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Edición Nº 1746 |
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Por LORENA TUDELA LOVEDAY "¡Dojonmo
Trobojor!" Bueno, que yo recuerde, cómo te explico, en mi vida he buscado a su señora esposa para recomendarle que lo morigere en sus ímpetus laborales, ni mucho menos le he tenido que aconsejar que duerma sus ocho horas al día con riesgo de que si no lo hace, le va a empezar a palpitar el párpado, que es como a mí se me manifestaba el stress después de cada sesión de psicoanálisis de Popy, hija, que felizmente ya está que se va a España porque al paso que iba, pucha, para que se relaje estuve a punto de recomendarle acupuntura pero con banderillas, no sabes lo chalado que puede estar. Tampoco lo he visto en la situación de tener que recetarle una luminaleta ni menos, pucha, recurriendo a esa cultura tan rara y linda de la que viene, unos mates de toronjil, que es lo que ellos toman cuando les duele el costado, que traducido a la semiología médica de ese occidente que Madame Carrot tanto repudia, significa simple y llanamente, cansancio. Entonces, siguiendo el silogismo, si ni remotamente se me ha ocurrido a mí limitar las actividades laborales de mi señor Presidente de la República, ¿por qué carajo no hace otra cosa que decirnos a los periodistas "¡Dójonmo trobojor!"? Pucha, estoy tan haaaaaaarta del asunto que me puse a investigar en los textos de unos antropólogos británicos regios que estudiaron la cultura andina en el siglo XIX (eran los hermanos Loveday, de los que desciende mi mami y por eso somos tan antropólogos en la familia) y descubrieron cosas de una actualidad y vigencia que te puedes morir; como por ejemplo, o sea, que ellos son gente bien así, ¿ya?, yo sé que tú me entiendes, o sea, súper acostumbrada a que los apus agarren y les den todo y por eso es que no quieren salir de pobres. Pero por otro lado, o sea, si por alguna razón consiguen dar el salto, agárrate, se vuelven unos insurrectos engreídos que te provoca pegarles de chicotazos en el poto hasta borrarles la mancha morada que dicen que tienen por ahí atrás, qué nervios. Con todo ese background, hija, es que me atrevo desde estas páginas -y con el mejor ánimo de acuerdo nacional que tú te puedas imaginar- pasarle unas recomendaciones a Rodo Pereira, su nuevo Jefe de Prensa ahí en Palacio, que dicho sea de paso, pucha, en los setentas era mi íntimo, con decirte que fui yo la que lo rebautizó como Cholanski, como un reconocimiento a su gran vocación de cineasta y no te cuento más porque no quiero nuevos problemas con la panaca real, hija, como si ya no tuviera bastante con los mensajes que me manda Zanahoria Rayada interpósita gente conocida en común, desde el memorable "esa debe mogig". En primer lugar, Cholanski, una buena cura de burro: despiértenlo a las seis de la mañana pero no con campanitas de despertador electrónico ni huevadas; con agua helada y en la cabeza. Después, pucha, métanlo a la ducha así amenace con que está a punto de regresar el Taqui Onqoy, qué diablos. Que aprenda a desayunar como gente decente, su jugo, su café cortado, sus tostadas integrales con mantequilla y jalea y punto; porque hija, si como me dicen, sigue trambuchándose un chairo de cabeza de cordero, un plato hondo de sopa de mondongo (parecería que esa palabra la inventó él, ¿no?), más su chicharrón y su tamal, aparte de las pedorrangas que se tendrá que aguantar cuando lo visitan los embajadores, pucha, no me dirás que esa comida no es como para volver a la siesta de la media mañana, esa que mis tías viejas en Arequipa llamaban, "la moqueguana". Y después, hija, que trabaje, así de simple, que para eso le pagamos doce mil dólares al mes. La fórmula no es demasiado complicada: vigilancia y control, como se hacía antes en las haciendas, sólo que sin necesidad además de darle su coca y su aguardiente, primero porque estamos en una sociedad moderna y civilizada y segundo, porque con la cantidad de whisky azul que chupa, no sé qué aguardiente adicional habría que meterle, qué bárbaro. Así que ya sabes, Rodo, disciplina y mano dura, como siempre, y si se te pone demasiado chúcaro, haz la de mi tía Adriana Tudela, que cuando venían las muchachas a pedirle permiso para salir, antes de que empiecen a hablar, ella se adelantaba y les decía: "Por favor, me dejan todo limpio y se van", ¿entendiste? Me cuentas, ¿ya? Chau, chau (Rafo León).
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