Edición Nº 1747


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    14 de noviembre de 2002
    Por AUGUSTO ELMORE

    YO no soy como los siquiatras, que valoran su tiempo en dólares. Si no fuera así tanto Alberto Andrade como Luis Castañeda Lossio me estarían debiendo plata por la hora malgastada en su, digámoslo así, cortésmente, debate del domingo. ¡Qué manera de hacerme, hacernos, perder el tiempo!

    En mi época los hombres se trompeaban por mucho menos. Si se hubieran agarrado a golpes, la cosa sí que hubiera estado divertida. Que sea para la próxima. Cobrando la entrada.

    ¡Y yo que pensaba iniciar esta página diciendo que desde que tanto Andrade Carmona como Castañeda Lossio encabezaban las encuestas, dormía tranquilo pensando en el porvenir de Lima, que supuestamente iba a estar en buenas manos, cualquiera fuera el resultado! Hoy, luego de la malgastada noche del domingo, ya no sé qué pensar. Ya no habrá un nuevo debate, felizmente, porque si no fuera sí iba a proponer en lugar del demagógico y absurdo escenario de Manchay, que se llevara a cabo en el Luna Park del Estadio. ¡Qué decepción, mis amigos!

    El viernes en la noche tuve la extraordinaria oportunidad de estar presente en la inauguración del Museo de Las Tumbas Reales de Sipán, en Lambayeque. Poco cabe añadir a lo que ya se ha dicho, y visto, por televisión. Fue algo majestuoso y mágico en esa noche en la que los presentes pudimos mirar cara a cara a la historia de un país que fue grande. Un museo digno de tan gran Señor, el de Sipán, a quien, trasmutado, vimos aparecer en lo alto de la gran edificación que alberga sus restos, seguido de un séquito digno de los más altos reyes, en procesión que, luego de saludar, de cholo a cholo, al presidente de la República, Alejandro Toledo, retornó con impecable paso al recinto sagrado que hoy lo alberga. Ni un solo trastabilleo, ni un gesto de más o de menos, el ambiente se llenó de magia mochica. El Señor de Sipán retornó a su país finalmente, al gran palacio que le ha sido construido como mausoleo.

    El Museo de las Tumbas Reales de Sipán es el museo más moderno y bello que pueda darse. "Ni en mi país existe uno igual", comentó el embajador de Suiza, Eric Martin, a cuyo empeño, y el del Fondo Contravalor Perú-Suiza, se debe en gran parte la construcción del moderno recinto. La otra parte es debida al empeño admirable del arqueólogo Walter Alva, descubridor de la tumba del Señor de Sipán en 1987. Y a su difunta esposa Susana, quien fue su aliento y sostén en esos días de ardua labor Y también al pequeño grupo de arqueólogos y especialistas que los secundaron en su labor.

    Mención aparte merece hacerse del arquitecto Celso Prado Pastor, a cuyo hermoso, sugerente y creativo diseño, inspirado en los antiguos santuarios mochicas, se debe este monumento excepcional. El arquitecto Prado Pastor, en gesto que merece relievarse cien veces, trabajó ocho años sin cobrar un solo centavo, ni siquiera viáticos, habiendo viajado con su propio peculio entre Lima y Chiclayo casi 300 veces durante todo ese tiempo. Y el resultado está allí a la vista en Lambayeque: el hermoso monumento funerario dedicado al gran Señor de Sipán.

    Chiclayo y Lambayeque se vistieron de fiesta esa noche memorable del viernes 8 de noviembre, y el Perú inauguró un nuevo circuito turístico que cuenta no sólo con el museo al que me vengo refiriendo, sino también con el de Sicán (no confundirse), que es también un excelente museo, además del Museo Brünning, de prosapia chiclayana, y con las Pirámides de Túcume, que conmovieron a Thor Heyerdhal. Un destino turístico evidentemente excepcional, con un hotel muy adecuado (el Gran Hotel Chiclayo) (éste no es comercial, porque pagué mi cuenta, ojo).

    Mención aparte: Chiclayo, como ciudad, no le hace honor a sus museos. Desordenada como pocas, repleta de ticos a más no poder (y en la periferia de mototaxis), descuidada por muy malos alcaldes (uno de ellos, que compite el domingo otra vez por el cargo, autor de ese disparate kitsch que se llama Paseo de las Musas, orgullo de los chiclayanos). Aparte de eso, Chiclayo es esencialmente una ciudad comercial, que revela una actividad empresarial inusitada para estos tiempos de recesión. Eso hay que reconocerlo.

    Sin detenernos a mirar la basura que se esparce envuelta en bolsas de plástico por todos los campos sin sembrar que rodean a Chiclayo, cabe resaltar un parque primoroso e impecable: la pequeña plaza de armas de Pimentel, muy cerca del famoso muelle, que por desgracia se encuentra en franco proceso de deterioro y abandono.

    Pero Chiclayo, y Lambayeque, y Ferreñafe, con toda su pobreza a cuestas, bien valen una misa, y de gloria, por el gran Museo de las Tumbas Reales de Sipán. Lo recomiendo: vayan ahora mismo y sientan el orgullo de ser peruanos, y ser felices visitándolo.

    Vuelvo a Lima: y descubro que los almacenes Ripley de San Isidro, se han apropiado -se han tirado en verdad- una buena parte del retiro obligatorio sobre la Av. Las Begonias, achicando la vereda para su beneficio. Yo me pregunto: ¿en Chile harán lo mismo?

    Para la próxima edición ya sabremos quién es el alcalde electo de Lima, presidente a la vez de la región Lima. ¡Que todo sea para bien!


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