no por coquetería limeña, sino porque vuelve su corola hacia abajo el valle para recibir con más fuerza la humedad de la que vive. Luego de tal esfuerzo la flor se marchita y deja caer su semilla que germinará un año después para perdurar la especie. Así fue durante siglos y así seguirá siendo, siempre y cuando se entienda que, antes de considerar una tierra eriaza, debe estudiársela, pues hay sin duda especies que desaparecen por años para reaparecer luego. Así era la Tablada que se encuentra sobre Lomo de Corvina al sur de Lima. No faltó quien puso el grito en el cielo cuando, a comienzos de los '70, el gobierno del general Velasco decidió reubicar a invasores en dicha Tablada. Sobre las calles trazadas a tiza y enmarcadas de viviendas de estera, testarudamente siguieron saliendo por años brotes que insistían en seguir viviendo. Hoy están en peligro las laderas de cerro en las inmediaciones del valle de Lurín. Consideradas tierras eriazas, el gobierno central ha solicitado el cambio de uso a la Municipalidad de Lima, que podría aprobarlo de un momento a otro. ¿Correrán el mismo destino que la Pampa de Amancaes? Sería recomendable antes de tomar una decisión adentrarse en estas quebradas que se pretenden urbanizar y oír el rumor de la vida ¿O es que acaso es más importante el rumor del oro?
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