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Edición Nº 1735 |
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Mil y un
Chantajes
Y cuando los seres humanos disfrutaron por primera vez de las mieles del sexo, nació el espionaje. Con el paso del tiempo, los ojos indiscretos se posaron sobre los poderosos. El chismorreo intrigante sólo se convertía en realidad cuando el pecador era sorprendido con las manos en la carne. Pasarían siglos para que los voyeristas tuvieran una cámara por delante. Esa fue la segunda revolución de los espías. La tercera explotó en el Perú, cuando un régimen cayó a punta de vídeos. Detrás de él, quedaron flotando las leyendas triple equis sobre personajes de alto nivel. Espadas de Damocles capaces de rebanar reputaciones en menos de lo que dura un orgasmo. El imitador Carlos Alvarez dice haber sucumbido a esa amenaza porque un casete de vídeo que pensaba perdido cayó en las manos más oscuras. "Algunos piensan que quiero hacer una cortina de humo", se defendió ante CARETAS. "Sea cual sea el resultado, yo voy a enfrentarlo". ¿Está Alvarez buscando un medio para justificar su abierta condescendencia con Fujimori a partir de 1999 o habla con sinceridad? La respuesta puede estar a mitad de camino, pero su caso vuelve a poner en evidencia los más sucios métodos para someter conciencias. Los que se valen de la intimidad de las personas. ESCENAS CENSURADAS Alvarez no ha confirmado si el vídeo muestra relaciones heterosexuales u homosexuales y ante CARETAS se limitó a afirmar que "a buen entendedor, pocas palabras". Fuentes consultadas aseguraron que se grabó en mayo de 1993, el día que Alvarez regresaba del Festival Internacional del Humor en Colombia. Sin tomar un descanso, él y 32 integrantes de su programa se dirigieron a una ciudad del norte para cumplir con una actuación. Se grabó dentro de una habitación alquilada por Alvarez. El vídeo se ofreció a los canales de televisión
en 1994. Entonces, Alvarez estaba al frente del programa Las Mil y Una,
en el Canal 2. "Tres chicos desconocidos pedían entre US$ 8,000
y US$ 12,000", recuerda el cómico. "Fueron detenidos y se les quitó
la cinta". Hasta aquí, la versión corresponde en líneas
generales a la ofrecida por los periodistas Beto Ortiz y Alamo Pérez
Luna.
Luego trabajó con el 5, 2 y 9. En este último es que considera que tuvo su mejor época, con Caiga Quien Caiga. "No hacía exactamente humor de oposición, sino irreverente", cuenta ahora. "Todo empezó cuando fui a renovar contrato para el segundo año. Me dijeron que no. Eran finales de 1998". Pocas semanas después, le hicieron la propuesta para integrar las filas del Canal 7. "Yo entro ganando menos que antes. Ocho mil dólares más gastos de producción". A fines de 1999, continúa, "comenzaron a extorsionarme por telefóno o bíper. Ya no me pedían dinero. Sabían todos los detalles". Según lo que revela se orientaban a amedrentarlo mencionando a su familia. "Vamos a divulgar ese material", le decían. "Vamos a hundirte. Tú tienes que apoyar al jefe". En el trabajo "empecé a tener problemas. Hice la secuencia de los siameses, Vladi y Fuji, y otras que nunca salieron. Decían que por falta de tiempo. El canal siempre tuvo potestad sobre eso". Alvarez tampoco pretende tapar el sol con un dedo. "Ojo que yo tenía simpatía por el gobierno. Quizá no supe adecuar mi línea". Parece que el imitador se sometía voluntariamente a la línea humorística conveniente para un régimen que al mismo tiempo lo chantajeaba. Sus respuestas no resuelven la esquizofrenia. "No quiero que esta historia se preste a suspicacias. No soy un fujimorista arrepentido, soy un fujimorista decepcionado". Mientras tanto, su bíper seguía sonando. "Me pasaban las
direcciones y teléfonos de mis familiares. Me decían cuantas
puertas de ingreso tiene la casa de mis familiares y a dónde conducía
cada una. No puedes salir del canal, tienes que cumplir tu contrato.
Daba curiosidad porque sólo yo entendía su ambigüedad:
Sabemos tu problema, recuérdanos. Y siempre firmaban como
Los Amigos".
EL ANTECEDENTE La debilidad del antiguo régimen por el rebobinador es historia conocida. En 1998, la periodista Cecilia Valenzuela dio a conocer que un congresista le confesó que estaba siendo extorsionado de un modo muy parecido al que hoy cuenta Alvarez. No le pedían dinero, sólo ciertas conductas políticas. Para asegurarse de su obediencia, le narraron el contenido de un vídeo que, sostuvo el parlamentario, tenía que haber sido grabado con una cámara escondida en una de las habitaciones de Las Suites de Barranco, un hostal de precios tan altos como bajos los placeres que se satisfacían entre sus paredes. Muchas circunstancias de Las Suites eran sospechosas. La cara visible del lugar, Víctor Humberto Arroyo, era en realidad propietario sólo del 5% de las acciones. El resto eran testaferros. En CARETAS 1512, Arroyo negó que se grabaran las acrobacias de los huéspedes. "Queremos dejar en claro que no tenemos nada que ver con el Servicio de Inteligencia", respondió entonces. Los probables agentes del SIN dejaron a Alvarez en paz en agosto del 2000, cuando él ya estaba por fuera de la pantalla. Antes, asegura, llamaban a su padre para ponerle música por el teléfono y le reventaron el vidrio del carro a Raúl Dávila, su productor. "Lo cierto es que yo sé que no soy el único", manifiesta hoy muy afectado. "A otros les ha pasado lo mismo. Y hasta peor". (P.M./E.CH.)
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