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Edición Nº 1749 |
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Exclusivo
Entrevista MARCO ZILERI LA de Machu Picchu pretendía ser una visita estrictamente privada en la atareada y cosmopolita agenda de James Wolfensohn. Pero ahí, con paciencia milenaria, lo aguardaba CARETAS. A continuación, la entrevista exclusiva que el presidente del Banco Mundial nos concedió gentilmente, no sin antes recorrer la armoniosa e inspirante ciudadela del pasado. -La semana pasada el BM aprobó un préstamo de US$ 10 mil millones de dólares al Brasil. ¿Qué le hace pensar que el Brasil podrá pagar una deuda de 280 mil millones cuando no pudo pagar uno de 270 mil millones? En suma, ¿qué debe hacerse con la deuda externa latinoamericana? -El presidente Henrique Cardoso deja al Brasil en muy buena situación financiera. Y el presidente electo Lula y su equipo económico me dejó muy buena impresión respecto a su seriedad fiscal. En ese sentido, pienso que la apuesta del BM es muy buena, y puedo reclamar cierta experiencia en la materia tras 40 años en el negocio. No cabe duda que la deuda externa en la región es un problema serio, y en algunos países, uno muy agudo. Sin embargo, lo que yo veo a lo largo y ancho de la región es que se están encarando algunas de las cuestiones aún más fundamentales: la pobreza e inequidad. Y esto tiene que ver la gobernabilidad. Veo por todos lados a los latinoamericanos afirmar: las cosas tienen que cambiar. Una de las razones de mi confianza en el Brasil es que este sentimiento no se registró en las calles, pero sí en las urnas.
-Sin embargo, los rigores macroeconómicos a los que las democracias latinoamericanas se esfuerzan en cumplir están generando tensiones sociales que amenazan con socavar, en algunos casos, la gobernabilidad democrática. ¿No cree necesario una flexibilización por parte de los entes financieros? -Sí, así como creo igualmente importante en la seriedad con la que administran el dinero y el uso eficiente que se le da para combatir la pobreza e impulsar el crecimiento económico. No hablo de ningún país en particular, pero creo que la ineficiencia y la corrupción son un problema central en muchos países, y Latinoamérica no es ninguna excepción. En ese sentido, hay un enorme margen para mejorar la eficiencia de los recursos existentes. -Aún así, usted es un crítico severo de la política de subsidios de los países industrializados. -Creo que si uno está interesado en generar desarrollo es imposible obviar el libre mercado y la reducción de los subsidios. Para alcanzar el desarrollo en países como el Perú -cuyas ventajas radican en la agricultura y la textilería- los subsidios a estas actividades se vuelven contra uno mismo, obstruyendo el volumen de importaciones. Es como ofrecer algo con una mano, y quitarlo con la otra. Eso no tiene sentido. La inversión de los países industrializados en subsidios es de 350 mil millones de dólares al año, mientras que el monto destinado a asistencia para el desarrollo en el exterior es de 50 mil millones. La cifra es siete veces menor. -Se supone que en el 2005 América Latina debe suscribir con Estados Unidos el Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (ALCA). En ese sentido, ¿cómo conciliar la estrategia de libre comercio con condiciones de disparidad en el acceso a los mercados como las existentes? -En las recientes reuniones de Monterrey y Johannesburgo se puso de manifiesto la voluntad del primer mundo de replantear el tema del acceso a los mercados y los subsidios. No cabe duda de que los principales líderes mundiales son conscientes del tema. El asunto es cuándo se decidirán a actuar y cuán rápido será esa acción. -¿Y qué piensa usted? -La primera conclusión de Monterrey y Johannesburgo es que no existen dos mundos, sino uno solo, y es interdependiente. Está ligado por el medio ambiente, las finanzas, el comercio, la migración, las drogas, el terror. Si hubo quienes no lo creían antes del 11 de setiembre, ciertamente los norteamericanos llegaron al convencimiento que no son inmunes a lo que sucede en el resto del planeta. En ese sentido, quedó claro que es necesario llegar a acuerdos entre -formalmente- estos dos mundos. Lo que ocurre en los países desarrollados afecta a los países en vías de desarrollo. Prevenir un desarrollo inadecuado de estos países es el reto que enfrentan los países más desarrollados.
