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    ARTICULO

    7 de noviembre de 2002

    Por Qué Ganó Lula
    Fue el triunfo del simbolismo. Lula es el buque insignia de la movilidad social enclavada en millones de otras historias personales.

    Norman Gall es Director Ejecutivo del Instituto Fernand Braudel de Economía Mundial, el cual desarrolla iniciativas de políticas en educación y servicio público en la periferia de Sao Paulo. Esta foto fue tomada en 1966, cuando Gall visitó el Perú por primera vez.

    Escribe NORMAN GALL

    LULA ganó, con una mayoría de casi 20 millones de votos en la más grande elección llevada a cabo en el territorio brasileño. Nacido en medio del polvo de la aridez propia del noreste del Brasil y con una educación que sólo alcanzó al quinto de primaria, Luiz Inacio "Lula" da Silva -uno de los ocho hijos de una madre abandonada-, se convirtió en el maestro del arte de hacer campaña en su decidida búsqueda de la presidencia luego de tres derrotas previas. Con una delantera considerable en las encuestas desde el inicio de la campaña; Lula y sus compañeros radicales del Partido de los Trabajadores (PT), sembraron el pánico entre los mercados con promesas de una "ruptura necesaria del modelo económico actual", mezcladas con una campaña en los medios que irradiaba indignación confianza, y sí, alegría. El slogan era "Lula, paz y amor". En un discurso victorioso, Lula aseguró que "la esperanza en el Brasil venció al miedo".

    Pese a todas sus dificultades, los contrastes entre riqueza y pobreza y la debilidad de sus instituciones públicas, Brasil sigue siendo un país de aspiraciones. "Antes, Lula era considerado un iletrado, pero ahora no", dijo Diego Gramacho, un escolar de 16 años del agitado asentamiento de Orquídeas en el suburbio industrial de São Paulo llamado São Bernardo, el municipio donde Lula inició su carrera política como líder del sindicato de obreros metalúrgicos y donde el PT fuese fundado en 1979. "Necesitamos que se invierta más en educación para que nuestros hijos no se conviertan en delincuentes".

    La victoria de Lula es un triunfo del simbolismo, y demuestra cuánto ha cambiado Brasil, con Lula como el buque insignia de la movilidad social enclavada en millones de otras historias personales. Orquídeas nació en 1980 con una invasión de inmigrantes que construyeron precarias viviendas a lo largo de calles fangosas a orillas de un drenaje, donde según la ley que regula el medio ambiente, habitar está prohibido. Sin embargo, las cosas han mejorado.

    En la vasta periferia de São Paulo, la segunda ciudad más grande del mundo -18 millones de habitantes-, resulta difícil encontrar calles sin pavimento o iluminación, o comunidades como Orquídeas, desagüe, electricidad, teléfono, o servicio de transporte regular. Millones de casuchas se convirtieron con los años en sólidos hogares de ladrillo con los últimos aparatos domésticos incluidos y barricadas tras barras de metal para protegerse del crimen endémico de comunidades más violentas. A la par que la inflación crónica se desplomaba a lo largo de la década pasada, la gente comenzaba a comer mejor. Había más escuelas públicas y hospitales, aunque eran deficientes en su desempeño diario. "Lula tiene muchas contradicciones", dice Gisele da Silva, otra adolescente de Orquídeas, "pero está mejor preparado para ser presidente porque tiene más contacto con la gente. Tiene que mejorar la educación. En nuestra escuela, los profesores no dictan clases porque faltan muy seguido y no saben lo que enseñan. Quiero estudiar medicina y convertirme en obstetriz".

     

    "Lula tiene muchas contradicciones, pero está más preparado para ser Presidente porque está más en contacto con la gente".

    Algunos de estos fines, que requieren medidas prácticas, pueden entrar en conflicto con la plataforma partidaria del PT publicada a comienzos de este año, un entrevero de retóricas socialista y populista de las décadas del cincuenta y del sesenta. El carisma de Lula sirve para enmascarar la confusión de un partido masivo en evolución. La base del PT se encuentra en los burócratas públicos, docentes universitarios, sindicatos de maestros, empleados bancarios y hospitalarios y entre invasores y trabajadores del sector informal, todos unidos en una difícil alianza con católicos utópicos, trotskistas y anarquistas. Estas fuerzas se unifican por la retórica y la férrea administración de un equipo fogueado de políticos profesionales en quienes Lula encuentra a sus más cercanos colaboradores.

