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Edición Nº 1742 |
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Contra
Viento Y Mareo
LA alta oficialidad de la Armada, encabezada por su comandante general, almirante Ricardo Arbocco Licetti, escuchaba a pie firme. El público, tras los cordones de seguridad, pifiaba. ¿Por la juerga imperdonable del Pronaa? ¿Acaso por el último escándalo judicial alrededor de la prueba de ADN? En medio de una de esas pifiaderas con la que los chalacos últimamente despiden al Sport Boys, fue recibido el presidente Alejandro Toledo el martes último, en la ceremonia de homenaje a Miguel Grau, en la Plaza José Gálvez. En el feudo de Alex Kouri, que no estuvo presente, pero quiza envió a sus emisarios. El Presidente permaneció impertérrito. Pidió más bien a los peruanos "empuñar las armas de la solidaridad, abandonar para siempre la intriga, el despedazarnos unos a otros, creer que la zancadilla permanente es mejor que una mano extendida".
Fue el de Toledo un mensaje enérgico, de indignación contenida y de cierta insoslayable frustración. "¡No puede ser que a 123 años de la gloriosa inmolación de Grau -rugió Toledo- hoy tengamos que seguir en pie de guerra contra la corrupción!". Y, fuerte, como para que lo escuche Vladimiro Montesinos en la Base Naval, el Presidente añadió: "No podemos guardar nuestras espadas, tenemos que seguir afinando nuestra puntería contra la corrupción y la pobreza, y cada uno de esos actos corruptos será juzgado por la historia y por nosotros". Como admitió el Presidente en sus palabras inaugurales, "hay ocasiones también en que, a fuerza de decirlo tantas veces, puede ocurrir que la palabra pierde sentido". Pero la palabra se rubrica con el ejemplo. Ese fue el legado de Grau. Escuche bien, Sr. Presidente: HAGASE LA PRUEBA DE ADN.
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