Edición Nº 1739


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    MAL MENOR
    19 de setiembre de 2002

    Por JAIME BEDOYA
    Gente Que Desaparece

    EN teoría los amigos duran lo que dura la vida. En la vida real la vida acaba siendo demasiado larga. Hay lealtades que no dan para tanto. Por eso en cada mano tenemos cinco dedos, no seis. Bastan y sobran para constatar amistades tan ciertas como el día que sigue a la noche. Contando los días nublados, días al fin y al cabo.

    A veces se conoce gente que nunca se volverá a ver. Es algo que no se sabe inmediatamente, se va confirmando mediante la acumulación de señales invisibles. No hay por qué asustarse, a pesar del breve tiempo de vida de estas presencias cumplen a cabalidad con los honores propios de la amistad duradera. Todos conocemos a alguien que no sabemos dónde está. Esa es la gente que desaparece. Mejor no tocarla.

    La otra noche escuchaba contar historias supuestamente de amor. Sin que su narradora lo advirtiera en realidad las suyas eran historias de gente que desaparece (del amor nadie sabe nada). Sus protagonistas eran inubicables y por ello casi inexistentes, a salvo de toda desilusión. El relato me cautivó hasta que se ahogó en Merlot. Regresó a mi mente el domingo en la tarde. Estaba tirado bajo un bosque de eucaliptos chosicanos observando la organizada disposición de las hormigas para transportar migajas de papas fritas al hilo1. Entre ellas vi desfilar a dos personas que no he vuelto a ver.

    •••

    Gino respondió al aviso económico del periódico. Se busca bajista para grupo de rock. El grupo no existía, éramos él y yo. Gino apareció en una honda 70 y con el instrumento dentro de una gran bolsa de lona que cargaba con vergüenza. Su apellido simplemente se resiste a ser recordado, o tal vez nunca lo dijo. Su apariencia se aferra a una melena de rulos, ojos caídos y granos a discreción. Gino inmediatamente se percató que el aviso era un absurdo. De igual forma decidió hacer de su respuesta al mismo algo de provecho y puso a disposición un garaje en una transversal de la Petit Thouars para ensayar. Tenía copiosa colección de cancioneros Funky Hits. En esa época nos concentrábamos en un repertorio variado: The Police, Men at Work, los Stones y la canción de Batman en versión punk.

    En una bodega frente al cine San Isidro nos relajábamos al término de los ensayos, marcados cuando la mamá de Gino empezaba a gritar. El ruido del tráfico en esa esquina con Javier Prado era enfermante. Gino, imperturbable, describía acordes que ninguno de los dos conocíamos, confiado en una improbable iluminación sonora, ilusión intocable de la que gozan los músicos de corazón. Los ensayos, tan intensos como improductivos, no duraron más de veinte días. Una tarde Gino anunció apesadumbrado que había tenido que vender su bajo en una decisión crítica: había encontrado una funda de cuero impecable, con bolsillos para cuerdas extras. Aseguró que mentalmente seguiría practicando. Antes de desaparecer donó sus cancioneros al grupo, desde ese momento reducido a un baterista y la desechada bolsa de lona.

    •••

    Llegando a París Fernanda desapareció. La beca le había llegado al hortensio, si se permite la jeringa. Sus ojos eran turquesas y eran imposibles de evitar: los franceses nos sentaban en forma de U, ella al frente. Su pelo castaño siempre estaba recogido en una colita infantil, coffiure totalmente enfrentada con su fino exotismo tropical. Me guiñaba el ojo, burlándose de una belleza que no se tomaba en serio. Por solidaridad hacía lo posible por hacer lo mismo.

    Una mañana de clases había un papelito debajo de mi puerta. Era la dirección del bar Kraft. Ese día desaparecí yo. Al llegar al lugar ella ya estaba en la barra, como lo había estado todas las mañanas de los últimos quince días. Habíamos vuelto a París luego de haber estado bebiendo, bajo coartada académica, en el sur de Francia, Andalucía, Lisboa, y el extraño puerto de Setúbal, lugar posiblemente móvil o imaginario. Los becarios, ¿veinte éramos?, nos alojábamos al lado de un Parque de Diversiones donde ponían la misma canción continuamente, balada romántica que años después volví a escuchar manejando por el zanjón y el cemento se volvió playa. Acopiando valor una noche la invité al parque. Subimos a los juegos y comimos algodón. Estuvimos tranquilos (alcohol free) y demasiado cómodos. Algo nos asustó y desde ahí nos escapábamos de clases cada quien por su cuenta para ir en distintos ferries a la misma playa. Aunque sabíamos que nos bañábamos en el mismo mar no nos veíamos.

    Las sesiones en el bar Kraft se prolongaron durante días, paraíso ajeno al infierno portátil de la convivencia con extraños. Claro, ya había visto las señales: ella iba a desaparecer. Se qué algo me contó en ese bar. Tambien sé que no hay virtud en la infidencia. Sólo una pregunta quería hacerle y se la hice: ¿Porqué nunca te sueltas el pelo? La vergüenza la embargó, pero con gran dignidad -un regalo, prefiero creer- desarmó la colita temerosamente. La luz diurna entraba por la puerta del Kraft encendiendo una hermosura ebria, confirmada y descubierta, resplandeciendo en un bar vacío para un único espectador. Se lo agradecí, y felizmente otra amiga que nos había estado siguiendo se apareció evitando cualquier rasgadura de un recuerdo que ya no se podría contar sin ser un imbécil.

    Dos o tres veces, inclusive de paso por su país, intenté ubicarla. Fue inútil. Mas bien otra compañera de viaje, a quien escribí preguntándole por ella, reprochó extemporáneamente el que yo me hubiera desaparecido esos días en París. Los amigos no se esfuman así nomás decía. Cómo explicarle.

    __________________
    1 Candidato a la alcaldía de Chosica, en la radio: "El alcohol y las drogas campean en nuestro distrito". No le falta razón.


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