Edición Nº 1743


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    17 de octubre de 2002
    Por AUGUSTO ELMORE

    UNO se va de vacaciones y elige Buenos Aires, porque ahora resulta más aleccionador y, si se quiere, estimulante, ir a mirar las crisis ajenas. Y es cierto que para quienes hemos vivido allí el cambio se nota en la capital de la Argentina, aunque dicen que en mucho menor grado que en el interior. Es que el centralismo no es patrimonio de los peruanos.

    Los mismísimos letreros de Se vende o Se alquila que vemos en las vitrinas y ventanas de locales comerciales cerrados en Lima se encuentran en todo Buenos Aires, aún en calles tan transitadas, hegemónicas y emblemáticas como Florida, que se ha convertido en un verdadero Jirón de la Unión de los porteños. Es que todos los países en crisis tenemos lugares en donde se exhiben como en vitrina las consecuencias del desorden. Vendedores ambulantes, mendigos de toda laya y condición, gente que deambula con la preocupación en el rostro y sin destino aparente. Atrás, muy atrás en el tiempo, quedó aquella canción de los años cincuenta que decía: A las 5 por Florida, muy bien vestida, pasa Isabel… Ahora están allí los mendigos, las madres sentadas en el suelo y rodeadas de hijos, que estiran la mano como aquí. Pero, ojo, también transcurren comerciantes apurados, chicas guapísimas en jeans y una multitud a la expectativa. Buenos Aires se ha empobrecido, pero no ha muerto, por cierto. Sobreviven célebres cafés antiguos, como el Richmond, clásico de clásicos, aunque con bastante menos clientes, pero zapaterías tradicionales, como Delgado, ya no están más. Y sobre todo sigue allí, majestuosa, la Librería El Ateneo, cuna de mi biblioteca particular, que abruma con sus anaqueles repletos de libros a excelentes precios. El último libro de Jaime Bayly, La mujer de mi hermano, cuesta allí, como en todas las otras librerías del centro en las que ocupa lugar preferencial en las vitrinas, 30 soles menos que en Lima. Aún ahora me pregunto por qué.

    Si vamos a comparar, salimos mal parados. Basta pararse delante de un quiosco de periódicos y revistas, para comprobar que allí no hay ni un solo diario amarillo parecido a los peruanos, ni uno solo. Y al retornar al hotel, tras encender la televisión, tampoco programas basura como Risas de América. Hay sí un desconcierto total, parecido al que existe en el Perú, respecto al comportamiento de los políticos, que allí también hacen de las suyas. Pero Buenos Aires sigue siendo una ciudad hermosa y civilizada, con parques extraordinarios, calles arboladas y tránsito ordenado, en el que, en diez días un limeño asombrado no tuvo la oportunidad de escuchar un solo claxon, pese a las congestiones eventuales de tránsito que en toda ciudad grande generalmente se suscitan. ¡Ni un solo claxon, en diez días! ¡Alabada sea la civilización!

    Los argentinos padecen ahora de nuestro mismo defecto: el pesimismo, pero no han abandonado del todo sus buenas costumbres. Entre ellas, aunque ahora muchos de ellos por lo general se abstengan, sentarse en un restaurante y almorzar un bife para dos, con papas fritas, por 15 soles, incluido vino y postre. Y transportarse en taxi, limpio y de estación (radio-taxi), por un promedio de S/. 3.50 o S/. 4.00 por larga que sea la distancia. El cine: cuatro soles. Un café: 2.50. Así la desgracia ajena resulta, sin duda, llevadera.

    Esa es sin duda una visión de turista, pero tengo la impresión de que, pese a lo abultado de su deuda externa y al comportamiento errático y muchas veces inmoral de sus políticos, Argentina es un gran país que sabrá salir de la crisis que lo agobia.

    Uno de los comportamientos más ejemplares que pude comprobar en Buenos Aires es el de los agentes culturales, que han sabido presentar multitud de actividades de gran calidad en teatros y escenarios a precios muy rebajados, y hasta gratuitos, casi como una compensación para la población abrumada por los problemas del desempleo y la falta de liquidez. Esa ha sido la mayor gesta de solidaridad que jamás he visto en mi vida. Los artistas, los intelectuales, los creadores, han salido a dar la batalla. Y la están ganando. Entre otras manifestaciones, la Orquesta Sinfónica y el Coro Polifónico nacionales hicieron escuchar la Novena Sinfonía de Beethoven en iglesias y salas alternativas de todos los barrios. Una forma de salir al frente de la crisis cantando y haciendo escuchar la Oda a la Alegría de Schiller.

    De vuelta al Perú, pasando por la mediocridad del aeropuerto Lima Callao privatizado -en el que no se ven muestras de mejora alguna- nos encontramos que en el país se está compitiendo en un nuevo deporte: Silbar al Presidente. Basta que dos o tres, cuatro o diez encomendados se pongan a silbar cada vez que aparece Toledo en público, para que muchos sigan la consigna. No importa que esté inaugurando un programa de edificaciones populares -con amortizaciones que no sobrepasan los 200 soles mensuales- hay quienes silban. Esa es la voz. Un nuevo deporte en el que no vamos a ganar medalla alguna, salvo la de la idiotez. ¿Quien lo organiza? Basta ver la televisión: no son sino dos o tres los iniciadores, los demás los siguen. Y los periódicos los magnifican.

    A mi retorno escucho a Alan García decir, con el énfasis que lo caracteriza: "El aprismo no es una chalana que puede volcarse, sino un gran barco". ¿Acaso el Titanic?, me pregunto.

    Otra de AGP: "Yo no puedo entender eso (lo sucedido con) Agustín Mantilla, porque él sigue viviendo con su madre en la misma casa modesta en la que ha vivido toda su vida". Le faltó decir, sincerándose, "Ni siquiera tiene departamento de lujo en París".


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