Edición Nº 1735


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    ARTICULO

    22 de agosto de 2002

    Dieta del Demonio
    Gastronómica dimensión de los siete pecados capitales e invitación a diversos personajes para que los cometan.

    Lujuria.- Apelando a las proezas del amante italiano, se presenta este suculento plato que representa al pecado de la carne: "Calamares Casanova". Gigantescos cefalópodos a la parrilla con aderezo de anticucho y guarnición de papas doradas y choclo. Al presidente Toledo le encantaría.

    PARA no caer (o haber caído) en tentación se dejaron asar, desollar, arrastrar, atenazar o despedazar. "Los santos mártires -escribe Fray Luis de Granada en su Guía de Pecadores (1504-1588)-, hicieron las cosas más extrañas de todas cuantas hasta hoy están escritas con tal de aplacar los fuegos de la carne atizados por el enemigo".

    Hablaba de los espeluznantes siete pecados capitales que en realidad, en el principio, fueron ocho. Veamos. Una versión sostiene que el origen de la definición de este rosario de vicios es bíblica y que luego, la Iglesia se encargó de elaborar cada uno de ellos a través de sus doctores, los filósofos escolásticos de la Edad Media, indicando claramente que la gula, pereza, envidia, ira, avaricia, lujuria y soberbia, eran las cabezas y raíces de todos los pecados.

    Otra (extraída perezosamente de "El vuelo de la reina" de Eloy Martínez), señala que, el primero en establecer una lista de vicios fue el anacoreta egipcio Evagrius Ponticus (346-399 d.C.). Este señor determinó que los esenciales eran ocho. Los anteriormente nombrados más la vanagloria. Enseguida, un eremita rumano sentenció la prohibición de los ocho vicios, pero sólo para los monjes. Fue el papa Gregorio Magno quien extendió la prohibición a toda la cristiandad, hasta que, finalmente, Tomás de Aquino, sintetizó los dos últimos, la soberbia y la vanagloria, en uno solo.

    Soberbia.- Imposible encontrar animalillo más soberbio que el crustáceo. Tampoco, personaje tan arrogante como Napoleón. Sugerencia para que AGP peque como el diablo manda: extraordinario "Risotto a lo Bonaparte". Arroz arbóreo generosamente rociado de vino y camarones.

    Ahora bien, en estos tiempos, es bien difícil decir cuál de los pecados es el peor. En el Perú, por ejemplo, es imposible pecar de gula o por lo menos no es un vicio colectivo. La lujuria puede ser un mal entendido (hay quienes aseguran que tienta únicamente a los castos) y la pereza confundirse con la meditación. La avaricia es más bien grave, igual que la ira y la envidia. Con la soberbia mucho cuidado: "Nunca permitas -implacables palabras de Santo Tobías- que la soberbia tenga señorío sobre tu pensamiento o sobre tus palabras, porque de ella tomó principio toda nuestra perdición".

    En el caso de Pecados a la Carta, no hay por qué preocuparse. Mucho menos flagelarse. Nada más hay que ir al restaurante miraflorino "Pescados Capitales", de propiedad de los jóvenes hermanos Víctor y Zue Chang Say sentarse, leer la carta y sucumbir a las tentaciones que prepara el chef Willy Castillo: ahí cada pecado tiene su versión comestible aquí asignados a sendos personajes. La sensación durante el festín podría denominarse gula. Por cierto, también hay una larga lista de pecados ligths. (T.M.N.).

     

    Gula.- Si bien la legendaria gula anda últimamente de capa caída, quienes hacen gala de tener buen diente, como lo ha demostrado la doctora Lourdes Flores en sus giras, pueden elegir la "Chita Pantagruélica". Sabroso pecado conformado por contundente filete de chita bañada en salsa de ajo sobre delicadas papas panaderas. Der.: Anfitriones, Víctor y Zue Chang Say, artífices de tentadora y pecaminosa carta.

     

    Ira.- Para que las explosivas reacciones lo sean aún más, hay que atizarlas y qué mejor que un "Pulpito al fuego". Es decir, un octópodo entero de tamaño regular cocido en la más ardiente brasa. Viene con espárragos verdes que combinan con la cabellera de la Primera Dama.

     

    Envidia.- Unos nacen con la estrella, otros estrellados. En estos se genera un sentimiento fatal que es el resentimiento. Bueno, aquí se juntan tres envidiosos: pescado, camarones y langostinos, se bañan en azafrán y construyen una "Marmita de camarones a lo Caín". Popy en su salsa.

     

    Pereza.- No hay que hacer demasiado esfuerzo, excepto el de levantar el tenedor, para devorarse a la pereza. "Los camarones de Garfield", en salsa de tomillo y suave queso, convierten a este pecado en una delicia digna del mejor amigo.

     

    Avaricia.- El avaro no comparte su dinero ni su vida con nadie. Vladimiro Montesinos, siniestro personaje así nos lo recuerda. Pero aquí la avaricia con el nombre de "Pescado Harpagón" en salsa de albahaca y calamares es más bien generosa. Ya lo quisiera el rancho de la Base Naval.


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