Edición Nº 1743


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    MAL MENOR
    17 de octubre de 2002

    Por JAIME BEDOYA
    Aprendiz de Princesa

    FLORIDA Turnpike, a doscientas millas de Disney World: el paisaje es uno solo y no piensa cambiar. Bosques de perfección irreal. Disney, work-a-holico perdido y endeudado hasta los huesos en proyectos de muñequitos animados que sus detractores calificaban de locura acabrada, pasados los treinta años empezó a preocuparse por el vaticinio que le hiciera una adivina: moriría a los treinta y cinco. Su aversión a la muerte era fisiológica. Sudoraciones lo ganaban ante el compromiso social de eventos fúnebres. En esa época, 1933, realizó un tétrico dibujo animado donde un científico loco decapitaba a Pluto y colocaba su cabeza en el cuerpo de un pollo1. Walt Disney sufrió una crisis nerviosa a los 32 años. No pienso tenerla ahora.

    Josefina llora estruendosamente mientras voy a 140 km por hora rumbo norte, cincuenta por encima de la ley, sin saber dónde está un brevete que un highway patrol querrá ver en algún momento. No acepta la regulación de viajar amarrada atrás a una silla ergonómica 100 % garantizada de preservar sus restos en casos de un accidente, mientras musicalmente la reencarnación negra2 de Janis Joplin masacra a los hombres desde el cd standard de Alamo rent a car canjeado por millas de la tarjeta de crédito que seguiré intentando pagar con honrada imposibilidad. Llora y llora. La miro por el retrovisor imaginando su cabeza sobre el pescuezo de una gallina. Llora. Acelero ilegalmente sin lograr que desaparezca la monotonía. Llora. Ni siquiera hay baches, perros atropellados, algo para distraerse. Llora. Hasta que súbitamente el llanto se diluye. No es por los pensamientos de filicidio experimental. Es por el logotipo de MacDonalds que se levanta como reconfortante señal roja de civilización chatarra en medio de la verde perfeccion natural. Sus peditos olerán a papa frita.

    •••

    El bebé humano deja el chupón a los dos años. A Josefina se le cae de la boca al ver el palacio de Cenicienta. Un hilo de baba densa vincula el artefacto con sus labios y éste no toca el suelo, magia. Oficialmente se instala en su sistema la falaz hipótesis de que un día un príncipe azul le resolverá la vida. Princesa, los hombres sólo rompemos cosas, incluye sueños y corazones (aunque servimos para pequeñas reparaciones domésticas). In situ, ella resuelve que ya no quiere entrar a ninguna atracción. La constatación tridimensional de su referente infantil ha sido una cuasi decepción: ya no tiene nada que imaginar. Se aferra a algo concreto. Exige una hamburguesa de Bembos, ahorita, a 34 grados centígrados. Serenidad, mantra bendito. Alrededor de sus crisis navega impertérrita y transpirada lo más representativo de la obesidad norteamericana. Venas varicosas moradas y verdes adornan cuadríceps inutilizados por la prosperidad. Tranquilizan, es como ver ballenas. La pequeña estrena un cri de coeur, eco de su inseguridad: pichi. El temor se apacigua conduciéndola con mentiras hacia el más inanimado de los juegos, iniciando un circuito de intensidad progresiva. La diversión paralela consiste en fijarse en desperfectos de cada instalación. La visión peruana, digamos. El sexto y último de estos paseos tolerables es el de Blanca Nieves. Según la cultura pastrula su nombre lo dice todo y sus siete enanos representan el número de etapas dentro de la adicción a la cocaína. Coincidiendo cabalmente con la última etapa o enano angustiado la menor es conducida a rastras a la Mansión Embrujada, vana ilusión de emoción adulta. Ante la visión del clásico Cabaret du Neant, ilusión óptica ideada en 1890 para embobar a crédulos parisinos donde espectros bailan y celebran un banquete, el juego sufre un desperfecto y el carro queda inmóvil. Pienso en el Tren Fantasma del fenecido Limalandia Park donde te despedía un ahorcado de yeso sin pantalones defecando después de la muerte. Le tirábamos piedras. En la Mansión Embrujada los gritos de pichi opacan a los de los fantasmas.

    No se duerme, se entra en animación suspendida y parálisis sicomotora. Así vi a mi padre, 1981, rendido en una cama del Hyatt diciendo vámonos de aquí. La inmundicia del Proyecto Walrus3 acaba de hacer pública una foto de John Lennon, circa 1970, privado en un hotel de Orlando mientras su hijo -no se si el tonto o el otro- salta sobre él. Josefina duerme sobre la alfombra y por la ventana se ven personas lanzadas al cielo y rebotando en el aire gracias a una suerte de honda gigante. Llevan casco. Variante de contar ovejas.

    Al otro día mi hija ya no es mi hija. Es hija de Minnie, tía de la Sirenita, hermana de la Bestia, pariente en distinto grado de todo el catálogo comercial de los personajes producto según propia decisión. Cada atracción, marketing de relojería, desemboca en una tienda. Su príncipe necesitará un presupuesto. La deshidratación avanza pero acá nadie muere, otra obsesión de Walt. Un colchón legal les pemite no declarar a nadie muerto hasta que abandone la propiedad. Pisar este lugar inmortal queda justificado por el encuentro con un norteamericano de baja estatura enfundado en un disfraz de roedor. Ella besa la máscara en el mismo lugar donde la saliva de mil niños ha humedecido ese día la fibra de vidrio. Si un niño sorprende al actor con la cabeza de ratón bajo el brazo, descansando, se les puede enjuiciar millonariamente por daño sicológico. Lo escoltan hacia una salida secreta. Una ratonera legal, literalmente.

    De noche los fuegos artificiales sobre el castillo obligarían a tener algo que celebrar. Para ellos un millón de dólares más por ejemplo. Más matemáticas: La cabeza humana promedio pesa cuatro kilos. Con niña en hombros equivale a llevar cuatro cabezas sobre un cuello herido. Pero celebremos. No le han teñido el pelo, no la han secuestrado, no le robarán un riñón. Estallan los cielos festejando su integridad orgánica.

    El turista de Disney, sin ropa, puede ser tenebroso. El Typhoon Lagoon es un parque acuático anexo. Flotamos sobre boyas en un río falso que circunda el parque, dejándonos llevar por una corriente también artificial, adjetivo que ya es feliz y aceptada norma. Sólo el cielo es cielo. Un tatuado ex marine empuja suavemente la boya de mi hija con la misma mano con la que quebró el cuello talibán. Ella, no muy dada a la extroversión, de pronto me coge de la muñeca y dice: ¡Qué felicidad! Sonríe mirándome en silencio, una emboscada emocional de madura dulzura que me hace pestañear evitando un deplorable momento Kodak. Dura poco. Inmediatamente me distrae el cambio de temperatura y densidad del líquido ambarino que fluye desde debajo de su flotador. Y ella, qué linda, sigue sonriéndome con cara de qué huevón eres papi.

    ___________
    1 Dice el rumor que la cabeza de Disney esta congelada. En realidad fue cremado y descansa en el exclusivo cementerio de Forest Lawn, cerca a Larry, de los Tres Chiflados (David Waisman en la celebrada carátula de CARETAS).

    2 Shemekia Copeland, Harlem, NY, 1979.

    3 Así llamó Frederic Seaman, mayordomo de los Lennon entre el 79 y el 81, al sistemático robo de fotos y memorabilia de la familia. Publicó un libro. Yoko le acaba de ganar un juicio para que devuelva todo y pase a la historia, de pasar, como una alimaña menor.


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