-¿A qué se refiere con "desarrollo inadecuado"? -Hay 6 mil millones de habitantes en el planeta, de los cuales 5 mil millones viven en la pobreza, y 3 mil millones sobreviven con menos de US$ 2 al día. En los próximos 25 años habrá 2 mil millones de personas más que ingresarán directamente al Tercer Mundo sin posibilidad de escape alguna, si nada se hace. La desigualdad social es tierra fértil para la destrucción de la paz. -Los paradigmas del desarrollo planteados por el Consenso de Washington -libre mercado- han quedado desbaratados a lo largo de la década. La crisis argentina es el último ejemplo. ¿Cuál es el camino a seguir? -El Consenso de Washington murió con el Consenso de Santiago, unos cinco años atrás, que introdujo la dimensión social a la económica. Pero encuentro en la elección de Lula en Brasil uno de los experimentos más interesantes, y confío en que ese tipo de plataforma política será una de las características de los próximos 20 años: una nueva coalición entre el gobierno, el sector empresarial y la sociedad civil, en la que todos somos responsables de cimentar la estabilidad política y generar el cambio social necesario. Es lo que llamo el Consenso de Brasil. -¿Todos responsables, y luego qué? -Permítame ponerlo de esta manera: no creo que los gobiernos puedan sacar a los países del subdesarrollo por su cuenta. Se requiere de una alianza, de una fusión de proyectos, entre los líderes políticos, empresariales y de la sociedad civil. Por eso encuentro tan interesante la experiencia del Acuerdo Nacional en el Perú. La pobreza es un problema muy real, y el de la injusticia social también. Si no asumimos ese reto, nuestro hijos no vivirán en un mundo de paz. -Si los mercados del mundo no se abren como espera, ¿están condenados los países del Tercer Mundo a vivir en el subdesarrollo? -Debe existir una mixtura de estrategias para ayudar a los países
alcanzar el desarrollo. Pero no sólo se trata de ayuda externa.
Considero que lo esencial debe ser ejecutado internamente en cada país.
Las sociedades deben tomar medidas para incrementar sus capacidades mediante
la implementación de reformas legales y judiciales, enderezar sus
cuentas fiscales, luchar contra la corrupción, mejorar sus sistemas
de educación y salud. En suma, tener una política de desarrollo
balanceada.
-Seguimos sin resolver la asimetría de un mundo globalizado. -Se están haciendo esfuerzos, y hay compromisos de mayor asistencia por parte de las grandes potencias. Pero es importante revisar las estadísticas. El comercio mundial es algo superior a los US$ 30 trillones, de los cuales US$ 6 trillones corresponden al Tercer Mundo. Y esa, por cierto, es la primera gran asimetría: el 80 % de los ingresos se concentran en apenas el 20 % del planeta. Ahora bien, los latinoamericanos tienden a pensar que están particularmente mal parados. Sin embargo, el PBI de Latinoamérica es de cerca de US$ 2 trillones, un tercio de la producción mundial del Tercer Mundo. Como región, Latinoamérica produce más que China, más que India, más que Rusia e incluso más que los países del Sudeste Asiático. Una de las debilidades de Latinoamérica es que no penetraron el comercio exterior como algunos países del Asia. El otro fundamental problema es la gran inequidad social existente. -En la última década, ¿América Latina ha progresado? -En términos generales hubo más democracia, esfuerzos sinceros por parte de varios países de reforma judicial, mejoras en la gobernabilidad y, ciertamente, en el manejo de las cuentas fiscales. Las cosas marchaban bastante bien hasta 1997. -Y de regreso al casillero número uno... -No, pero casi. Repito algo que dije hace tres años, lo dije hace seis e incluso se lo venía diciendo desde una década atrás a mis amigos latinoamericanos -y visito la región hace 35 años-: el problema de la región es la pobreza y la inequidad. América Latina no progresará substantivamente con la apertura de los mercados o unos extrabillones de dólares en asistencia -aunque estoy seguro que ayudará- si no encara los problemas fundamentales de su sociedad.
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