Edición Nº 1733


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    8 de agosto de 2002

    Por LORENA TUDELA LOVEDAY

    Salada hasta en Punta Sal

    HIJA, así como hay mujeres que han nacido para llamarse Vicky, pucha, yo llevo de origen una especie de marca de Caín que ya me tiene haaaarta. Te podrías morir de la cantidad de veces que he hablado en el diván de Saúl de cómo a los cinco años el jardinero de mi mamama quiso violarme en la casa de El Golf, pucha, para no mencionarte las miles de oportunidades en las que me he descubierto con un semifeudal al costado a punto de hacer conmigo cualquier cochinada. Por siaca, o sea, en mi repertorio de violaciones no incluyo a Diego porque con él fue siempre voluntario, salvo una vez en una cena en Palacio, hija, en pleno salón Túpac Amaru donde se le antojó que sería regio hacerlo sobre la alfombra de orejitas de vicuña, mientras todo el cuerpo diplomático acreditado en el Perú se soplaba los discursos de Pachi en el comedor de al lado; pero chola, con ese Túpac Amaru que está colgado en la pared mirándote desde la lontananza de sus impulsos libertarios, no creo que ni Susy Díaz se hubiera animado, pero en fin.

    ¿A qué viene todo esto? Muy sencillo, me fui a Punta Sal a pasar unos días con Maripí y Mariló. Yo dormía en uno de esos cuartos del hotel de Juan Francisco que tienen el balcón compartido con el cuarto del costado. Una mañana estaba tratando de despertarme del Rohypnol para empezar a hacer un poco de meditación Yan Tse Ming, cuando en eso escucho ruidos en el balcón. Yo pensé que eran los pájaros, pero cuando una manito amorenada y de dedo corto abre la cortina, pucha, ahí se me vino el trauma del jardinero de la mamama y como me pasa cada vez que el pasado regresa, pucha, se me adormecieron horrible los peronés y quedé paralizada. Hija, la manito abrió la cortina entera y qué crees que se aparece: un pigmeo con una cabezota de vizcacha macrocefálica, vestido con un conjunto de chor (como le dicen ellos al short) y casaquilla de felpa del mismo juego, con palmeras, puesta de sol y conchas marinas impresas y sayonaras negras con el sujetador de una de ellas remendado con gutapercha.

    Hija, la alucinación era tal que llegué a pensar que me había puesto los lentes de contacto pero al revés. Sin embargo, o sea, ya que la vista me fallaba, el oído vino en mi ayuda, y el totemcillo ese que se estaba metiendo... ¡a mi cuarto!, pucha, habló: "Ho vonodo hosto Ponto Sol porquo nocosoto op poco de oyodo omocional, doctora Todolo. Yo soboa quo ostod ostobo ocoó o no ho porodo hosto oncontrorlo o lo ruogo quo mo oscocho".

    Cómo te explico, la posibilidad de analizar a Pachi -si bien es cierto, o sea, no es como hacerle terapia a Chirac- empezó a colocarse en mi currículom, yo sé que tú me entiendes, así que paralizada y todo, le respondí con toda la objetividad científica que he aprendido en mis supervisiones con Max: "Yo en principio estoy llana a escucharlo pero, pucha, o sea, por lo que sé, pienso que a ustedes la antropología les es más útil que el psicoanálisis, ¿qué piensa de lo que le digo?". Hija, a esas alturas el coso ese ya estaba echado en mi cama y yo sentía que el reto profesional lo aguantaba todo, así que sin atender a que hubiera puesto las patitas sobre mis sábanas y movía los deditos como haciendo calistenia, me dispuse a escucharlo.

    "Moro chonoto, yo no tongo troumos onfontolos sono mol do ojo, poro do lo quo quioro hoblor os do Olione. Rosolto quo so ho mondodo modor como on mos a Ouropo porquo yo ho docododo hocormo ol ODN, poro ho quododo dososporodo". "Hábleme de su dolor, la separación siempre crea un espacio para procesar el duelo". "Qo duolo, Chono, quo duolo. Lo quo poso os quo yo soy moy ordionto o no só so aguonto on mos..." Hija, ante semejante cochinada, pucha, la contratransferencia que se me vino fue tan étnica que, pucha, no pude sino interpretarlo así: "Mire señor presidente, si usted está sufriendo de arrechuras matinales, ay no sé, o sea, mande traer de Lima a las féminas del Melody o por último, pucha, run your straw, pero no me venga a cortar el sueño de la mañana, que yo soy un insomne frágil y usted es un cholo metejón".

    Hija, a los diez minutos yo y mis amigas ya habíamos embalado todo en mi Montero y corríamos hacia Lima a trescientos por hora, convencidas las tres de que el Perú de hoy estará bien para el capital emergente pero que la GCU debe comenzar a pensar en la migración compulsiva antes que sea demasiado tarde y se te meta el primer pongo por la ventana a hablarte de sus bajas pasiones. O si no, pucha, el suicidio colectivo. Chau, chau. (Rafo León).


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