Edición Nº 1734


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    15 de agosto de 2002
    Por AUGUSTO ELMORE

    TENGO muchos años observando la política peruana -no participando en ella, porque los periodistas no somos partidarios sino observadores- y jamás he conocido un caso de asedio más escandaloso de la prensa que el que recibe el gobierno actual. Basta ver el tratamiento que se ha hecho de la ausencia de la señora Eliane Karp, esposa del Presidente de la República a la que tanto se prenden los dueños de la opinión. No hay medio de información que no haya supuesto lo que se le antojaba al respecto, empeorado porque ni siquiera los encargados de la información oficial fueron capaces de proponer una respuesta coherente, si es que ésta existió. Como no soy de aquellos que han perdido la memoria, recuerdo muy bien, en contraste con lo que pasa ahora, la más de una vez que esa distinguida dama que es doña Pilar Nores, esposa del entonces presidente García en aquellos sus inolvidables años de 1985-1990, viajó súbitamente, entre gallos y medianoche, al extranjero, Miami, para ser más exactos. No voy a decir que entonces no se hicieron conjeturas, que las hubo muchas pero nunca tantas ni tan escandalosas como ahora en que un buen día la señora Karp se mandó mudar al extranjero. Que se había peleado con el Presidente por el asunto de Zaraí, que estaba harta del Perú, que se había ido para siempre, que lo había hecho como el fugado Calmell por el Ecuador, sabe Dios por qué más, lo cierto es que el asunto ocupó las primeras páginas de todos los diarios de la república, como si del viaje, la huida o sabe Dios qué dependiera la suerte del país. Cuando doña Pilar, tan distinguida ella, hizo lo propio -como si ese fuera el sino de los presidentes peruanos y sus esposas-, nadie dijo tanto sobre el tema como ahora. En todo caso lo que sucede hoy me parece una confabulación contra el presidente más cholo desde que Sánchez Cerro representó a la oligarquía peruana tras el gobierno de Leguía. Y, por último, lo del caso Wiese Sudameris y el contrato con Karp ha terminado siendo miel sobre hojuelas para los enemigos del gobierno, una perita en dulce en verdad, difícil de digerir para quienes no nos gustan las mentiras ni las medias verdades.

    En cuanto lo referente al caso Zaraí y las numerosas informaciones, comentarios y críticas que ha levantado: ¿Alguien, no digamos en primera plana, aunque sea tangencialmente mencionó en su momento (salvo en el maligno run-run limeño) a los hijos fuera del matrimonio del presidente Leguía, a los bochornosos escándalos (con rotura de cadera y todo) de Odría, a las motivaciones del divorcio del presidente Belaunde, a las escapadas motociclísticas de Alan García, y a las preferencias sexuales de algunos influyentes políticos? A lo máximo, en el paroxismo democrático, hubo quien se refirió en solfa a la eventual afición espirituosa de aquel presidente de facto que tuvo el coraje de hacer retornar el Perú a la democracia, pero jamás gobierno alguno ha sido asediado como éste por la prensa -escrita, hablada y televisada- en su totalidad. Tiene apenas un año de nacido y ya lo quieren enterrar. Casi es un nonato.

    Prometo no ocuparme más del tema, pero el caso Zaraí demuestra no tanto una falta o defecto, quizá grave si se quiere, del presidente Toledo, sino la orfandad de ideas de los políticos peruanos. Es como si el Perú fuera en verdad el escenario de una telenovela mejicana o venezolana en la que no se discuten ideas o programas sino supuestas, o si se quiere probables paternidades y enredos familiares. Culebrón lo llaman en España.

    Nadie menos que un general del Ejército peruano sirvió de chulillo, de mandadero, de Montesinos para recabar un collar de regalo para Laura Bozzo. ¿Hay algo que avergüence más al Perú y a esa rama tan castigada de las Fuerzas Armadas? Y como hasta ahora no aparece la factura correspondiente, ¿esa no habrá sido una donación, un agradecimiento del propietario de Aldo a cambio de la concesión del local que obtuvo después en el Duty Free del aeropuerto, punto de salida sabe Dios para qué?

    Sería bueno y oportuno que los jóvenes cineastas dedicaran alguna película o documental a los asesinatos de Sendero. Hay mucho tema allí; incluso podrían incluir como episodio el aquelarre de la cúpula senderista, encabezada por Abimael Guzmán, bailando como alucinados al compás de "Zorba el griego". El argumento puede incluir los reglajes que efectuaban los criminales para asesinar a sus víctimas, sus siniestras reuniones de planeamiento de atentados, etc. Y hasta, si se quiere añadir algo tan insípido, el romance entre Abimael y Elena Iparraguirre, luego de la muerte de su esposa Nora. ¡Un peliculón! Pero lo que pasa es que tengo la impresión de que persiste en cierta izquierda, aún ahora, una suerte de empatía con los grupos subversivos.

    Y hablando de la memoria del Perú: nada más importante y dramático que las sesiones de la Comisión de la Verdad en diversas poblaciones del Perú. Admiro la entereza, el valor y el dramático empeño de quienes integran dicha Comisión que soportan, con estoicismo digno de tan esforzada causa, las declaraciones de quienes sufrieron -de uno y otro lado- la guerra que empezó Sendero (porque hay que enfatizar que Sendero fue quien empezó todo). Las audiencias públicas de la Comisión de la Verdad son un verdadero inventario de sufrimientos. Compadezco a quienes la conforman, porque han asumido una tarea difícil y dura, durísima, que de sólo oírla y verla por televisión parece insoportable. Cuando las víctimas hablan sólo cabe escuchar, y callar, indignados, y avergonzados, aún aquellos que, como quien suscribe, nunca guardamos silencio. Después de esa experiencia el Perú será mejor que el de antes.

    Escuchemos a la Comisión de la Verdad. Sólo así saldremos de la dolorosa encrucijada. Ni siquiera se trata de perdonar: se trata de saber. Y conocer. Para poder olvidar después.

    Algo para festejar: la orden de retiro de los anuncios gigantes que una publicidad desaprensiva y carente de sentido cívico-urbano había colocado, en un verdadero desmadre, en la Av. Javier Prado Este. Cuando ya no quede ninguno, Javier Prado será lo que merece ser: una gran avenida. Además, al convertirla en vía expresa, Andrade se ha puesto a la altura de Luis Bedoya Reyes, el gran alcalde de Lima.


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