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Edición Nº 1746 |
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Las Lágrimas
de Tasonrentsi
Fotos ALEJANDRO BALAGUER LAS aguas del río Cutivireni bajan cantarinas y cristalinas, modulando las piedras, dormitando en ojos de aguas quietas pobladas por especies insospechadas y dejando al descubierto, en los meses de estío, playas de cantos rodados y troncos varados en plena jungla. El "Cuti", como cariñosamente le llaman los nativos asháninka, es uno de las decenas de afluentes de la margen derecha del río Ene, apenas un hilo celeste de corta y caprichosa trayectoria en los mapas. Pero basta con sobrevolarlo para captar su singular majestuosidad. Desde su naciente en las cumbres de la boscosa cordillera del Vilcabamba, el Cutivireni se abre paso rumbo al Ene por el medio de un cañón profundo y misterioso, desde el cual se descuelgan cataratas de ensueño. Una reciente expedición integrada por Peter Rizo Patrón, Alejandro Balaguer, Humberto Saco y Jorge Mattos logró contar desde el aire más de 50 cataratas a lo largo de la cuenca. A bordo de una avioneta, los expedicionarios pudieron apreciar la catarata
de Parijaro, una caída de agua de unos 250 metros de altura espectacularmente
enmarcada por un anfiteatro de rocas calcáreas y multicolores.
En 1964, Parijaro fue inmortalizada por el National Geographic, y sigue
casi idéntica.
Aún hoy -a pesar de la presión de los colonos en el Ene, y la incursión asesina de huestes senderistas en la región-, el bosque a la altura de Parijaro se mantiene virgen, más visitado por bandadas de gallitos de las rocas y otras aves tropicales, que por el ser humano. Sólo de tanto en tanto, algún nativo asháninka se libera de su cushma para refrescarse a los pies del Parijaro, ubicado a unas cuatro horas de caminata desde la orilla del Ene. También, cuenca arriba, la descollante Tres Hermanas dejó con la boca abierta a los expedicionarios: se trata de una catarata compuesta de tres caídas de agua escalonadas, de cerca de 200 metros de altura cada una. Y, así, a diestra y siniestra, la cuenca del río Cutivireni está adornada de estos hermosos rizos de plata. Probablemente los rizos de Tasonrentsi, el Creador, según los asháninka. VERTIGO DEL ECOTURISMO En la década de 1950, el ingeniero Alfonso Rizo Patrón soñó con desarrollar un emporio industrial a la usanza de Brasilia por aquí. Luego el padre Mariano Gagnon instaló la misión franciscana donde se erigió el templo, la escuela, la tienda y hasta una plaza de Armas alrededor de la cual los asháninka se congregaron. Más de una expedición llegó a la zona en busca del mítico Puente de Oro ubicado en las alturas, y, cuenta la leyenda, más de un aventurero ingresó a la jungla para no volver a ser visto jamás. En los 80, el paraje de ensueño se transformó en una pesadilla insondable. Las huestes de Sendero Luminoso atacaron la Cutivireni. Tres veces quemaron la Misión, y la última vez, mataron al maestro bilingüe de la escuela, crucificándolo.
Los asháninka se refugiaron entonces en el bosque, huyendo entre las cataratas de los asesinos, hasta que se atrincheraron en un pajonal en las alturas. Los acompañó el padre Mariano, donde resistieron con éxito a SL. Hoy la paz ha retornado a la región -al menos en este recodo del Ene-, conquistada con enorme sacrificio por los asháninka, saga que ha sido documentada por el fotógrafo Alejandro Balaguer desde 1991. Y la magia de Cuti vuelve a seducir a muchos. Peter Rizo Patrón -ingeniero e hijo de Alfonso- es uno de ellos. "Sólo me interesa la preservación del ecosistema y el desarrollo de la zona", afirma. "Desde ese punto de vista, el turismo es uno de los sectores con más potencial en el país. Y el destino número uno está en el corazón del Perú: es Cutivireni". Se suma Rizo Patrón al entusiasmo de la Asociación para la Conservación del Patrimonio de Cutivireni (ACPC), fundada en 1987, que también brega por preservar el ecosistema y la cultura de las poblaciones asháninka. Y al del propio César Bustamante, jefe de la comunidad de Cutivireni, y corajudo líder rondero, quien hoy sonríe a tambor batiente.
OTRA ESPLENDIDA CATARATA Cutivireni lentamente vuelve a curarse de sus heridas. Antes de SL la comunidad tenía 800 pobladores, hoy sólo la habitan cinco familias. El resto sigue desperdigado en el monte. El aeropuerto, sin embargo, sigue operativo como en los buenos tiempos del padre Mariano. Y la comunidad es un centro de operaciones perfecto. A cuatro horas de caminata de "Cuti" se llega también a la quebrada del río Tsiapo, donde los expedicionarios se refrescan en las aguas de otra catarata espléndida. "En los farallones se descuelgan bromelias, orquídeas y helechos. Mariposas de colores nos siguen por la orilla atraídos por la sal de nuestros cuerpos", narra Balaguer. Del éxtasis al mosquitero. De regreso en Cutivireni, Balaguer encuentra calma y contemplación. "Escucho conversaciones serenas al calor del fuego y la música de la selva", escribió en su diario. "Un joven toca el tambor, pero ya no son canciones de guerra. Otro nativo se suma con su flauta y alguien canta en asháninka con orgullo y profundo sentimiento. Ellos son uno con la noche y el bosque, dueños de este inmenso universo vegetal, y dueños del cielo y las estrellas, que son su propio techo". He ahí otro viajero rendido ante el esplendor de las lágrimas de Tasonrentsi. (Marco Zileri)
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