    El PT ganó fuerza a lo largo de las dos últimas décadas, en contraste con el declive de los partidos de masas en Latinoamérica, como Acción Democrática en Venezuela, el Apra en el Perú, los liberales y conservadores en Colombia y los radicales y peronistas en Argentina. Este año eligieron el más grande bloque partidario en la Cámara de Diputados, pero con sólo 91 de 513 asientos, el resto se vio repartido entre otros 18 partidos.

    Las coaliciones políticas en el Brasil, del mismo modo que en Israel y en algunos países europeos, consisten en interminables regateos de puestos gubernamentales, patronazgo y trozos individuales de legislación. Por lo tanto, el PT no puede caer preso en su retórica. Así, la enorme mayoría obtenida por Lula en las elecciones del domingo fue lo mejor de la campaña del PT, que sólo obtuvo una victoria entre las ocho gobernaciones a la que candidateó. Su control sobre el gobierno estatal y local es muy limitado. En el federalismo descentralizado del Brasil, los gobernadores usan el patronazgo para influenciar los votos de sus delegaciones estatales en el Congreso. Ahora, una nueva ronda de regateos comienza.

    La gente del Brasil se ha acostumbrado a la estabilidad y no tolerará una vuelta a la confusión de los ochenta e inicios de los noventa, cuando la inflación crónica escaló en dos episodios de hiperinflación. Conscientes de esto, Lula y el PT se mueven con cautela. Le dan vueltas a la idea de modificar promesas previas y piensan antes de incrementar los salarios y las pensiones, expandir el crédito del gobierno, renegociar la deuda pública, romper con el FMI y restringir el comercio exterior y las inversiones. Pero aún tendrán que actuar con eficacia en tres áreas claves:

    1. Estabilidad Económica. El gobierno saliente del presidente Fernando Henrique Cardoso (1994-2002) estabilizó las finanzas brasileñas mediante una Ley de Responsabilidad Fiscal que limitó el gasto, préstamo y empleo de los gobiernos federales, estatales y municipales. Una gran parte de la deuda pública del Brasil proviene del refinanciamiento de las deudas estatales con los nuevos pagos ajustados al 6% de interés por 30 años, con el servicio de deuda limitado al 11% de las ganancias. Lula y el PT se opusieron anteriormente a la LRF y se encuentran bajo presión de gobernadores y alcaldes para que bajen los límites de ésta. Esto podría destapar el genio de la inflación resucitada en los próximos cuatro años.

    2. Violencia y Seguridad Pública. La contribución más importante del PT en la campaña electoral fue la publicación de un coherente programa de seguridad pública que propone nuevas leyes y medidas administrativas para reorganizar las fuerzas policiales brasileñas y el sistema judicial para enfrentar la ola de homicidios, motines, secuestros y asaltos que han impuesto una percepción de amenaza constante en las grandes ciudades. Lula podría ganarse un lugar reverenciable en la historia del Brasil si consigue implementar este programa con éxito.

    3. Educación. La performance de las escuelas públicas y universidades brasileñas es un desastre que amenaza con destruir el futuro del país. Mientras que los ingresos se expandieron durante la década pasada, la calidad permanece enterrada. En el 2001, los quinceañeros del Brasil ocuparon el último puesto de 32 países en pruebas de comprensión de lectura, evaluados por la Organización para la Cooperación Económica y el Desarrollo con sede en París. La permisividad y la desorganización de la educación pública es defendida por los sindicatos de maestros que conforman uno de los pilares de apoyo al PT. Mejorar la educación, como en el caso policial, significaría reestructurar y remover incentivos perversos en la administración, supervisión y la práctica de la enseñanza a todo nivel, lo cual demanda grandes habilidades políticas y coraje.

    La democracia latinoamericana ha mostrado gran elasticidad en los últimos veinte años, al consolidar el poder civil con una inflación controlada en Brasil, Perú, Bolivia, México, Ecuador, República Dominicana, Chile e inclusive Argentina. Esta lucha continúa. Una prueba mayor de su futuro será la actuación que tengan Lula y el PT en el manejo de problemas institucionales del Brasil, a todas luces intimidantes.


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